Gonzalo Banda es docente de Ciencia Política en la Universidad Católica San Pablo y la Universidad Católica de Santa María. (Archivo personal)
Gonzalo Banda es docente de Ciencia Política en la Universidad Católica San Pablo y la Universidad Católica de Santa María. (Archivo personal)
Jonathan Castro

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Los resultados electorales arrojaron a un candidato favorito en el sur y centro del país: Pedro Castillo. Antes de entrar a la segunda vuelta, Gonzalo Banda analiza lo que pasó, lo que no se vio y los escenarios que vienen.

—Hace algunos días escribiste en Twitter “no hay región más distante del Perú que Lima”. ¿Qué tan desconectada está la política limeña respecto a lo que pasa en el sur del país?

No diría que la política limeña está desconectada, porque en el fondo sí reproduce los malestares de la política regional. Solo que esos malestares no se diagnostican a tiempo porque permanecen ocultos a la opinión pública, no sufren el escrutinio que sufren las campañas limeñas al Congreso. En regiones lo que ocurre es el crecimiento de villanos discretos, que se aprovechan algún favor político para posicionars. En el fondo, el olvido de la política regional es un olvido de las élites que dirigen el debate público. Obsesionadas con las cifras y con el manejo tecnocrático, pierden el sentido elemental de la política que es la visión del territorio.

—Al hacer balances, algunos candidatos comentaron que en esta campaña el debate fue muy programático, sobre el cómo, y se dejó de lado el terreno político de las reivindicaciones, en el que Castillo ha conectado con un sector del electorado. ¿Ud. lo ve así?

Sí, claro. Y si ellos se han dado cuenta, bien por ellos. Eso es lo que ha ocasionado que candidaturas como las de Rafael López Aliaga, Castillo, incluso la de Keiko Fujimori, que hablan en un lenguaje de propuestas más sencillas, crezcan. Lo programático no puede estar desconectado de la expectativa popular. Si tenías una campaña taladrada por la crisis económica y la sanitaria, ¿cómo, en tu sano juicio, podías pretender que el elector iba a estar para racionalizaciones tecnocráticas del detalle antes que la idea política? A mí me parece que hemos prestado poca atención a los mensajes sencillos en una campaña que estuvo desconectada. Los mensajes sencillos han sido los que han podido conquistar con mayor facilidad a los electores.

—¿Los candidatos se han desconectado del electorado por intentar precisar, tal como se les exigía, cómo van a llevar a cabo sus planes de gobierno?

Esa es la miopía de algunos comandos de campaña que perdieron, de nuevo, el enfoque de lo principal: la conquista del territorio. Dejaron que la inercia de la campaña los llevara por donde cierta parte de la opinión pública los llevó, tal vez creyendo que esa parte de la opinión pública que quiere conocer el detalle era la encarnación del pueblo. Lo que [la campaña] demostró es que eran parte de un círculo muy exclusivo de gente que comparte información, pero que realmente no estaba conectada con las expectativas ciudadanas. Y ahí corrieron libres, casi con impunidad, actores políticos a los que casi no se les exigió nada, y cuya estridencia de mensaje fue la que primó. Esta ha sido la campaña de los estridentes o de los populistas, pero porque no cabía esperar otra campaña. Y el gran fracaso del centro político. En el fondo, esta campaña estaba pintada como para que un candidato de centro político tuviera muy pocas chances de ganarla.

—¿Castillo crece en el centro y en el sur por el flanco izquierdo, o crece por reivindicaciones básicas y simpatía con la población?

Ahí estamos asumiendo la hipótesis de que el centro y el sur se izquierdizan en una elección, y esa es una hipótesis discutible. Yo creo que el centro se ha radicalizado igual que ya era radical el sur. Yo preferiría decir que su propuesta, en lugar de abrazar una izquierda programática, vuelve a la carga esa propuesta de no ser reconocidos, de no sentirse representado, sentir que los ningunean, que les tiran la carta del perro del hortelano, y les dicen “oye, tranquilo, va a chorrear y te va a llegar”. En un momento, la gente dice “oye, no está llegando”. Más que correr por la izquierda, Castillo corre por el bolsón electoral de la representación que no ha tenido nombre. Y que en algún momento iba a tenerla. Yo creo que sería una ignorancia tremenda de nosotros no ver que estas cosas iban a suceder.

En el 2018, tres gobernadores regionales en Arequipa, Puno y Cusco, Élmer Cáceres Llica, Zenón Cuevas, Walter Aduviri, fueron elegidos. En el 2020, UPP arrasó también. ¿Qué en nuestro sano juicio nos hacía pensar que el sur iba a voltear hacia una propuesta de centro político más razonable? Incluso lo razonable sería que, en lugar de votar por ese tipo de propuestas, buscar una propuesta que asuma eso.

