Facebook: denunció a hombre que la insultó al estacionar auto
Facebook: denunció a hombre que la insultó al estacionar auto
Pedro Ortiz Bisso

“Muerto de hambre” es un insulto que pusieron de moda algunos futbolistas locales en la década del noventa, cuando la prensa ponía al descubierto alguna de sus aventuras extradeportivas o se criticaba con acidez su mal desempeño sobre un campo de juego.

Tras identificar al periodista que había osado hacer tambalear su zona de confort, el pelotero sorprendido con las manos en la chela  le enrostraba al susodicho su imposibilidad de gozar la vida de lujos que él sí podía darse, gracias al sueldo europeo que recibía de su endeudado club.

Era un ensalivado jojolete clasista que desnudaba las profundas estrecheces de su autor.

“Muerta de hambre” fue lo que le espetó un sujeto a Mayra Vilcapoma hace unos días. También la llamó varias veces conchuda, ‘secretaria’ (¿?) y la acusó de “abrirle las piernas” a su jefe. Este vomitivo ramillete de lindezas se desató luego de que Vilcapoma cometiera un delito de lesa humanidad: estacionar su auto frente a la casa del personajillo de marras.

El vehículo no entorpecía el acceso al garaje de la vivienda, ni se encontraba en una zona prohibida. Nada de eso pudo entender este varonazo, quien llenó de insultos a Vilcapoma porque, de acuerdo con su particular entendimiento, frente a su casa solo pueden estacionarse autos de su propiedad. 

¿Cuantos veces nos hemos topado con energúmenos de esta calaña? Párese en cualquier cruce, siéntese en un banquito y antes de que pueda desplegar su sombrilla para que no lo maten los rayos UV ya habrá visto al menos un caso. Y no será necesariamente un malhumorado chofer de combi o uno de esos taxistas que detienen su vehículo en medio de la pista para recoger pasajeros. Todos son bebes de pecho frente a los verdaderos dueños de las calles –ciertos conductores de camionetas 4x4–, que por ser poseedores de esos mastodontes de cuatro ruedas, creen tener carta libre para hacer y deshacer con todo el asfalto que tienen a su alrededor.

¡Ay de aquel que se atreva a hacer una maniobra indebida, así sea casual! A los gritoneos de rigor, se suman los deseosos de poner orden a puño limpio. Alguna vez fui testigo de cómo un sujeto detuvo su vehículo en medio de la pista para cerrarle el camino a una coaster. Inmediatamente fue hacia la ventanilla del conductor y de un salto intentó meterle una trompada. Y casos como este no son pocos.

Lima es una ciudad complicada, al borde, donde el respeto al otro es un espejismo y el principio de autoridad no existe. De una u otra manera, cada quien quiere imponer sus reglas o amoldar las que existen a sus intereses.

Hace unos días, Bernie Sanders, el septuagenario precandidato presidencial del Partido Demócrata, ironizaba con que Estados Unidos debía invertir en políticas de salud mental. Lo había comprobado luego de escuchar el debate entre Donald Trump y los otros aspirantes del Partido Republicano.

Si a Sanders alguna vez se le ocurre darse una vueltita por Lima, tengan por seguro que propondría lo mismo.

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