Playa El Silencio: así fue el desalojo de los puestos de comida - 11
Playa El Silencio: así fue el desalojo de los puestos de comida - 11
Pedro Ortiz Bisso

Hace unos años, el dueño de un policlínico ubicado en Matute, La Victoria, decidió ampliar sus instalaciones y sobre un área verde levantó tres pisos. No era el primero en su barrio en construir sobre un lugar indebido, por eso pensó que nadie reclamaría. Craso error.

Las protestas no tardaron, llegaron a oídos de  la Municipalidad de La Victoria y el caso se judicializó. Aunque hubo vecinos y pacientes muy molestos, la ley se abrió paso y el edificio fue demolido.

Desde hace muchos años, los visitantes de El Silencio estaban acostumbrados a encontrar el grueso de la playa invadido por sombrillas y sillas de alquiler. Si alguien deseaba llevar las suyas, no encontraba espacio para colocarlas o debía hacerlo cerca de la orilla.

Quienes manejaban ese negocio eran los dueños de los restaurantes aledaños. Para muchos veraneantes, este escenario no parecía anormal. Además, el combo sombrilla, silla y cebichito –y alguna bebida bien helada– era suficiente para disfrutar de una soleada jornada dominguera.

Pero detrás había una verdad incorruptible: la playa es de todos, no de quien la lotiza en su beneficio. Los restaurantes, además, arrastraban problemas de salubridad y una precaria  situación legal que había originado otros intentos de desalojo en los últimos años.

Hace un par de días, la Municipalidad de Punta Hermosa volvió a la carga. Organizó con la policía un desalojo que, por su despliegue –unos 300 efectivos, agentes a caballo, un helicóptero y un grupo de personas que tenían la apariencia de matones– despertó múltiples suspicacias.

La intervención resultó exitosa y sin violencia. Ante las versiones de que había sido financiada por urbanizadoras deseosas de apoderarse de tan preciados terrenos, el alcalde insistió en que su objetivo era la recuperación de la playa.

En un país donde la institucionalidad tiene el mismo valor que la tesis de doctorado del señor Acuña, la desconfianza en la autoridad es natural. Sin embargo, hasta el momento no hay evidencia de que el alcalde haya mentido.

Fuera de ello, la recuperación de El Silencio es una demostración de que, a pesar de todo, las leyes pueden funcionar en el país. Quien vaya a la playa este fin de semana, seguramente va a extrañar sus choritos a la chalaca y las cervecitas heladas que le ayudaban a matar la sed ante el inclemente sol. Pero en nombre de la comodidad o la costumbre, no se pueden consagrar situaciones que quebrantan la ley.

Ojalá la comuna no se limite a limpiar el terreno y provea de más servicios a los veraneantes, incluidos restaurantes –quién sabe con la participación de los antiguos posesionarios– bajo un ordenamiento que sea cumplido sin distinciones.
Respetar la ley vale más que un cebichito bajo una sombrilla. No lo olvidemos.

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