María Félix en su centenario: estrella del amor y del odio
María Félix en su centenario: estrella del amor y del odio
Redacción EC

FERNANDO VIVAS

Un venezolano, , le puso el apodo sin querer: Doña Bárbara. Para simplificar, la Doña. Sus compatriotas mexicanos se encargaron de todo lo demás, de aparearla con los galanes más digeribles (porque se los devoraba a todos), de iluminarla por los mejores fotógrafos (notablemente, Gabriel Figueroa y Alex Phillips), de hacerle serenata con música de Lara (acuérdate de / de aquella noche/ María bonita, María del alma), de ceder a sus caprichos y de convocar a los rituales para rendirle culto, o sea hacerle películas.

fue estrella turbadora desde su debut en “El peñón de las ánimas” (1943), hasta hoy, 8 de abril, que cumpliría un siglo. Su muerte en el 2002, también un 8 de abril, no cambió para nada los motivos esenciales de su culto. Adoramos en ella su belleza que parece de otro mundo, pero eso es obvio no más verla, y varias de sus 47 películas están consagradas a lucirla de palmo a palmo. Por ejemplo, “La diosa arrodillada” (1947), donde deglute a Arturo de Córdova, es un portafolio de sus poses más sensuales, y Phillips la ilumina junto a una réplica suya en mármol, para que sintamos la diferencia entre lo frío y lo caliente, entre lo sagrado y lo profano. Y esto no es un juego retórico. Carlos Fuentes hacía la topografía de su rostro cuando escribió “Zona sagrada”. Cuando María arquea una sola ceja, o levanta el mentón bajo el sombrero para que le caiga un chorro de luz en ‘close up’, o dilata las pupilas mientras el Trío Calaveras le canta ‘qué bonitos ojos tienes/ debajo de esas dos cejas’ en “Enamorada” (1946), el fan sublima.

Eso es el culto, pero ¿qué dice la teoría?, ¿por qué nos turbaba y nos sigue turbando? Porque era una mujer tan seductora que adquiría el poder de los hombres. Y del amor que sus encantos despertaban al odio que sus embrujos provocaban había un paso. Toda su carrera calza en un concepto shakespeariano: ‘la doma de la fierecilla’. Jorge Negrete colisionó con ella en ‘El peñón’ y tardó una década en darse cuenta de que podía conquistarla por la buena, casándola.

Fue apenas en su tercera película, la Bárbara adaptada de Gallegos, violada por un gang bang de pescadores lascivos, que tuvo un motivo para odiar a los hombres en la sabana y hacerles brujería en la casa hacienda. En su mejor escena, mientras pone una foto de su enemigo patas arriba y voltea dos efigies sagradas, reza este conjuro: “De cabeza tu orgullo y los santos de espaldas, para que no te llegue su gracia”. ¡Divina bruja! Luego, en melodramas del Distrito Federal, más sofisticada, espulgaba a sus víctimas antes de devorarlas. A esa rutina de vamp se dedicó en varios títulos, y claro, como el crimen de hembra no paga en el patriarcado, sucumbía en el último rollo y la prensa lesbofóbica le hacía fama de lesbiana.

Hasta que el Indio Fernández, como todo macho en celo, se rindió a sus pies, pero como macho celoso, que no es lo mismo, se irguió para ajustarle cuentas. Por eso, en “Enamorada”, después de la doma en manos del general villista Pedro Armendáriz, la reduce a soldadera, caminando detrás del caballo de su macho. El Indio la bajó del animal que ella, machísima, montó en “Doña Bárbara”. Lo que ganó María de su encuentro con Fernández es que le dio un relente nacionalista, preciso para ser pintada por Diego Rivera. Por eso despreció a Hollywood y cuando le provocó cambiar de vientos se fue a Europa. En Francia se enroló en el “French can can” (1954) de Jean Renoir.

A sus 100 años, la Doña muerta está más viva que otras jovencillas laboriosas, porque su bronca con el patriarcado latino, su resistencia a ser domada, es tan vigente que sigue sacando chispas. María es una estrella trans, en un sentido metafísico, por encima del sexo y por debajo de las obviedades de la dramaturgia mexicana; una estrella que, arqueando una sola ceja, nos perturba y nos domina.

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