A la izquierda, autorretrato de Reynaldo Luza. A la derecha, una de sus múltiples creaciones. (Fuente: Reynaldo Luza. Pintura y diseño)
A la izquierda, autorretrato de Reynaldo Luza. A la derecha, una de sus múltiples creaciones. (Fuente: Reynaldo Luza. Pintura y diseño)
Czar Gutiérrez

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Vestida de plumas, brocados, pieles, corsés y lentejuelas, la ciudad entera era una pasarela. Impresionistas, cubistas y fauvistas revolucionaban la pintura. Los arquitectos pulían su ‘art nouveau’. Los escritores modernizaban sus formas. Los costureros se empeñaban en vestirla de terciopelo. Entonces se decía que un hombre no vive en París: posee París. Y que en medio de semejante alfombra de reflejos, respirando ese aire infestado de fragancias, París era la única ciudad del mundo donde morir de hambre debería considerarse una obra de arte. Por todo aquello Hemingway escribiría unos años después: “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, París te acompañará vayas donde vayas el resto de tu vida”.

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Así, con el sello de aquella ciudad en sus entrañas, el dibujante peruano Reynaldo Luza (Barrios Altos, 1893) llegó al Callao en un vapor que lo devolvía a su país. Era 1914, había ido a estudiar en la universidad belga de Lovaina y regresaba temporalmente a Lima, páramo azotado por conflictos intestinos y caudillismos trasnochados. Es decir, aquí todo estaba en las antípodas del glamour que emanaba la Cité de la Lumière. Lo cual, en términos prácticos, lo conduciría a ese pedacito de Belle Époque ubicado en el Jirón de la Unión, el Palais Concert, que en esos años no solo era patrimonio de Valdelomar, pese a ese famoso apotegma en cuya base el Perú era el jirón de la Unión y el jirón de la Unión…

Fuente: Reynaldo Luza.
Fuente: Reynaldo Luza.
Fuente: Reynaldo Luza.
Fuente: Reynaldo Luza.

Porque esos años eran de Los Colónida, escudería de tonalidad avant-garde integrada por José Carlos Mariátegui, José María Eguren, César Moro, Pablo Abril de Vivero, Alfredo González Prada, Federico More, Percy Gibson y Alberto Ulloa Sotomayor. Lo más probable es que Luza, inmerso en un mar de valses y callejones somnolientos, extrañara las luces de París. Las elegantes formas de sus habitantes, su delicado vestir. No se sabe si fue exactamente un premio consuelo, pero sí que el recién llegado aceptó diseñar la carátula del primer poemario conjunto, “Las voces múltiples”, famoso por contener un poema dulce, tierno, profundo e infestado de dolor: “Tristitia” de Valdelomar.

Esteta y trotamundos

Ávido de ciudad luz, en 1918 Luza decide abandonar a los ‘niños góticos’ del jirón de la Unión. No solo regresa a París —esa urbe vertiginosa donde los diseñadores gráficos habían elevado el grabado hasta la cúpula de las bellas artes—, sino que en plena Primera Guerra Mundial cruzará el Atlántico, infestado de submarinos alemanes, para desembarcar en Nueva York. Esa ciudad  era la segunda mitad de sus sueños. Así, caminarán por la quinta avenida él y su lápiz contemplando la majestuosidad de una metrópoli no menos glamorosa. Consiguió su primer trabajo en The New York Times, pero las publicaciones que realmente admiraba eran Vogue y Harper’s Bazaar, baluartes universales de la moda.

Y no paró hasta publicar en ambas: su primer trabajo fue un arte publicitario para una casa de modas ubicada en la Quinta Avenida, que salió en Vogue. Sería Heyworth Campbell, también director artístico de Vanity Fair, quien le abriría definitivamente las puertas de Vogue, cuyas portadas estaban firmadas por artistas entonces inalcanzables como Helen Dryden y George Plank. Ese sería el disparador para que el peruano se convierta no solo en un notable dibujante sino que conozca personalmente a ilustres de la alta costura como Madeleine Vionnet, Coco Chanel, Cristóbal Balenciaga y Elsa Schiaparelli.

Por su trazo revolucionario, rigor estético y sofisticado estilo, los dibujos de Luza pendularían entre París y Nueva York, emporios de una elegancia que marchaba en paralelo con su no menos sofisticada alternancia social. Prueba de ello será la serie de diez retratos que sus sucesores acaban de donar al Museo del Grabado del ICPNA. Ahí aparecen, por ejemplo, la condesa peruana María Luisa Canevaro y la socialité china Hui lan Oei posando en la casa que el artista tenía en la bahía de Formentor. Su “Dama de Chicago” brillaría en la feria internacional de arte de Nueva York (1937).  Así, cada grabado termina siendo el viaje exploratorio de un esteta extremando las posibilidades de la vanguardia. Dueño de una paleta de tonos fríos que es capaz de trazar las delicadas formas del retrato a través de la abstracción y la geometría.

Fuente: Reynaldo Luza.
Fuente: Reynaldo Luza.
Fuente: Reynaldo Luza.
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