Distintas maneras de destruir una ciudad, por Pedro Ortiz Bisso
Distintas maneras de destruir una ciudad, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

Hay distintas maneras de destruir una ciudad. Construir un intercambio vial que no se necesita es una de ellas. A pesar de las advertencias de los especialistas, del apuro en su elaboración, de los cuestionamientos legales, de que el dinero para su construcción estaba destinado para otra obra, el ‘by-pass’ de 28 de Julio se hizo porque se tenía que hacer. Punto. Y ahí está, como una herida abierta que supura necedad y pobre planificación.

Otra manera de hacerlo es impulsar una reforma del transporte a regañadientes, sin el punche que demanda un cambio de esa trascendencia. Porque no basta con organizar un sistema, dotarlo de infraestructura, desarrollar los servicios, sino también emprender un dramático cambio de hábitos. Hay que saber enamorar a quien por años viajó doblado en una combi, sometido a los abusos de choferes y cobradores, deseoso de llegar a su destino en el menor tiempo posible. 

No es fácil convencer a este pasajero que a cambio de viajar en buses grandes, con mayor seguridad, civilizadamente, demorará un poco más en llegar a su casa o su trabajo porque ya no habrá más correteos, los vehículos se detendrán delante de la luz roja y, curiosidad limeña, deberán respetar los paraderos. Hacerlo cuesta porque somos impacientes, le gritamos al chofer que acelere cuando maneja con prudencia, que ‘robe’ ahí donde está prohibido voltear o que no haga caso a los escolares que esperan en la esquina. 

Y como habrá gente que se quedará sin trabajo, ‘oriones’ deseosos de no perder su poder, las presiones serán enormes, los costos políticos atosigantes, la posibilidad de quebrarse permanente. Lo estamos viviendo en la avenida Javier Prado. Se está desandando lo que tanto había costado avanzar.

También se destruye una ciudad cuando se la somete al imperio de la plaquita fundacional, con el nombre de la autoridad en cuestión en enormes letras de molde, anunciando el último muro levantado, la reja de protección instalada, la pared acabadita de resanar. La omnipresencia del líder llevada al extremo. 

Y como es imposible colocar letreros en aquello que no es visible, la ciudad se convierte en una oda al tabique y al cemento fresco, al puentecito sobre el río, a la pista recién parchada, a las losetas recién estrenadas. A todo lo que reluce y se ve bonito, pero que no contribuye al cambio estructural que la urbe requiere.

El fomento de reglas básicas de convivencia, la educación vial, el sentido de orgullo y pertenencia por la ciudad quedan de lado. No son objetos medibles, no hay manera de colgarles una plaquita con el nombre del líder o el logotipo del partido en el poder. Son irrelevantes. Es el gobierno del cemento y nada más.

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