Campesinos de Andahuaylas retratados por Wiström en 1974.
Campesinos de Andahuaylas retratados por Wiström en 1974.
Czar Gutiérrez

"Mirar sin miedo y sin prejuicios la cara del otro es como vernos en el espejo": la frase, convenientemente dispuesta a la entrada del recinto, funciona como una declaración de principios, como un axioma y también como una sentencia, breve y doctrinal. Porque lo que viene, esas imágenes congeladas en un tiempo que el artista vestía de blanco y negro, son como los tejidos blandos de la cara, sometidos a la acción de la musculatura ósea. A nuestra apariencia facial y elemento consustancial de nuestra identidad como nación.

"El origen de las cuatro películas que he filmado son estos rostros y estas fotos", dice Mikael Wiström, cineasta nacido en Suecia hace 69 años, cuarenta y cinco de ellos dedicados a retratar peruanos. "Cada vez que iniciaba el trabajo de investigación para filmar, miraba esas fotos tomadas a mediados de los años setenta y descubría un valor más profundo. Y mientras lo digitalizaba sentí la hondura espiritual de la experiencia. Era como escuchar una canción que te recuerda momentos importantes. Ahí se consolidó la colección. Y es mi homenaje a la experiencia peruana que tanto ha significado para mí".

Wiström también se preocupó por documentar la migración del campo a la ciudad.
Wiström también se preocupó por documentar la migración del campo a la ciudad.

—Fértiles tierras—
Mats Mikael Wiström, oriundo de Estocolmo, era un joven estudiante universitario de Antropología Social e Historia cuyas inquietudes artísticas derivaron hacia las artes dramáticas y el cine. Los setenta eran años de Guerra Fría y Vietnam. De populismos latinoamericanos –peronismo argentino, varguismo brasileño, rojaspinillismo colombiano— acrisolados por el aura mística de Allende, el exotismo de los barbudos cubanos y la persecución política de un tal Velasco Alvarado que el joven Wiström vería corporeizado en el aterrizaje masivo de refugiados peruanos en su país.

Sería precisamente un trotskista cusqueño, barbado y quechuahablante, quien le contaría las barbaridades que ocurrían en las serranías del Perú. Le contó, por ejemplo, de hacendados que marcaban con hierro candente las posaderas de los indígenas a su servicio. Acicateado por socialdemócratas suecos como Olof Palme, amigo de Fidel Castro y Nelson Mandela, pero sobre todo por la lectura del libro "Tierra o muerte", del refugiado político peruano Hugo Blanco, una mañana de 1974 Wiström se sentó en un Boeing rumbo al Jorge Chávez para el que sería el peregrinaje más enriquecedor de su vida: el sueco llegó a las localidades andahuaylinas de Tancayllo, Osccollo, Uripa y Umanmarca cuando las federaciones campesinas tomaban las tierras de las haciendas. Se internó en los irrespirables socavones de Cobrepampa, marchó con los mineros iqueños a Lima, testificó la ocupación de un arenal que luego sería llamado pueblo joven Mateo Pumacahua. Fotografió a sus protagonistas sobre caminos de herradura, por donde corren las vicuñas. Bajó a los territorios del cóndor y no paró hasta perpetuar su homenaje al Perú en cuatro películas entrañables.

—Melodía ancestral—
Así, su trilogía bicolor —"La otra orilla" (1991), "Compadre" (2004) y "Familia" (2010)— engarza perfectamente con "Tempestad en los Andes" (2014), cuya originalidad permanece invulnerable: la expresión dramática de sus actores no deriva de un guion sino de su propia vida. Bajo un sustrato hecho de mesianismos y mutilaciones simbólicas y reales, el hilo narrativo se tensa introspectivamente cuando toca la injusticia y las más violentas maneras de reivindicarla. Son películas-documentales hechas a la manera de Loach, Tarkovski o Andrea Arnold.

El director sueco también acompañó a los mineros de Ica en sus marchas a Lima.
El director sueco también acompañó a los mineros de Ica en sus marchas a Lima.

La fotografía de Wiström es igual: una etnografía hecha de fragmentos. Retazos de vida de hombres y mujeres errando cerca del cielo o sobre el arenal. Sin horizonte que se parezca a eso que llaman futuro. Serán, en cambio, dueños de una invaluable riqueza afectiva, cargada de sueños y esperanzas. Entonces "Canto para un pueblo" deviene en el título perfecto para un melodioso conjunto de imágenes que crecen desde el rostro de una nación labrada con el dolor, la música y la belleza de sus habitantes más vulnerables. Y en ese tránsito los redime. Y como se lee en otro de los carteles dispuestos en la sala: "Porque el drama del mundo es el drama de cada uno de nosotros".

MÁS INFORMACIÓN
Lugar
: Centro Cultural PUCP.
Dirección: Av. Camino Real 1075, San Isidro.
Fecha: del 10 al 25 de agosto.
Ingreso: libre.

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