Juan Pablo León Almenara

Freddy Arias saca a rastras un cajón de hojalata oxidada, como si quitara un ataúd de su nicho para profanarlo. Es el viejo transmisor de una radio que fue silenciada en 1992. Sus cuatro paredes todavía protegen un circuito integrado de cables, un condensador, un resistor y una bobina. “Aquí mueren las radios clandestinas de todo el país”, dice Freddy, con la serenidad de los vigilantes de una morgue cuando hablan de la muerte.

Su trabajo es cuidar tres enormes galpones llenos de antenas, transmisores, consolas, pantallas, amplificadores, auriculares y micrófonos incautados desde hace más de 25 años a las radios que roban espectro radioeléctrico, uno de los delitos menos conocidos que contempla el Código Penal. Freddy recorre estos pasadizos acostumbrado al olor del cobre y al frío del metal, y toca las piezas con la yema de los dedos como quien recorre un museo.

“Aquí hay unas 10.000 estaciones”, calcula. Algunas fueron usadas por terroristas de Sendero Luminoso para difundir su filosofía política en las zonas andinas del país. Otras transmitían misas, anunciaban actividades patronales, promovían marchas. Hoy este almacén es como un silencioso cementerio sin almas.

—Un delito desconocido—
Poner una radio legal en el Perú –equipos, antenas, transmisores y una frecuencia otorgada por el Estado e impuestos– puede llegar a costar US$1,5 millones. Pero en el jirón Paruro, en Lima, un grupo de personas ofrece habilitar estaciones completas por menos de US$2.000, y en solo tres días. Lo hacen de forma artesanal, pero con todas las condiciones para robar frecuencia al Ministerio de Transportes y Comunicaciones (MTC) e interferir en otras emisoras, transmitir cualquier contenido y generar ingresos por publicidad por hasta US$10.000 al mes.

Ello explica por qué si encendemos nuestra radio en la frecuencia 87.9 FM en Shangri-Lá, en Puente Piedra, no escucharemos RPP sino la voz de un locutor anunciando, por ejemplo, alguna fiesta folclórica, y en esa misma frecuencia en Carabayllo una iglesia evangélica transmite oraciones.

Cada mes, el MTC clausura 30 radios piratas en el país. Solo en los últimos 12 meses se han iniciado 229 denuncias penales a los responsables.

Cada mes, el MTC clausura 30 radios piratas en el país. Solo en los últimos 12 meses se han iniciado 229 denuncias penales a los responsables. Pero las consecuencias de este delito van mucho más allá del –aparentemente simple– robo de ondas que flotan en el aire.

Córpac, administradora de varios aeropuertos, denuncia constantemente la interferencia de señal de los aviones que despegan y aterrizan, un peligro potencial para ciudadanos y pasajeros. Sucede en Lima en menor medida, pero en ciudades como Puno, donde el control permanente es imposible para el gobierno, este delito es muy frecuente. En noviembre del 2015, el aeropuerto Inca Manco Cápac debió cancelar vuelos porque el sistema de aeronavegación era interferido por radios clandestinas.

“Pero es también un problema social. Miles de personas y sus familias terminan dependiendo de este negocio ilegal en Carabayllo, Comas, Lurigancho, Chosica y toda Lima norte. Y esto se convierte en un peligro para nosotros al momento de cerrar una estación. Vamos a los cerros con una orden judicial para clausurar una radio y todos salen a defenderla. Nos han sacado a balazos y pedradas”, dice Nora Pretell, fiscalizadora del área de monitoreo e interferencia del Viceministerio de Comunicaciones.

El lunes 2 de mayo tuvo suerte. El Comercio acompañó a Pretell en el cierre de la radio Cajamarca (106.7), en un edificio de Puente Piedra. El locutor no estaba, había dejado una pista corriendo. La operación fue cautelosa. Por la potencia de su transmisor, la señal de esta radio se extendía diez kilómetros a la redonda.

El problema podría radicar en el espacio libre del dial. La Unión Internacional de Telecomunicaciones dice que entre una y otra radio debe existir un espacio libre de 0,2 MHz. Sin embargo, el MTC ordena que debe haber 0,6 MHz de diferencia entre una y otra emisora. De esta diferencia se valen los ilegales para usar espacios libres y así adueñarse, por superposición, de frecuencias radiales.