Bicicletas para ayudar a médicos. ¿Cómo facilitar el trabajo de los médicos que atienden el COVID-19? Para responder esta pregunta, los fundadores de La Bicicletería (https://www.labicicleteria.pe/) crearon una campaña para prestar bicicletas al personal de salud que no tenía cómo ir a los hospitales. Lograron conectar a 30 médicos con voluntarios que cedieron temporalmente sus equipos. “Ir en bici al trabajo fue la mejor experiencia que tuve en la cuarentena”, dice Ana Núñez, médica que pudo movilizarse de forma segura gracias a esta iniciativa ajena pensando en los demás. (Foto: César Campos)
Bicicletas para ayudar a médicos. ¿Cómo facilitar el trabajo de los médicos que atienden el COVID-19? Para responder esta pregunta, los fundadores de La Bicicletería (https://www.labicicleteria.pe/) crearon una campaña para prestar bicicletas al personal de salud que no tenía cómo ir a los hospitales. Lograron conectar a 30 médicos con voluntarios que cedieron temporalmente sus equipos. “Ir en bici al trabajo fue la mejor experiencia que tuve en la cuarentena”, dice Ana Núñez, médica que pudo movilizarse de forma segura gracias a esta iniciativa ajena pensando en los demás. (Foto: César Campos)
Alonso Cueto

Escritor

Ser peruano es acostumbrarse a alternar las riquezas y las dificultades. La realidad física que nos rodea es un ejemplo. Nuestra geografía reúne los climas de casi todo el planeta. Los más de cincuenta ríos que nacen en los Andes y llegan a la costa, las más de doce mil lagunas esparcidas por nuestro territorio, los cálidos y oceánicos ríos amazónicos que se abren en remolinos y contracorrientes, el lago navegable más alto del mundo, las cumbres del Cañón del Pato y los volcanes dormidos de Arequipa: todos ellos guardan la fauna y la flora más diversas. Podemos decir que el universo entero cabe en nuestro territorio.

PARA SUSCRIPTORES: Familias y vigilias, por Alonso Cueto

A esta diversidad geográfica corresponde una cultural. A pesar de que la mayoría han desaparecido, sobreviven casi cincuenta lenguas originarias. Muchas de ellas tienen varias decenas de miles de hablantes (el quechua tiene casi cuatro millones y el aimara casi medio millón). La música y el arte de distintas partes del Perú forman una galería siempre renovada por sus creadores. Allí están todas las coloraciones, todas las formas, todas las visiones del mundo. La materia de la que están hechas nuestras casas (y nuestros sueños) es el barro pero también el ladrillo, la piedra, la paja, las esteras y la quincha. Si uno piensa en la historia de las migraciones, se puede decir que el destino nos ha escogido para realizar un experimento de convivencia social. Los pobladores de todo el planeta han coincidido desde hace siglos en nuestras tierras. Tenemos todos los orígenes. Pero todavía no un destino.



“La razón por la que creo que debemos ser optimistas es que esta pandemia ha vuelto a ofrecer un examen de nuestra reacción como sociedad”.

Porque el grave problema es que esta enorme variedad histórica, geográfica y cultural requería de una clase política que la representara. La riqueza que la historia y la cultura nos ofrecieron no fue recogida por nuestros líderes. Salvo algunas excepciones, nunca encontramos una clase de gobernantes a su altura. Creamos grandes artistas pero no grandes instituciones. Tuvimos una nación pero no una sociedad con un proyecto nacional. En vez de abarcar la diversidad, como lo hicieron creadores como Arguedas o investigadores como María Rostworowski, la mayor parte de nuestros gobernantes tomó el camino del caudillismo. No fue raro que la corrupción floreciera en esta opción de los partidos sobre el país y las camarillas sobre la sociedad. El racismo, la discriminación, el abandono, y sobre todo la falta de un sistema educativo, han sido otras consecuencias de las divisiones entre la gente y sus gobiernos. La centralización del país ha sido una marca visible de esta tara. Ya en su estancia a inicios del siglo XIX, Alexander von Humboldt escribía que “Lima está tan alejada del Perú como de Londres”

Sin embargo, la razón por la que creo que debemos ser optimistas en esta hora es que esta pandemia ha vuelto a ofrecer un examen de nuestra reacción como sociedad. En medio de todas las terribles noticias de estos días hemos mostrado una conciencia por los problemas de distintas partes del país. Desde el inicio de la crisis, supimos lo que ocurre en el interior. El hecho de que podamos protestar e indignarnos, cuando ocurre sin prejuicios políticos, es una buena señal. Al fin ahora nos importa lo que le pasa a muchos si es que realmente la indiferencia ha disminuido.

Recuerdo muy bien lo que podía verse en el Perú de los años sesenta. Para mi generación de clase media, la idea de la sierra y la selva peruanas era más bien distante. Es cierto que hubo movimientos revolucionarios pero estos se veían como incidentes lejanos. Por entonces había unos pocos vuelos semanales al Cusco y nuestra televisión estaba poblada de rostros rubios y sonrientes. Las alusiones a los barrios marginales eran mínimas. En los años ochenta, cuando estalló el conflicto de Sendero Luminoso, tardamos en reaccionar porque tardamos en comprender. En su primera época, las incursiones senderistas se tomaron como asuntos de provincias secundarias. Solo cuando Sendero fue creciendo y finalmente llegó a Lima se adquirió plena conciencia de su gravedad entre algunos habitantes de la capital.



“Ser peruano es acostumbrarse a alternar las riquezas y las dificultades. La realidad física que nos rodea es un ejemplo”.

Todo eso ha cambiado en algo. Hoy, gracias a las migraciones y a la expansión de las redes televisivas, recibimos las noticias de muchos puntos del Perú. Por otro lado, en las últimas décadas, la autoestima de los peruanos se ha elevado por dos motivos: la valoración de las culturas precolombinas impulsada por el turismo y el reconocimiento de nuestra gastronomía. Aun cuando el camino todavía es largo, ambos hechos han contribuido a nuestra identificación cultural, una base del patriotismo.

Nuestra crisis tiene villanos pero también héroes como el señor Mario Romero. Esta pandemia nos ha mostrado lo peor y lo mejor de lo que somos. Pero algo de la crisis puede servir como base de lo que podríamos ser: un país más integrado. Por ahora podemos celebrar nuestro aniversario, con pena, recelo y cierto orgullo.