Charles Chaplin: El nombre de la risa
Charles Chaplin: El nombre de la risa
Redacción EC

RODRIGO BEDOYA FORNO

Hace 100 años, un personaje relumbró en el cine. Más que iluminarlo: lo transformó, le dio un nuevo brillo. Hace un siglo apareció Charlot en pantalla, y el cine, un arte joven, nunca fue el mismo. Por eso, la Filmoteca de la Universidad Católica comienza su programación de julio con un ciclo que recuerda al genial , uno de los artistas creadores indispensables para entender la historia del cine.

Desde niño, Chaplin comenzó a actuar. Una infancia pobrísima en Londres, con un padre ausente y una madre que tuvo que ser internada en un hospital mental, obligaron al joven a buscarse la vida como sea a principios del siglo XX. Y lo hizo como actor de teatro y comediante, algo en lo que siempre destacó. Por eso, fue contratado por el grupo de teatro de Fred Karno (respetado empresario teatral de la época), lo que lo llevó a EE.UU. Ahí, fue reclutado por el estudio Keystone, uno de los primeros en fundar la gran industria que hoy es Hollywood. ¿La primera cinta que hizo? Pues “Making a Living”, un cortometraje estrenado en febrero de 1914, y en donde Chaplin ya muestra alguno de los rasgos más conocidos de su imagen: el sobrero bombín, el bastón de bambú, el bigote recortado y ese aspecto más bien descuidado que hizo que se conociera rápidamente como El Vagabundo, ‘The Trump’.

UNA MAYOR INDEPENDENCIA
Tras trabajar varios años con diversos estudios, Chaplin se unió con Douglas Fairbanks, Mary Pickford y David W. Griffith para crear United Artists, una empresa que les permitiría tener total control creativo sobre sus trabajos. Fue así que comenzó una de las rachas más interesantes de la historia del cine: el buen Charlie decidió ponerse detrás de las cámaras y realizar algunas de las cintas más apasionantes.

Pocos cineastas han tenido la capacidad, las risas y las lágrimas como lo hace Chaplin en “El Pibe” (1924), su primera cinta, en donde vemos a El Vagabundo ocuparse de un niño abandonado. La sensibilidad del realizador/actor para la comedia, pero con un fuerte toque social, es única. Lo mismo se puede ver en “La quimera del oro” (1925), donde se divierte de una situación puntual de la historia americana como la fiebre de oro en California a finales del siglo XIX.

Su pasión por la comedia también puede ser vista en “El circo” (1928), donde demuestra su enorme dominio del ‘timing’ para la comedia física. Y el lado político se mostró en toda su dimensión en “Tiempos modernos” (1936), en la que se burlaba sin ningún rubor de ciertos elementos de la sociedad industrializada. Todas las cintas mencionadas, de más está decirlo, son obras maestras.

LA LIBERTAD DEL ARTE
En los años 30, el cine migraba radicalmente al sonoro. Pero Chaplin, un rebelde, decidió mantenerse en el silente. Y fue así que salió “Luces de la ciudad” (1931), uno de los más hermosos melodramas de la historia del cine. Pero accedió al sonido a principios de los años 40 con “El gran dictador” (1940), donde se ríe del dictador nazi y proclama su antifascismo.

Pero justamente ese espíritu cáustico, social y crítico le trajo problemas a Chaplin. Y el FBI le puso el ojo encima, acusándolo de comunista. A eso, hay que sumarle una serie de escándalos personales que mellaron mucho su imagen.

¿Cómo respondió Chaplin? Pues haciendo “Monsieur Verdoux” (1947), cinta basada en la vida del asesino en serie francés Henri Désiré Landru. El filme es una comedia refinada, pero también un grito anticapitalista que le valió su expulsión de EE.UU. a principios de los años 50. Por eso, decidió residir en Suiza, donde dirigió “Un rey en Nueva York” y “La condesa de Hong Kong”.

Así fue la carrera de Chaplin, quizá el nombre más importante de la historia del cine. Un nombre que la Filmoteca PUCP nos permite valorar en toda su dimensión.