Porque no podemos esperar más, por Pedro Ortiz Bisso
Porque no podemos esperar más, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

Conmueve la manera como la gente de a pie se ha organizado para participar en la marcha Ni Una Menos. El entusiasmo se desborda en los mensajes registrados en la cuenta de Facebook de la movilización, unos preguntando por los puntos de reunión, a qué hora empezará, qué llevarán, cómo irán vestidos y otros convocando a amigos, parientes, vecinos o a gente que ni siquiera conocen con el objetivo de participar en esta gran manifestación de rechazo a la violencia contra la mujer.

Junto con ello y los espeluznantes testimonios de mujeres maltratadas, se mezclan también comentarios que intentan trivializar el sentido de la protesta o “desenmascarar” los supuestos intereses que estarían detrás de ella. Si buscarle tres pies al gato fuera un deporte olímpico, hace rato que el Perú encabezaría el medallero general.
Pero no son los únicos mensajes que aparecen en la página. Los hay también esos que rebosan odio, que despiertan asco, que configuran las razones por las cuales miles de personas saldrán a la calle hoy: 

“Anda de SANTITAS cuando son perras todas. Lamentblemente no puedes negar esto. y si te crees santita solo t digo q santita no hay. q ignorantes son ” y “jaja ahora las mujeres hacen marcha para que no les peguen jaja jaja dan penaaaaaaaaaa huevadas noma hacen con tal de no hacer nada pa chismosear no más salen pretextos”. 
Son dos muestras que parecieran haber salido de alguna mente perturbada o de la escasa materia gris de un imberbe deseoso de llamar la atención. Lamentablemente la violencia contra la mujer no es solo un asunto de salud mental o de algún bromista idiota. 

Las agresiones verbales y físicas que vemos en los noticieros, que abarrotan las páginas webs, que recorren como ríos las redes sociales son apenas una pequeña porción de los casos de violencia que se suceden a diario. Los peores suelen quedar  hundidos en el silencio, bajo las caretas de esas familias que aparentan la felicidad perfecta, de esas parejas que no dejan de hacer público su amor incondicional, del tío cariñoso de sonrisa indeleble, del vecino acomedido que tan bien nos cae. Ahí, en casa, en el trabajo, en el colegio, el mercado, más cerca de lo que uno imagina, se encuentra el agresor, cubierto bajo la pátina de la corrección y del respeto. A quien no se denuncia por resignación y miedo. 

En un reportaje publicado por elcomercio.pe, la directora de la ONU Mujeres para las Américas y el Caribe, Luisa Carvalho, alertó sobre el creciente aumento del feminicidio y otras formas de violencia contra la mujer en la región. La cota de impunidad es escalofriante: alcanza el 98%.

Para ponerle fin a eso es la marcha de hoy. Tomará tiempo, será necesario sortear cientos de obstáculos, habrá que enfrentar tropiezos, pero no podemos esperar más.