Y tú, ¿de qué te ríes, eh?
Y tú, ¿de qué te ríes, eh?
Rodrigo Fresán

La cosa queda clara desde el principio, de todas las cosas, de todas nuestras cosas: nacemos llorando y no riendo. Es decir: nacemos sabiendo cómo llorar. En cambio, la práctica y puesta en marcha de la risa es algo posterior, más lento, que requiere de un complejo aprendizaje. Se entiende la risa como una forma ancestral de la comunicación y hasta se han apuntado sus propiedades curativas (eso de la risoterapia que, en su incertidumbre, suena lógico); pero los bebés demoran un rato en desarrollarla. Lo mismo sucede con su versión elegante: la sonrisa, la interacción de más de diecisiete músculos para conseguir una sutileza facial giocondesca. Se sabe, también, que los niños se ríen un promedio de 300 veces al día y que, con el correr de los años y de las sucesivas bromas pesadas de la vida, cada vez nos reímos menos hasta descender a los 80 ja-ja-ja diarios, muchos de ellos mostrando los dientes a uno mismo, riéndose de uno, involuntariamente tragicómico, más ‘tragi’ que cómico. Si lo pienso y cuento con los dedos, yo no creo que supere las 10 carcajadas diarias. Y la mitad de ellas son del desesperado modelo es-preferible-reír-que-llorar. 
     Pensaba en todo esto —en qué risa me da y en qué me da risa— mientras miraba (y sonreía) por televisión un documental sobre el guionista/director de cine/productor norteamericano y cabeza de generación cómica (a su alrededor ocasionalmente orbitan los talentos de Will Ferrel, Seth Rogen, Paul Rudd, Jonah Hill, Jason Segel, Lena Dunham y Leslie Mann, su esposa) Judd Apatow. El documental se titula Judd Apatow & Co.: This Is Comedy y lo presentaba como una suerte de eslabón perdido entre la escatología slapstick de los hermanos Farrelly y la intelectualidad stand-up comedian de Woody Allen. Apatow justo en el ecuador entre la gracia boba y la ocurrencia sofisticada. Y, claro, Apatow era allí alguien dispuesto a hacer lo que sea por hacer desternillarse pensando a su público. Alguien que, seguro, en la ducha canta un mix de la suave “Smile” y de la desaforada “Make ‘Em Laugh” mientras se le ocurren ideas para la inteligentemente tonta Virgen a los 40 o para la dulcemente amarga Siempre hay tiempo para reír (Funny People). Un tipo que desde chico tuvo clara cuál era su misión y que no cejó hasta cumplir estudiando, por el camino, a cada uno de sus mayores en el oficio con la obsesión y la compulsión de Sherlock Holmes y Gregory House. 
     Lo que queda todavía más claro aun en el libro que estaba leyendo (y que me llevó a sintonizar ese documental), titulado Sick in the Head: Conversations About Life and Comedy. Allí, Apatow reúne las entrevistas que viene haciendo desde su adolescencia a próceres como Jerry Seinfeld, Louis C. K., Mel Brooks, Steve Martin, Jim Carrey, Ben Stiller, Jimmy Fallon, Martin Short, y a voces laterales como las de Spike Jonze, Eddie Vedder y Miranda July. Todos coinciden en que más allá de las metodologías y tics y estilos, la supuesta espontaneidad de la risa es la más exacta de las ciencias. Un duro oficio que se va perfeccionando con mucha sangre, sudor y lágrimas. Tal vez de ahí ese lugar común de los cómicos como animales melancólicos en la intimidad o (como el insoportable y patológico Robin “Patch Adams” Williams) sintiéndose obligados a ser graciosos por temor a ser fulminados por un olímpico relámpago que cae desde cielos tormentosos. 
     Pero lo que más me interesó fueron las diversas teorías de los convocados por Apatow en cuanto a por qué y de qué se ríe el ser humano y el modo en que esa risa va cambiando a lo largo de la vida. 
     Se sabe que empezamos riéndonos de casi cualquier cosa: de un pastel en el rostro o de una cáscara de banana en la calle. Y que con el tiempo nos vamos volviendo más exigentes (tuve la suerte de reír durante una infancia marcada por todos los lugares comunes de la comedieta con risa enlatada pero, también, por Quino, los hermanos Marx, Les Luthiers, el desafuero de Alberto Olmedo y La fiesta inolvidable). 
Y mi adolescencia coincidió con las cimas de Monty Python y las sucesivas (de)generaciones de Saturday Night Live y sus artistas invitados (¿quién iba a pensar que Justin Timberlake sería tan pero tan divertido?) y La conjura de los 
necios. Hasta alcanzar una madurez donde cada vez es más difícil encontrar una buena sitcom (siempre volveremos a detenernos en Friends a la hora de bailar el vals del zapping y las muy elogiables Episodes y Silicon Valley apenas alcanzan a disimular el fracaso absoluto de The Brink) y se espera con ansiedad el estreno de la segunda Zoolander y la decimoséptima de los hermanos Coen, aunque resulte tan desopilantemente triste como Inside Llewyn Davis.
     Y sí, de tanto en tanto el milagro deslumbrante de algo como el pesadillesco quinto episodio de la quinta temporada de Louie: un cuento perfecto. Pero, ah, mientras tanto y todo el tiempo, a nuestro alrededor, fenómenos masivos inexplicables como la mediocridad absoluta de Ocho apellidos vascos o de alguna triunfal comedia argentina donde se vuelve a romper el récord universal de cuántas veces se puede gritar “boludo/pelotudo” por minuto. Y entonces esa pregunta terrible que no podemos dejar de hacernos (“¿Pero se puede saber de qué se ríen todo esos?”) y la respuesta desoladora: “de algo que no nos hace reír a nosotros y nos deja fuera de la fiesta”. Ahí, reír o no reír equivale a ser o no ser. Y sí, esa es la cuestión.
     Una cosa es segura: unos y otros se enfrentan al gag de salida sin haber conseguido entender por qué los chistes —lo mismo sucede con los sueños; y de eso va el capítulo mencionado anteriormente de Louie: búsquenlo y encuéntrenlo, por favor— se olvidan tan rápido por más que uno haga 
todo lo posible por recordarlos. Tal vez la clave esté en que, olvidándolos, podemos volver a reírnos y a ilusionarnos con ellos cuando nos los cuentan otra vez.
     Y, para terminar, como remate, dos palabras: Bill Murray. En serio, de verdad, no miento: hay gente suelta por ahí que se pregunta cómo alguien puede reírse con Bill Murray. 
     Y yo me río de ellos como 300 veces al día.

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