Soy limeño y estaciono donde quiero, por Pedro Ortiz Bisso
Soy limeño y estaciono donde quiero, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

La descalificación como argumento alcanzó su máxima altura con Laura Bozzo en los noventa. Entre manazos, insultos y lamidas de axilas, la abogada de los pobres se ganaba el aplauso fácil de la tribuna destrozando a supuestos pegalones e infieles que le daban vida a sus ‘casos’.

El fondo del asunto no interesaba. El atarante callejonero daba ráting sin mucho esfuerzo y en ello Laura era –y es– reina y señora con sobrados méritos.

Otro cultor del atarante era Alfredo González, hoy devenido en goloso divulgador gastronómico para tranquilidad del fútbol nacional. La agresión verbal gratuita, acompañada por una risotada descompuesta, bastaban para diluir el efecto de alguna pregunta incómoda o alejar a un periodista molesto.  Haberse convertido en devoto del “toditito para ti” resultó un salvavidas oportuno para el balompié y, sobre todo, esa descalabrada institución llamada Universitario de Deportes.

Pero no se necesita ser la señorita Laura o tener el cuajo de González para usar la descalificación para librarse de un pecado propio. Hace un par de días, Canal N difundió una operación ejecutada por la Municipalidad de Miraflores contra los caraduras que estacionan sus autos en veredas, bermas, jardines y otros lugares indebidos.

Lejos de reconocer su culpa, infractores y supuestos curiosos –ninguno reconoció en cámaras ser propietario de uno de los vehículos atravesados en la vereda– arguyeron mil y una razones para justificar su proceder: falta de estacionamientos, parqueos a precios excesivos y los acostumbrados etcéteras que acompañan situaciones de este tipo. Como la fiscalizadora se mantuvo en sus trece, el sablazo no tardó en llegar.“Estas campañas solo las hacen en Fiestas Patrias y en Navidad... por algo será”, señaló, palabras más, palabras menos, uno de los presentes. Con cierto candor, la periodista que informaba sobre el hecho le pidió que aclarara a qué se refería, tras lo cual el susodicho dijo que le parecía muy extraño que se hiciera esa campaña por esta época del año (nadie le recordó que la Navidad se celebra dentro de cinco semanas aún).

Probablemente cualquiera de estos indignados hubiera puesto el grito en el cielo si hubiesen encontrado automóviles  invadiendo las veredas que dan a la puerta de sus casas o sus garajes. Quizás hasta habrían protestado por la “inacción” de la municipalidad. Sucede todos los días.

¿La capital tiene un déficit de estacionamientos? No hay cómo negarlo. Pero el problema es más profundo: Lima es una ciudad en donde se privilegia al automovilista por encima del peatón. Y como el principio de autoridad no existe, los conductores se creen con derecho a estacionar donde quieran.

Esto, de ningún modo, los releva de culpa. Y cuando existen municipios que, por esas rarezas que tiene la vida, se acuerdan de cumplir con su deber, hay que acatar lo que mandan las normas. Quien  se defiende descalificando, faltando el respeto, y no reconoce su error, no solo actúa con hipocresía. Es también un agente del caos.

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