—Si bien hay cierta continuidad en la conducta política de buscar esa representación, ¿por qué no hay una continuidad en el respaldo a las personas? En la elección pasada del 2016, Verónika Mendoza tuvo respaldo en el sur y parte del centro. Ahora ella también postula, pero no logra acercarse al respaldo que tuvo Castillo en varias zonas.

La política peruana, que no tiene partidos sólidos, es la política del cartelito del voto. Los candidatos suelen aprovechar la novedad para crecer en torno a ella, y arrancharle los votos al que ya estuvo ahí en la arena política. No hay nada más infiel que el votante peruano. Al contrario, es proclive a cambiar rápidamente de camiseta, calcula, hace sus estrategias, mide, vota cruzado. Yo creo que hay una hiperracionalización del voto. Pretender que como Verónika Mendoza ganó en el 2016 le iba a ir bien ahora, sin hacer su trabajo en la disputa del territorio, supone que estamos frente a electores que pueden ser kantianos, que tienen imperativos morales que deben cumplir siempre. Pero yo no creo eso, creo que la política peruana es más visceral. Hay un momento en el que tú decías “ella nos representa pero no tanto”; y aparece un señor, que en un primer momento fue Lescano. Lescano depredó toda esa zona territorialmente, se la puso muy difícil a Mendoza. En un segundo momento fue Castillo, y Castillo se termina deglutiendo a los dos.

Pero también tiene fortuna. Castillo no hubiera crecido en la manera en la que creció si es que Lescano hubiera tenido un cierre de campaña más a la altura de un candidato de Acción Popular. El cierre de campaña de Lescano es pobre, plagado de declaraciones inservibles. En la sierra alto andina el elector perdona el error, pero lo que no perdona es la estupidez. Y Lescano, en ciertos momentos, tozudamente repetía las ideas.

—¿Qué tan importante fue el rol del magisterio en el sur y en el centro, en la campaña de Castillo?

Sí es preponderante. El rol de las redes del magisterio solo se llega a entender en una real dimensión en la candidatura de Castillo cuando se activa este discurso de la persecución después de que es detenido, y estas redes se activan. Rápidamente la parte del magisterio que lo apoya asume rápidamente la defensa del candidato. Y tú ves que inundan las radios del centro y el sur peruano, llamando insistentemente a defender a Castillo. Si bien en Twitter no ha influido, ellos tienen una presencia muy activa en Facebook, una red social con más penetración. Y a eso tienes que agregarle algo que es elementa: Tal vez en las zonas urbanas la palabra del maestro no es escuchada, pero en los distritos rurales la voz del maestro va a misa. Ahí donde el Estado no llega, el maestro tiene un rol fundamental. Sin ese papel militante de los maestros que estaban detrás de Castillo, pues no hubiéramos tenido nada.

Lo otro es que le preparaban el campo. Cuando Castillo se desplazaba, los maestros y sus operadores políticos le preparaban el campo. Llegaba al distrito donde iba a hacer el mitin, y ya tenía todo convencionalmente preparado. Hay algo que los candidatos en esta campaña han evitado, que ha sido el contacto con la gente. Castillo no lo evitó; lo difundió e insistió en eso. Ese dato es fundamental. Si tú corres por ese lado solo y nadie te disputa la plaza, eso se va acumulando como una bola de nieve y luego termina por enterrar. Otro punto aparte merecerán las rondas campesinas que también han tenido una participación activa.

——Los candidatos que iban en los primeros lugares evitaron aglomeraciones que los confrontaran con la policía. En el caso de Castillo, eso no fue así, y realizó mítines.

No pues, porque está acostumbrado a convivir en los márgenes. Ahí, Castillo no es un novato. Entra a política después de haber pasado por luchas sindicales. Como buen dirigente sindical, cuántas veces lo habrán detenido a Pedro Castillo. Una detención más qué importa. Él no le tenía miedo a ser detenido. Pero imagínate la foto de Keiko, Mendoza o Lescano siendo detenidos; eso tal vez hubiera golpeado sus candidaturas. Pero en una lógica de represión donde mucha parte de la población se siente que está recluida, a pesar de que sea para su salud, esa desobediencia civil es incluso hasta anárquica.

—Ahora, mirando la segunda vuelta. ¿Le conviene a Castillo mantener esta actitud al borde de la norma?

