El elector puede sentirse identificado con un candidato por razones identitarias, pero si no se le ofrece algo concreto para superar su difícil día a día, la migración del voto es una salida esperable. (Foto: Hugo Pérez / GEC)
El elector puede sentirse identificado con un candidato por razones identitarias, pero si no se le ofrece algo concreto para superar su difícil día a día, la migración del voto es una salida esperable. (Foto: Hugo Pérez / GEC)
Fernando Tuesta Soldevilla

Profesor de Ciencia Política de la PUCP

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Como era de esperarse, esta segunda vuelta muestra un alto grado de polarización. Las encuestas muestran cómo no supo ni pudo administrar su amplia ventaja inicial. Sostener que la disminución de la distancia con Keiko Fujimori solo se debe a la campaña en contra del candidato de es un reduccionismo insostenible.

Hay que recordar que la votación de la primera vuelta solo comprometió a un tercio de los votantes. Allí se encontraban los electores de adhesiones más firmes. Esto quiere decir que el realineamiento de segunda vuelta de los dos tercios restantes es forzado y, por lo tanto, con amplias franjas movibles. La campaña de lo que trata es de ganar no solo a la mayor parte de los indecisos, sino incursionar en los votantes del otro. Reposicionar al candidato en la mente de los electores es la tarea de toda campaña, como imponer agendas. Pese a que Keiko Fujimori venía cargada de mochilas, propia y la de su padre, ha sacado una clara ventaja, facilitada por los errores y carencias de Pedro Castillo.

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El candidato de Perú Libre había sentado gran parte de su apoyo en fuertes vínculos identitarios, como ser un maestro de escuela pública de una de las provincias más pobres del país y un discurso radical contra el estado de cosas. La novedad de un candidato nuevo y de súbito incremento de adhesiones es, para el electorado peruano, muy sugestiva, acostumbrado a las decepciones de los ya curtidos políticos.

Sin embargo, la larga segunda vuelta peruana ofrece el espacio para conocer más al candidato. No es el caso del Alberto Fujimori del noventa. Ahora es casi imposible desaparecer o eludir a los múltiples reflectores. Allí se vio, con mayor claridad, que sus vínculos con Vladimir Cerrón –la piedra en el zapato de Pedro Castillo–, eran inmanejables; que sus propuestas generales, incluida la convocatoria a una asamblea constituyente, carecían de precisiones; que su plan de gobierno –si bien no necesariamente estos planes se cumplen– era prestado y desactualizado; que su habilidad política, que no es la misma que en el plano sindical, es baja y cae con sencillez, como retar irresponsablemente al debate tanto en Chota como en Santa Mónica a la candidata de Fuerza Popular. Castillo aparece como solitario, allí donde candidatos a la vicepresidencia y equipo técnico casi no existen, y claramente huidizo. Si a eso se suma la campaña fuertemente anticomunista, que cuenta con todo el apoyo material y comunicativo en su contra, y el giro en la campaña de Keiko Fujimori, no es difícil comprender por qué la distancia se ha acortado tanto en tan poco tiempo.

El elector puede sentirse identificado con un candidato por razones identitarias, pero si no se le ofrece algo concreto para superar su difícil día a día, la migración del voto es una salida esperable. Esto nos puede llevar, a un escenario de llegada de fotografía. Pero lo mejor sería que quien gane lo haga sin atenuantes, porque en el Perú se sabe ganar, pero no se sabe perder.

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