Mientras la filosofía clásica griega trata de comprender al ser mediante la ciencia, la filosofía cristiana lo hace a través de una revelación.
Mientras la filosofía clásica griega trata de comprender al ser mediante la ciencia, la filosofía cristiana lo hace a través de una revelación.
Pedro Cornejo

En el transcurso de la historia, los filósofos han desarrollado diversos enfoques sobre la naturaleza de la verdad. Dos de ellos, sin embargo, ocupan un lugar protagónico, no solo por su antigüedad sino porque establecieron los términos a partir de los cuales se desarrollaría el debate ulterior sobre el tema. Me refiero, claro está, a la filosofía griega y a la filosofía desarrollada con el advenimiento del cristianismo. Conocida es la etimología de la palabra verdad. Proviene del vocablo griego alétheia, en que el prefijo a significa ‘sin’ y letheia significa ‘ocultar’. La verdad aludiría, entonces, a un proceso de “des-ocultamiento”. Buscar la verdad supone develar, correr el velo para que se haga manifiesto lo que está oculto. Y lo que está oculto es lethe, término con el que se nombraba a un río del Hades, el Leteo, cuyas aguas sumían en el olvido al que bebía de ellas. No es casual que, para Platón, conocer la verdad no sea otra cosa que reminiscencia, es decir, recuerdo y que, ya en el siglo XX, el filósofo alemán Martin Heidegger señale que la historia de la filosofía occidental es la historia del olvido del ser.


II

Y es que la diferencia entre la filosofía clásica griega y la que surge con el cristianismo radica en que, para los griegos, el descubrimiento de la verdad —es decir, del primer principio (el arché) de lo existente— debía ser la consecuencia de una indagación dirigida por el logos (palabra, razón); en cambio, para los cristianos, dicho conocimiento debía ser el resultado de la interpretación adecuada de un discurso desarrollado a lo largo de una tradición y expresado en un texto sagrado, la Biblia, en el que estaría contenida toda la verdad a la que el ser humano puede y debe aspirar. En otras palabras, mientras la filosofía clásica griega trata de comprender al ser mediante la ciencia (episteme), la filosofía cristiana lo hace a través de un corpus literario que es asumido como producto de una revelación de Dios a los hombres, de ahí que se la denomine escritura sagrada.


III

La lectura y comprensión de esa “verdad revelada” no es, pues, transparente ni unívoca, sino que requiere necesariamente de una interpretación y, por ende, de unos criterios para llevarla a cabo. El primero en proponer esos criterios fue Orígenes de Alejandría en el siglo III de la era cristiana. Desde entonces, interpretar y descifrar el sentido de las Sagradas Escrituras constituye, para el filósofo cristiano, el punto de partida de su investigación. Y esta es una tarea que pertenece al orden de la razón. Ya lo decía Agustín de Hipona: “Tal es mi condición que impacientemente estoy deseando conocer la verdad, no solo por fe, sino por comprensión de la inteligencia”. Por supuesto, esta comprensión, para él, supone necesariamente la fe, es decir, la aceptación del dogma porque, como señala el mismo Agustín, “si no creyereis, no entenderéis”. Con ello, se da por iniciado el debate en torno a las problemáticas relaciones entre razón y fe, uno de los más importantes dentro de la tradición filosófica de Occidente.


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