“Sangre de policías, sangre de héroes”, por Pedro Ortiz Bisso
“Sangre de policías, sangre de héroes”, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

Para los millennials, quienes andamos por la base cuatro somos una generación extraña. Jugábamos pelota en la pista, teníamos televisores con perilla, en el desayuno bebíamos un polvo diluido en agua llamado leche ENCI y leíamos diarios de papel.

Les parece surreal que hayamos visto a la selección de fútbol en un Mundial o usemos frases que ni el Paulo Coelho más optimista se atrevería a proferir (“No nos ganan”, “Perú campeón”). El mundo ha cambiado demasiado. Somos de una época en la que, para horror de los suspicaces de hoy, aún se miraba con admiración al policía y darle la mano era como tocar a un superhéroe.

Con los años esta apreciación varió. Los policías se convirtieron en los de verde que perseguían a palazos a los sutepistas en huelga, lanzaban bombas lacrimógenas contra los universitarios o eran enviados como carne de cañón a la zona de emergencia en los años más duros del terrorismo.

Eran los que se enfrentaban a balazos con ‘Django’, el ‘Cojo Mame’ y el ‘Loco’ Perochena, pero también quienes caían en la tentación de la coca que traficaban ‘Mosca Loca’ o los hermanos Rodríguez López.

Después, se convirtieron en solicitantes callejeros de colaboraciones monetarias. Entiéndanlo, lo suyo no era corrupción, sino un servicio que ofrecían a los conductores que por alguna distracción habían cometido una infracción de tránsito. Por una módica suma o la compra de una rifita, le ahorraban al chofer el trajín –y el gasto– de enfrentar los costos de pagar una onerosa papeleta.

La situación siguió empeorando. Aparecieron los traficantes de armas o que se hicieron asaltantes. Y quienes se negaban a caer en el lado oscuro usaban su tiempo libre para convertirse en guachimanes de pollerías o colegios a fin de llevar un dinero extra a sus empobrecidas familias.

Hoy un policía despierta la misma confianza que un billete de cuatro soles. La corrupción ha fagocitado la institución policial.

A pesar de todo, aún existen efectivos que mantienen incólume su honor, que tienen marcado a fuego el concepto del deber. Por eso el inmenso dolor que han causado las muertes de los suboficiales Gustavo Romero Zevallos y Yoeen Sánchez Anaya, este último condecorado varias veces por acciones distinguidas, abatidos al intentar detener a dos delincuentes.

Con ellos son cuatro los efectivos caídos en lo que va del año en una guerra que, pese a las ridículas explicaciones oficiales, la delincuencia va ganando con claridad.

Por estos días, cuando al presidente se le pide un recuento de su gobierno, suele engolosinarse con diversas cifras. De las que nunca habla son de las referidas a la inseguridad ciudadana, esa que dijo que iba a combatir desde su primer día de gobierno.

El miedo que nos invade cuando salimos a la calle y la sangre de los policías muertos o del cambista atacado ayer en San Isidro sirven para recordarle con elocuencia la inmensidad de su fracaso.

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