Rodrigo Cruz

No hay un lugar en el país, en estos días de aislamiento y distanciamiento social, que esté viviendo el avance del coronavirus como el edificio Santa Ana en Miraflores. La noche del último jueves, antes de que comenzara el segundo día de toque de queda, los vecinos de este inmueble, ubicado en la esquina de la Av. Malecón Armendáriz con la calle Los Carolinos, se enteraron de que uno de ellos, con quien ocasionalmente se saludaban en la portería o el ascensor, falleció solo, en su departamento, a causa de esta enfermedad y a la espera de que las autoridades sanitarias confirmaran su diagnóstico.

Parecía increíble. La enfermedad que está cobrando miles de vidas en el mundo había hecho lo mismo con su vecino del piso seis Eduardo Ruiz García. Algunos decidieron confrontar la noticia prendiendo el televisor: en la pantalla, el médico Benjamín Lino, amigo de Eduardo, estaba en el frontis del Santa Ana diciendo a los periodistas que tuvo que pedir apoyo a la policía para romper la puerta del departamento del sociólogo y constatar la razón por la que no contestaba sus llamadas. Añadió que su amigo aproximadamente llevaba seis horas de fallecido.

¿Cómo mantener la calma bajo estas circunstancias? Parecía una pregunta difícil de responder para los más de 230 vecinos del edificio miraflorino esa noche del 19 de marzo. La respuesta, sin embargo, llegó después a través de un mensaje de WhatsApp.

Daniel Abregú, vicepresidente de la junta de propietarios, pensó que sería imposible contactar de manera directa a los residentes. Entonces, creó un grupo en esta red de mensajería con los datos que tenía a la mano. Le puso de nombre “Vecinos Santa Ana” y empezó a añadir cada uno de los teléfonos con los que contaba.

“El propósito inicial era aclarar las miles de dudas que había y tener un comportamiento homogéneo. Era necesario tener una comunicación entre todos”, cuenta Abregú.

La mayoría no se conocía más allá de un saludo rutinario en los espacios comunes. Una de las primeras acciones fue tomarse selfies y presentarse. Luego se establecieron pautas. La primera fue cumplir estricto aislamiento debido a que no sabían si uno de ellos podía haber contraído el virus. Después, velar por la salud del portero Ismael Orué Vásquez.

Este señor de casi 80 años trabaja en el Santa Ana desde 1963. Y según dice a El Comercio el viernes 13 por la tarde ayudó a Eduardo Ruiz, el vecino que falleció, a entrar con sus maletas al edificio pues este último regresaba de España.

“Nos saludamos. Me preguntó cómo estaba. Lo vi normal. Llevaba una maleta y una mochila”, nos comenta el portero, quien desde el lunes no ha ido a trabajar en cumplimiento del estado de emergencia y está en su casa en Villa María del Triunfo con su familia.

El trabajador indica que se enteró del fallecimiento viendo la televisión con su esposa, hija y nieto. Y que fueron los vecinos los que se comunicaron con él para saber cómo estaba. Cuando llamó al 113 nadie le contestaba. Fueron los del Santa Ana quienes insistieron al Ministerio de Salud (Minsa) que le hicieran el despistaje.

“Dios quiera que no me pase nada”, dice Orué. Al cierre de esta edición, aún no le habían hecho los exámenes.

En Santa Ana se vive una suerte de autogobierno ante el desamparo que sienten de las autoridades. Nadie les ha dicho qué protocolo seguir ante lo sucedido. Son ellos mismos los que se han organizado: han fijado horarios para botar la basura, la limpieza, tratar de abastecerse y en especial para cuidar a los mayores.

“¿A quién le falta lejía?”, “¿Quién tiene paracetamol?,” “Encontré esta bodega que nos puede atender”. Son algunos de los mensajes que se comparten en el chat.

“Todos están apoyando y, como tenemos mucha gente mayor aquí, se les llama por teléfono y se les pregunta qué es lo que les falta. Lo que hacemos es una respuesta automática de supervivencia”, dice Javier Ponce, uno de los vecinos, en conversación telefónica.

El periodista y biólogo Bernardo Roca Rey, quien vive en el piso 16, el último del edificio, dice que lo que está sucediendo en el Santa Ana es lo que seguramente pasará en otros lugares a medida que avance la pandemia. Pero que puede servir de ejemplo, pues, en lugar del caos y zozobra, lo que se ha acentuado allí en estos días es la solidaridad.

“Ha sido una dosis de realidad a borbotones”, nos dice Roca Rey.


Algunos vecinos dicen que hoy el Santa Ana debe ser edificio más limpio de Lima: el viernes el Minsa desinfectó el departamento del vecino fallecido y el piso donde vivía. Al día siguiente una empresa privada, contratada por los propietarios, hizo lo mismo en todas las áreas comunes del inmueble. Sin embargo, esto no ha ayudado para que la comunidad sienta un especie de discriminación.

Sucede que los establecimientos que llaman para conseguir alimentos, gas, objetos de limpieza o medicinas, los ignoran luego que dan la dirección del edificio.

El segundo problema que tienen son las pruebas que no llegan: el Minsa realizó la semana pasada exámenes a algunos vecinos (este lunes fueron a revisar a un vecino más) de coronavirus pero los resultados, nos dicen, aún no han sido entregados pese a que le dijeron que el plazo era de 48 horas.

“Los resultados serán nuestro salvoconducto para poder salir. Hasta entonces, somos los leprosos de miraflores”, dice Ponce.

El veterinario Pancho Cavero, vecino del piso 8, aconseja que se haga al menos una prueba a uno de las 70 familias que viven en el edificio. La razón: medir el nivel de contagio de este virus y así tomar precauciones en el caso algo similar suceda en un lugar con menores recursos económicos.

Al margen de eso, Cavero resalta la hermandad que allí se vive. “Me siento orgulloso de estar en la familia Santa Ana y estoy seguro que vamos a superar esto”, nos dice. “Nuestro vecino murió como un héroe. Se encerró por no querer contagiar a los demás. Y acá nosotros tenemos que seguir con esa línea”.

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