ENRIQUE PLANAS

Claudia Ulloa Donoso (Lima, 1979) lleva viviendo en Noruega más de siete años. Allá trabaja como profesora de español, pero este semestre se ha dedicado a enseñar noruego entre inmigrantes pobres. Además de leer y escribir, debe incluso enseñarles cómo vestirse para no morir de frío, a evitar el nailon y calentarse con prendas de lana en contacto con la piel.

Con solo 18 años, la escritora obtuvo el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras de Caretas. Poco después partió. Sufrió en Madrid la vida del inmigrante. Luego partió a Dinamarca donde conoció a quien sería su esposo. Mientras tanto, preparaba El Pez que aprendió a caminar, su primer libro de cuentos. Tiempo después, él murió en un accidente. Desde entonces, vive sola. Y con mucho que contar. Prueba de ello es su libro El Pez que aprendió a caminar, uno de los manojos de cuentos más personales de nuestra más joven hornada de escritores.

El tuyo no es el clásico libro de cuentos. Parece más bien el relato íntimo de quien los escribe. ¿Cómo fue el proceso de creación de “El Pez que aprendió a caminar? No hubo un plan. Yo tenía varios cuentos escritos publicados en Internet. Luego escribí nuevos mientras me mudaba de Lima a Madrid y de Madrid a Dinamarca. El libro lo publiqué por primera vez en el 2006.

A tu generación literaria le faltaba una chica rara [Ríe] No es algo premeditado. He escuchado antes lo que me dices, pero no veo que lo que escribo sea raro. Quizás lo dicen porque es tan propio.

Con raro me refiero a la mirada del narrador, al foco donde pone la atención Mi mayor urgencia es escribir, aunque no publique. Tengo un blog, trato de llevar un diario. La escritura siempre ha sido una parte de mí. Más bien la pregunta era por qué publicar. Siento que publicar es como enmicar el pasado, una forma de conservarlo.

A propósito de diarios, ¿Cuánto de tu propia intimidad hay en tus cuentos? Hay mucho de mí misma en todo lo que he escrito. Me es muy difícil crear algo ajeno a mi experiencia. Todo sale de la forma en que yo experimento la realidad.

Vives hace años en Noruega. ¿Qué te aporta la distancia y el tan distinto entorno nórdico al escribir? Lo que me da Noruega es perspectiva. Hay cuentos escritos allí que para algunos parecen nacidos en ambientes asépticos, estériles. Tiene que ver con la tranquilidad y el silencio propio de Bodø, la provincia del norte donde vivo. Allá, la mitad del año es de día. Eso influye.

Mira la entrevista completa en la edición impresa de El Comercio (Luces C2).