Juan Pablo León Almenara

Entre negocios de cebiche al paso, licuados de maca y música pirata de , el puesto de banderas de Víctor Loayza es como una unidad de infantería montada, impecable, minuciosamente organizado, llamativo desde cualquier esquina del bastión comercial.

Víctor Loayza nació en Junín hace 75 años. Ha viajado por todo el país por mar y tierra. Conoce las seis estrofas del himno nacional y las canta olvidando el dolor de su úlcera gástrica. Su esposa Felícita no se le despega desde que se conocieron en Jauja cuando eran jóvenes. Lleva más de 35 años confeccionando y vendiendo banderas, astas y escarapelas en La Victoria, y es una enciclopedia de telas, texturas, puntos de sobrehilado, tonos de rojos y blancos, escudos y todo símbolo patrio.

Los pedidos comienzan temprano. Recibe la llamada de un proveedor del Ministerio de Educación para una decena de banderas reglamentarias. Los clientes de a pie le piden banderas con tela de raso satinado y escarapelas. 

Los profesores de colegio quieren banderas pabellón, esas que llevan el escudo de armas y que son izadas cada mañana de julio. Los niños llevan los colores del país en banderolas, los taxistas instalan escarapelas en los tableros de sus autos. Las diferencias políticas, económicas, sociales, de raza, cultura y religión se rompen frente a una bandera del Perú, un símbolo de unidad, de identidad y orgullo.

– Negocio redondo –

El proceso comienza con la confección de la madera del asta, que la mayoría de vendedores trae de la selva. La pintura blanca del mástil fue, desde los años 90, reemplazada por esmalte en spray. “Los tres retazos de tela, dos rojos y uno blanco, son unidos y estampados con el escudo cada madrugada, antes de las cuatro, para salir a vender a las calles”, dice una comerciante de la avenida Aviación.

Desde el 1 de julio, solo en Gamarra se venden unas 2.800 banderas al día. En el Mercado Central otras 2.000. En la avenida Miguel Grau se venden al menos tres por cada semáforo en rojo. Lo mismo en Abancay y Manco Cápac. 

El negocio de la patria es una enorme cadena comercial desde cada 1 de julio. Víctor Loayza, por ejemplo, le expende banderas a su colega José Cuadros, que a la vez las distribuye en cada esquina, entre las estaciones Gamarra y Arriola del metro de Lima.

“Una bandera nos moviliza emocionalmente en un momento de alegría o tristeza colectiva. Es un culto laico que nos hace sentirnos prójimos, y permite que haya un mutuo reconocimiento del compatriota, un sentido de pertenencia y comunidad”, dice Gabriel Calderón, docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y especialista en antropología cultural. 

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