Habría que ver. Yo no tengo estudios de campo que puedan decirnos cuánta gente estaría dispuesta a seguir aguantando cuarentenas y medidas así. Yo supongo que ha habido en el sur movilizaciones que han sido subestimadas. Movilizaciones en favor de suspender la cuarentena, lideradas por microcomerciantes, microempresarios que estaban hartos de los cierres de los locales, de las galerías comerciales pequeñas, mientras se permitía la apertura de los grandes malls. Si el candidato consigue instalar ese discurso, puede que no le vaya tan mal. Ahora, el elector más moderado no va a ir a la plaza. Yo creo que Castillo es lo suficientemente inteligente para entender cómo termina la historia. Él termina su recorrido en Lima, y esa es la lección básica que le enseñaron en las luchas sindicales: que tenía que lograr cierto tipo de legitimidad en el territorio y del territorio ya se volcaba hacia la ciudad. Él llegó a Lima y yo no vi que los policías tuvieran la menor intención de detener su mitin. No sé si va a tener esas mismas facilidades ahora. Lo dudaría mucho.

—¿Tiene Keiko Fujimori posibilidad de disputarle las zonas en las que Castillo ha ganado?

Keiko Fujimori tiene algo que no tenían ni Rafael López Aliaga ni De Soto. Tiene las chances de disputarle el voto popular, porque Keiko tiene expertise, el partido tiene vasos comunicantes con comedores populares, vasos de leche. Me atrevo a decir que sí le va a disputar algunos votos en el centro del país, principalmente en Junín, y bolsones urbanos como Arequipa, Cusco tal vez, Ica con certeza. Pero no necesita ganar en esas regiones, necesita ser competitiva. Necesita perder por lo menos posible. Ahora, también estoy subestimando el miedo de las clases medias del sur, que en su momento hicieron que PPK fuera elegido en Arequipa en la primera vuelta con un porcentaje mayor.

—¿Es comparable Castillo con Humala del 2011 o del 2006?

Humala era un político limeño con ideas afiebradas producto de su vida militar, que construyó una doctrina que le llamó nacionalismo. Humala estudió en el colegio Franco Peruano en Lima, su papá no era un rondero, era un hombre que podía pagar un colegio así. Castillo es una persona bien distinta. El movimiento político, si quieres verlo territorialmente, sí se parece. Tienen el mismo discurso, comparten los mismos bolsones, pero Castillo es un maestro rural, rondero, nadie va a poder quitarle la imagen de autenticidad que ha ganado. Castillo sigue demostrando los detalles de su vida cotidiana, como una especie de reality. ¿Qué hace Castillo en la mañana? Ordeña la vaca. ¿Qué hace por la tarde? Va a pastear al ganado. Yo no sé si eso le baste. Pero son distintos, aunque la geografía de su voto se pueda repetir.

La otra diferencia es que Humala fue arrolladoramente más poderoso en la primera vuelta. Con Castillo no ha sucedido lo mismo. Ha ganado, y en ciertos lugares ha ganado con más del 50%, pero en otros lugares no ha pasado del 30-32%. Podría ser un reto pero echa memoria a los porcentajes que sacó Humala en primera vuelta en Cusco, Puno, Arequipa. Es una cosa que no tiene punto de comparación.

—En la disputa por la capital, la apuesta de Castillo es ir a los conos, al Callao, a zonas en las que la gente vive en condiciones de pobreza más fuertes que en muchas regiones del país. ¿Cómo se paran los dos candidatos en Lima?

Estamos contando con que hay dos tipos de voto en esos márgenes. Uno es el voto más precario, de los que viven en estado de pobreza extrema y pobreza. Ahí, Castillo sí puede, con la narrativa del redentor, cosechar votos. Donde me entra la duda es en la Lima más emergente, en esa Lima de clase media que está buscando dejar los márgenes de la pobreza. En ese bolsón electoral, tal vez Castillo es visto con temor, porque representa todo lo que ellos no quieren. Son las personas emprendedoras, que luchan, que están ahí todo el día y que la riqueza se la han ganado. Discursos que digan “la riqueza debe ser distribuida” puede que no terminen siento tan convincentes. A mí me queda claro quién va a ganar en los sectores mesocráticos de Lima. Es evidente. Pero en las zonas populosas de Lima habría que ver con qué músculo llega Castillo, con qué discurso.

—¿Castillo puede activar el discurso antifujimorista en esta disputa, o este es un discurso moral de clases medias-altas?

Sí. El antifujimorismo del 2016 sí tenía esas ínfulas elitistas, tenía un aparato intelectual que lo agitaba. Pero, lo que sucede es que el antifujimorismo ya también es cosecha propia de Keiko. El antifujimorismo de hoy no solamente es [contra] la dictadura, los desaparecidos, la Cantuta, Barrios Altos, sino también es el Congreso con K, la repartija, la bancada monolítica, los aplausos protocolares. Ese fujimorismo ya tiene sus propios enemigos, que no solamente son los intelectuales, sino también es la gente que ve eso y dice “esta señora cuando tuvo una cuota de poder hizo lo que sus intereses quisieron”. Ya es cosecha propia. El antifujimorismo, como todas las fuerzas políticas, va mutando.