Transporte público: una misión imposible, por Pedro Ortiz Bisso
Transporte público: una misión imposible, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

Ni Tom Cruise cogido con las uñas del fuselaje de un avión o la violenta persecución por las calles de Rabat. El momento más impresionante de la última entrega de “Misión imposible” es cuando Benji, uno de los compinches de Ethan Hunt, se dirige a la ópera de Viena, vestido en un impecable esmoquin, en el metro de la ciudad.

Para quien está acostumbrado a movilizarse con la misma comodidad de una sardina en un Orión, el Metropolitano o el tren eléctrico, entre empujones y codazos, viajar en traje de gala en transporte público –y sobrevivir en el intento– es purita ciencia ficción.

Si bien el personaje que interpreta el británico Simon Pegg tiene mucho de caricaturesco, la escena no es irreal. Pese a que todos los sistemas de transporte público del mundo tienen su insufrible ‘rush hour’, eso no inhibe a que muchos de sus pasajeros los usen para dirigirse a actividades sociales, vistiendo sus mejores galas y –¡horror!– dejando el auto en casa.

¿Dejar el auto en casa? ¿A qué loco se le ocurre eso? Pues a millones de personas en distintas partes del mundo. Lo hacen porque donde viven existe un sistema de transporte público que no está organizado en favor del chofer del bus, el concesionario de la ruta o el dueño del vehículo, sino del eslabón más importante de la cadena: el pasajero.

Puede ser un metro, un bus o hasta un teleférico. Quien importa es el usuario y es en función de sus necesidades que se organiza el sistema. El cumplimiento de su ruta no depende del humor de su conductor o del número de personas que traslada. Por eso el pasajero confía. No se siente parte de un viaje impredecible, en el cual hasta su vida puede correr peligro. Sabe a qué hora pasará el vehículo que lo llevará a su destino, qué calles atravesará, a qué velocidad irá. Y si surge un problema, sabe también que su reclamo será escuchado y que quien incumplió su compromiso de brindarle un servicio de calidad será sancionado. 

¿Demasiado surrealista? Basta con mirar otras realidades, algunas no tan lejanas como la de Medellín y su metro impecable, orgullo de sus ciudadanos.

¿Y en Lima, para cuándo, joven? Un pequeño ejemplo para saber cómo vamos: en marzo debieron salir de la avenida Javier Prado unos 6 mil vehículos pertenecientes a 38 rutas que utilizan ese corredor. Solo a partir de ello, el consorcio que tiene la concesión de la ruta puede aumentar el número de buses azules. Van a ser cinco meses y nada.

Ayer, en uno de sus escasos contactos con la prensa, se le preguntó al alcalde de Lima cuándo se concretaría la salida de estas unidades. Su respuesta dice mucho de cómo estamos: “Las fechas se dan de acuerdo a la realidad. La realidad siempre es más rica que la misma novela. Esos problemas se van a ir resolviendo en el camino”.
Por eso cualquier sistema de transporte público civilizado en Lima nos parece pura ciencia ficción.