Juan Guillermo Lara

Desde las primeras horas del 1 de noviembre, cientos de vendedores ambulantes instalaron mesas y sillas en las veredas de la calle San Pedro, el principal acceso al cementerio Nueva Esperanza (también conocido como Virgen de Lourdes), en Villa María del Triunfo.

“Este día es especial porque llega mucha gente y se queda todo el día acá. Ellos no solo vienen a visitar sino que almuerzan y hasta cenan acá”, asegura Jorge Loayza, quien ofrecía al público platos de chancho al cilindro.

Solo para cruzar las dos cuadras de la calle San Pedro puede tomarnos unos 10 minutos debido a la cantidad de personas que se dirige hacía allá y los vendedores de flores, velas, comida y cerveza.

Juan Canchis, natural de Cusco, viene a visitar al tercero de sus hijos, quien falleció a causa de un accidente de tránsito. “Vengo a limpiar, hablar y tomarme una cerveza con él”, dice el padre sentado sobre la tumba de su hijo.

Unos metros más allá, Bernardo Quispe contrató una orquesta para que toque las canciones preferidas de Julia, su madre. Él llegó junto a su esposa y sus hijos desde Chorrillos.

Estas escenas se repiten en todo el cementerio Nueva Esperanza, que, con aproximadamente 60 hectáreas, es considerado el camposanto más grande de Latinoamérica y el segundo en todo el mundo por detrás del Wadi-us-Salaam de Iraq.

Los visitantes caminan entre los vendedores ambulantes y los mototaxis que avanzan por las colinas del camposanto.

Se estima que cada año más de un millón de personas acuden a visitar a sus difuntos. Sin embargo, no todo es tristeza, ya que también hay momentos para recordar los mejores momentos que pasaron junto a sus seres queridos.