Una bombarda más sí importa, por Pedro Ortiz Bisso
Una bombarda más sí importa, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

Ahí donde antes había un ojo solo se veía una cavidad ennegrecida, de carne chamuscada, sin vida. La bengala que había sido lanzada desde lo alto de la tribuna Oriente cruzó todo el campo de juego y fue a impactar a un lugar despoblado de Occidente, donde, sentado junto a una de las bocas de acceso, Pepito era el único espectador. Le dio de lleno en uno de los ojos. 

Quienes estábamos en la gradería principal del Nacional, ese 2 de abril del 2000, corrimos a socorrerlo. La madre de Pepito, que trabajaba como obrera del Instituto Peruano del Deporte, ya estaba con él, desesperada, tratando de apagar la llamarada roja que despedía su rostro. Fue inútil. Un periodista la abrazó para darle consuelo.

Dieciséis años después, la muerte de Pepito pareciera que nunca hubiese ocurrido.

Hace ocho días, cuando el árbitro Óscar Gambetta decidió suspender el partido entre Alianza y Universitario tras la explosión de una bombarda, fue apabullado por las críticas. No solo lo atacaron los jugadores, molestos porque la suspensión se dio en el momento más intenso del encuentro, sino también los hinchas, dirigentes y algunos periodistas. Lo acusaron de “reglamentarista” y “falto de criterio”. 

Olvidaron que la bombarda que desató la suspensión era la sexta que había sido lanzada esa noche, que los organizadores ya habían advertido por los altoparlantes que el partido se daría por concluido, que semanas atrás –en el Cusco– se había detenido otro partido por la misma razón. 

Pero no solo eso. Olvidaron que desde hace años las tribunas populares son territorio liberado de las barras bravas, donde se hace y deshace aprovechando la lenidad cómplice de ciertos clubes. Que en el 2007, en la tribuna sur del Monumental, un hincha del Sport Boys fue masacrado por simpatizantes de Universitario; y que hace cinco años, Walter Oyarce fue arrojado por hinchas de la ‘U’ desde un palco suite de ese mismo estadio, provocándole la muerte.

En nombre del espectáculo, del dinero pagado por las 30 mil personas que fueron a Matute, de los supuestos perjuicios para los auspiciadores, olvidaron eso y mucho más. Olvidaron que el Perú, en 1964, fue escenario de una de las mayores tragedias en la historia del deporte mundial, cuando más de 300 personas murieron en el mismo Estadio Nacional al suspenderse el partido Perú-Argentina. Y que a pesar de esta historia regada de sangre, nada concreto se ha hecho para erradicar la violencia de los escenarios deportivos del país.

El fútbol inglés vivió por muchos años acogotado por los ‘hooligans’. En 1990 intervino el gobierno, y con participación de la justicia, los clubes y la empresa privada se dio un paquete de medidas para extirpar a los malos hinchas y convertir los estadios en espacios amigables y seguros. La solución fue drástica e integral. Se entendió que a la violencia no había que darle ni un centímetro de ventaja.

Aquí, en tanto, seguimos pensando que los árbitros son “reglamentaristas” y “faltos de criterio”. Hasta la próxima bombarda.

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