"Réquiem por La Herradura", por Pedro Ortiz Bisso
"Réquiem por La Herradura", por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

La hora Inca Kola marcaba los fines de semana playeros. La voz monocorde del locutor sacaba de la modorra a los veraneantes que dejaban freír sus cuerpos sin prisa. En los años setenta nadie hablaba de la capa de ozono, el cambio climático o el cáncer de piel. El sueño limeño del bronceado perfecto se conseguía embadurnándose el cuerpo de Coppertone o echándose un poco de Coca-Cola.

Como muy pocos se aventuraban a ir más allá de Pucusana (Asia era solo un precario grifo perdido al pie de la Panamericana), el epicentro clasemediero en el verano era . Era una playa hermosa de arena gris, en la que se podía dormitar tranquilo, ojear un libro o matar el calor con un Bogli o un Buen Humor. Era un lugar cercano, seguro y limpio, al que solo daban ganas de volver.

Con varios de esos recuerdos, volví a La Herradura hace unos días. No esperé encontrar la playa de mi niñez convertida en una zona de desastre.

A estas alturas, hablar del olón de la señora Villarán no viene al caso. Mucho menos de que el inicio del fin se gestara en la alcaldía chorrillana, durante la gestión del desaparecido Pablo Gutiérrez. Lo que no tiene nombre es que a cinco años de que la marea se llevara la arena que donara la brasileña Odebrecht (ojalá algún día conozcamos las razones de tanta gentileza), La Herradura sigue muriendo. Se la ha dejado a merced de la naturaleza que, como bien sabemos, no perdona la estupidez humana.

La bella Herradura del pasado es hoy una pequeña franja de arena sobre la que se multiplican montículos de piedras. Las sombrillas de alquiler le dan cierto color al lúgubre paisaje, el cual no hay manera de recorrer sin toparse con alguna roca o una botella de plástico vacía.

El malecón que con tanta pompa se inaugurara en diciembre del 2011 hoy se deshace víctima de la erosión. El mar ha creado peligrosos forados en su base y profundas grietas han quebrado los accesos de piedra, sacándolos de sus cimientos. La madera desconchabada se muestra a flor, y sacos de arena colocados con apuro fungen de escalinatas de emergencia.

Duele verla abandonada. La Municipalidad de Chorrillos ha instalado un puesto de seguridad y en un poste ha colgado un cartelón en el que pide a los usuarios que se comporten civilizadamente. La zona de restaurantes, los estacionamientos y la vereda del malecón lucen cuidados. La playa, en cambio, se asemeja a un campo de guerra. ¿Es Chorrillos, Lima o la Autoridad Autónoma de la Costa Verde la responsable?

Que haya tres entidades supuestamente a cargo es la raíz de esta tragedia. Todos y nadie son responsables a la vez, por eso nadie hace algo y La Herradura agoniza sin posibilidad de tener siquiera un respirador artificial.

Pasan los años, cambian las autoridades, y la salud de la desidia limeña se mantiene inquebrantable. No solo pasa en La Herradura. Una vuelta por la ciudad basta para comprobarlo.

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