Madre solo hay una, por Jorge Ruiz de Somocurcio
Madre solo hay una, por Jorge Ruiz de Somocurcio
Jorge Ruiz de Somocurcio

Es un día absolutamente familiar de afectos y regalos. De pequeño, yo recogía flores en una chacra de japoneses vecina a mi casa para  regalárselas a mi madre, que falleció muy joven. No existía la vorágine de compras de hoy.

Ahora, la semana previa al segundo domingo de mayo, los centros comerciales están inundados de compradores, que identifican a su madre con un electrodoméstico o algo de moda, o una joya o un ramo de flores. Y el día domingo le toca el turno a los restaurantes o simplemente el delivery a la casa.

En buena cuenta, casi toda la celebración será paredes adentro, excepto en los cementerios. De alguna manera, es una celebración orientada así también por la ciudad y la ausencia de espacios públicos.

Me provoca pensar cómo podría ser un Día de la Madre familiar, por ejemplo, con una con playa de extremo a extremo, cafeterías, parques y juegos, ciclovías, malecones y paseos marinos a la isla San Lorenzo y a otras que se pueden edificar frente al Callao. Una suerte de Central Park pero, además, con mar, playa y conciertos al aire libre. Creo que esa Costa Verde estaría llena de gente.

En las zonas de la periferia de la ciudad, el desafío es ganar espacios públicos a los cerros y laderas. Y donde no hay parques, convertir calles en parques, en los que las familias instalen sillas y mesas para festejar. 

Y en las zonas de expansión en los arenales o las faldas altas de los cerros, donde aparece una barriada cada día, no hay a dónde ir. Ahí hay que pensar en el cinturón ecológico, en ambientes de agricultura urbana o combos de escaleras que conducen a plazuelas donde hay equipamiento de primer nivel: biblioteca, área de juegos, cuna. O de lo contrario, facilitar que las familias puedan bajar de los cerros a las riberas de los ríos de Lima, convertidos en extensos parques lineales con aguas descontaminadas, y comer al aire libre. O ir a museos de sitio en circuitos arqueológicos precolombinos.

En realidad, la ciudad va moldeando también los hábitos ciudadanos. Los grandes centros comerciales ya cumplieron su función prestando una identidad que produjo orgullo en los vecinos. El Megaplaza de Independencia fue un ícono en ese sentido y posteriormente Larcomar. Pero es hora de que la ciudad se reconcilie con ámbitos que encarnan valores. 

Si la actual gestión municipal decidiera  elegir ese camino de obras y proyectos que celebren al ciudadano de a pie y recuperen o inventen nuevos espacios públicos con seguridad, contribuiría a incrementar valores ciudadanos.

El financiamiento de los espacios públicos puede obtenerse vía alianzas público-privadas, haciendo concesiones de suelo o de zonificación, y sociedad con el gobierno central.

Anteayer, Sandra Belaunde daba cuenta en El Comercio de un estudio que evidencia cómo en los últimos 10 años y practicamos menos valores sociales. ¿Cuánto tendrá que ver en ello una ciudad que también se ha vuelto más cerrada, depredadora y violenta? Con tantas madres que también son, paradójicamente, víctimas de atroces maltratos?