Jorge Paredes Laos

Unas esculturas de cuerpos lacerados cuelgan sobre un garfio, expuestos sin ningún tipo de rubor ni compasión. Vientres que se abren y nos dejan ver sin censuras morales o culturales el desgarramiento que produce la maternidad en el cuerpo de la mujer. Y sobre un pedestal, unas representaciones óseas aparecen como crudas muestras de una realidad agresiva y cruel —la de los años ochenta—, cuando el país era sacudido por el terrorismo, la violencia política y la crisis. Frente a las esculturas de 
Johanna Hamann (Lima, 1954) no existen medias tintas. No hay contemplaciones. Por el contrario, parecen ser la síntesis de lo que ella llama “una mirada curiosa e impertinente”.
     La artista presenta una muestra antológica que reúne casi 40 años de su trabajo creativo —Johanna Hamann (1977-2015)— y sirve también para constatar su mirada persistente alrededor del cuerpo como contenido y expresión de una identidad, pero también como contenedor, el escenario en el que se manifiesta de manera implacable el paso del tiempo con sus dramas y peripecias. 
     Le preguntamos si esta exposición es una forma de reflexionar y de ver cómo ha evolucionado su trabajo, desde aquella celebrada primera muestra en la galería Forum (1983), cuando presentó sus esculturas sobre la maternidad. “Más que mirar el tiempo recorrido, creo que es la oportunidad de ver mi obra en ese tiempo —responde—. Es tener la posibilidad de transitar por mi proceso creativo e hilvanar mi propia historia. Lo que veo en mi trabajo es que cada momento responde a la manera de vivir, de sentir, de pensar y de percibir la vida en esa circunstancia específica. Yo creo que quien evoluciona es uno, y en la obra lo que se hace es imprimir y expresar, con claridad o confusión, ese cambio”. 

Un proceso liberador
Una de sus exposiciones más recordadas la realizó en 1997 y llevó por título "El cuerpo blasonado". Ahí Hamann presentó las esculturas de cuatro cuerpos femeninos expuestos en una secuencia numerada con los siguientes textos: “Cuerpo I (opresión)”, “Cuerpo II (libertad)”, “Cuerpo III (ejecución)” y “Cuerpo IV (transición)”. Con esto trataba de mostrar el carácter transitorio de la condición humana. Según sus propias palabras, más que angustia por la pérdida de nuestra materialidad, había al final de esta serie “un proceso liberador”, graficado sobre todo en esa escultura hecha en madera, con los brazos extendidos como dos alas abiertas. Sharon Lerner, curadora de esta muestra antológica, encuentra una clave alegórica en aquel conjunto de obras: “Una reflexión sobre la fragilidad de la vida y la transición hacia la muerte como evento liberador de la materia-cuerpo, algo en lo que algunos críticos han visto símbolos del orden de lo sacrificial, en diálogo con las tradiciones propias de la escultura occidental”.
     No es casual que otra de sus muestras insista por ello en el tema de la liviandad del cuerpo —"Cuerpo, frágil refugio" (2002-2003)—, aunque desde una perspectiva distinta, a partir de pequeños fragmentos, ligeras formas que aluden más bien a nuestra composición orgánica, capaz de sostener, de manera transitoria, la vida.

El sentido de lo material
El uso del material es una parte importante del trabajo escultórico. Una pieza clave. Y Hamann ha pasado de la calidez de la madera a la rigidez del bronce; de la fragilidad del alambre a la maleabilidad del yeso o de la cera. Una elección que tiene que ver con la naturaleza misma de su obra. “El material responde a la idea que quiero representar —afirma—. Cada material tiene su propia estructura, textura, temperatura y densidad. Como el espacio donde se ubican las piezas, el material le confiere sentido al trabajo artístico”.
     Estos trabajos, presentados en perspectiva, nos permiten apreciar la solidez y la persistencia de una artista singular, ajena a modas, y vinculada más bien a la época que le ha tocado vivir.

Galería Germán Krüger Espantoso. Icpna de Miraflores, Av. Angamos Oeste 160.  De martes a domingo de 11:00 a 20:00. Hasta el 10 de abril. Ingreso libre.