“El renacido” y el periodismo local, por Pedro Ortiz Bisso
“El renacido” y el periodismo local, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

Si hay algo que caracteriza a “Spotlight”, la muy recomendable película de Tom McCarthy sobre los abusos contra menores cometidos por la Iglesia Católica en Boston, es su falta de estridencia.

La trama se desarrolla sin golpes de efecto, el público no recibe mazazos en busca de llamar su atención. Tampoco hay artilugios estilísticos. La cámara acompaña –casi atestigua, diría– el trabajo de los periodistas del “Boston Globe”, que en el camino de alcanzar la verdad deben enfrentarse a una sociedad tradicional, el poder de la Iglesia, el enmarañado sistema legal bostoniano, la desconfianza de las víctimas y sus propios errores.

Distinto es lo que sucede con “El renacido”, otro de los recientes estrenos en cartelera, donde como bien apunta en su crítica Rodrigo Bedoya, abundan los fuegos de artificio en función de convocar el interés de la audiencia.

Pareciera que el mexicano González Iñárritu nos exigiera en cada encuadre que reconozcamos lo buen director que cree ser, su genialidad para coreografiar brutales escenas de acción en medio de la nieve y hacer gruñir de dolor al pobre Leonardo DiCaprio. “Apláudanme, denme el Óscar”, pareciera gritarnos a lo largo del metraje de una historia, francamente, poco consistente.

Algo de esto vemos en nuestro periodismo de hoy. La estridencia se ha convertido en un valor que crece en función de los decibeles que alcanza. Y si en ese afán desmedido por estar en la cresta de la ola, se necesita hacer de la verdad un chicle o protagonizar alguna emboscada mediática, como diría Humberto Martínez Morosini, aquí no pasa nada.

El pretexto de los autores de estos estropicios es que no son periodistas, sino “comunicadores”, como si esa denominación fuera un salvoconducto para ametrallar de infundios al enemigo de ocasión.

De esta danza también son partícipes algunos recién llegados al periodismo, para quienes importa más cuánto –y cómo– se grita algo. ¿Qué? Eso es lo que menos interesa.

Y, cómo no reconocerlo, muchos periodistas que, en nombre del inmediatismo que imponen las nuevas tecnologías y la atención de sus ‘followers’, vulneran reglas básicas del oficio –¿recuerdan lo que era ponerse en los zapatos del otro?– a la velocidad de un retuit.

Tras la reciente entrevista a Verónika Mendoza en el programa “Sin medias tintas”, la periodista Esther Vargas, maestra de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, posteó algunas interesantes reflexiones. De ellas me permito recoger dos:

1.“El periodista que pretende parecer implacable casi siempre acaba pareciendo un payaso”; 2. “El periodista que inicia el diálogo con el único propósito de aplastar resulta aplastado por su necedad”.

Y remató: “Si le bajamos al ego, y hacemos periodismo, posiblemente el candidato o la candidata tendría la tarea menos fácil”.

Respeto, menos ego, culto a la verdad. Nada más que eso.

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