“Lima, la salvaje”, por Pedro Ortiz Bisso
“Lima, la salvaje”, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

Lo golpearon a mansalva, como si lo odiaran desde siempre. Fue una avalancha de patadas, varazos y puñetes que pronto lo hicieron sangrar. En medio de la agresión, un policía se movía como zombi, sin atinar a poner fin a tanto salvajismo. ¿El lugar? Uno de los más céntricos de nuestra jungla capitalina: la avenida Javier Prado.

“Es un hecho aislado”, se han apurado en señalar las autoridades municipales ante el abusivo ataque sufrido por un motociclista a manos de fiscalizadores del Municipio de San Isidro. Pero la falta de un registro con incidencias parecidas –lo cual es irrelevante ya que muchos delitos no se denuncian por la desconfianza que genera el trabajo policial– no absuelve a la comuna de su responsabilidad ni mucho menos a los agresores.

Por lo demás, si el periodista Jaime Pulgar Vidal, quien pasaba circunstancialmente por la zona, no grababa y difundía el video con lo ocurrido, ¿nos hubiéramos enterado de lo que pasó?

El término salvaje queda corto para calificar la actuación de los agentes sanisidrinos, a pesar de que la víctima utilizó un cuchillo que encontró en el suelo para defenderse tras los primeros golpes que recibió. ¿Si había superioridad numérica, por qué no reducirlo y enmarrocarlo con el apoyo del policía presente? El sentido común quedó de lado y fue reemplazado por la barbarie.

San Isidro ha dado diversas muestras de preocupación por sus vecinos. Es la cuna del serenazgo. Allí se creó hace 24 años y pronto su ejemplo fue imitado por otros distritos y provincias del resto del país. Cuenta con una escuela de serenos donde, supuestamente, se capacita a sus miembros para enfrentar situaciones extremas. Y sus fiscalizadores deben tener similar preparación (aunque incautarle sus productos a una vendedora de pan con huevo –el hecho que desató el escándalo– no parece ser un caso que demande demasiado peligro).

Recursos no le faltan. Junto con Miraflores, La Molina, y quizás Lima, no debe haber fiscalizadores y serenos mejor equipados que los suyos. El distrito es, además, cabeza habitual en las mediciones del índice de desarrollo humano, lo que nos lleva a otra pregunta: si esto ocurre en el lugar donde mejor se vive en el país, ¿qué puede pasar en otro donde la preparación es precaria y el equipamiento escaso?, ¿qué garantía tenemos los ciudadanos de a pie para confiar en estos sujetos?

En contra de lo que señalan los funcionarios sanisidrinos, existen graves y recientes antecedentes de excesos perpetrados por sus agentes. Su serenazgo ha sido protagonista de momentos especialmente penosos, como sus peleas callejeras con sus colegas de Magdalena del Mar por el conflicto limítrofe que mantienen hace décadas.

Cuando ocurren hechos como este, vale la pena cuestionarse si nuestros tributos son usados adecuadamente por los municipios. Y si las propuestas de armar a los serenos para combatir a la delincuencia no se convertirán después en desencadenantes de más violencia. El salvajismo de Lima nos obliga a ser desconfiados.
Lima,

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