"Travesuras del amor": esto pensamos de la película [Crítica]
"Travesuras del amor": esto pensamos de la película [Crítica]

Travesuras del amor” es el poco afortunado título en español que los distribuidores locales eligieron para la nueva película de Peter Bogdanovich. La cinta se llama “She’s Funny That Way” –puede traducirse como “Ella es divertida de esa manera”–, título que proviene seguramente de una poco conocida canción de Frank Sinatra. Pues bien, la mención a Sinatra no es vana en tanto que, entre otras cosas, este es un filme que se asume como un homenaje muy directo al Nueva York del pasado, al Hollywood de la era dorada y a las comedias románticas que fabricaron, en los años treinta y cuarenta, Howard Hawks, Ernst Lubitsch y Preston Sturges, entre otros.

La anécdota tiene como punto de partida a Arnold Albertson (Owen Wilson), director de una obra de teatro que se estrenará en Broadway. El punto de llegada, verdadera razón de ser de la película, es Isabella Patterson (Imogen Poots), una ‘call girl’ con quien Arnold tendrá más de un desencuentro futuro. Por supuesto que no entraremos en detalles en cuanto a la cadena de enredos que involucran a múltiples personajes secundarios: la esposa (Kathryn Hahn) de Arnold, el dramaturgo de la obra (Will Forte), los padres de Isabella (Cybill Shepherd y Richard Lewis) y una psiquiatra histérica (Jennifer Aniston) son solo algunos de ellos.

Más de un director alguna vez se ha referido a la comedia como el género más difícil. Aunque es un terreno que Bogdanovich ya había pisado antes –con títulos tan celebrados como “What’s Up Doc?” (1972)–, luego de más de cuatro décadas, el director de “The Last Picture Show” se enfrentaba a tiempos más cínicos y menos “románticos”: ¿era posible realmente revivir el espíritu de las comedias clásicas que tanto ama? ¿Era posible superar la cita, la repetición trivial de fórmulas y darle un alma o cierta hondura a una película cuya pretensión principal es hacer reír?

Pues la respuesta tendría que ver con hacer del filme la declaración de amor a una joven actriz. La elegida fue Imogen Poots. Ella es más que un centro sobre el que giran todos los demás personajes. De hecho, desde un inicio, la vemos siendo entrevistada por una periodista que pretende doblegarla con su interrogatorio. Todos los acontecimientos son así parte de este recuento de su vida. Volvemos siempre a esa cámara que ausculta la interioridad de la muchacha con determinación. Estamos así frente al hipnótico escrutamiento de Isabella. Su rostro es el único que, al parecer, se ha quitado esa ‘máscara’ con que Bogdanovich ha querido teñir de ligereza a los otros personajes –instalados exclusivamente en los predios del humor–, punto que ha pasado desapercibido para la mayoría de críticos, tan solo concentrados en la dinámica de azares y coincidencias inverosímiles de la trama.

No obstante, el interrogatorio perverso de la periodista tiene otro sentido también, ya que se explica por el tema de la prostitución, aunque de hecho el filme lo trate de forma desenfadada y para nada condenatoria o moralizadora. Esa es otra de las virtudes de “Travesuras del amor”: el encanto fresco y a la vez melancólico de Isabella recuerda a Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes” de Blake Edwards. En esa punzante crónica agridulce de una pareja de jóvenes que reciben ciertos favores “por buena compañía” en los días rápidos y glamorosos de Nueva York, está prefigurada la soledad de esta chica algo desorientada y que solo busca una oportunidad. 

Quizá el logro más importante de Bogdanovich, sin embargo, es hacernos perder la memoria respecto a esa subrepticia capa de desconcierto, de incertidumbre, que está impregnada en el rostro de Isabella. Porque ella misma no deja de tener la fuerza y el inocente desparpajo de las mujeres de Howard Hawks, y la cinta no deja de convocar secuencias de delirio colectivo con un ingenio que agradaría a Lubitsch o a Sturges. Recuérdese sino el momento del restaurante, cuando el viejo detective que interpreta George Morfogen –otra cita a Blake Edwards y su “Pantera rosa”– debe hacer frente a su cliente o los repetidos clímax de la última media hora del filme, perros y mascotas incluidas, donde todo adquiere ese embriagante aroma de feliz anarquía, que no es otra cosa que la celebración de la condición humana.

En fin, “Travesuras del amor” logra lo más difícil, algo que las vanguardias no advirtieron, pero que constituyó el mayor acierto del cine norteamericano: convertir al personaje (Isabella) en una imagen del actor (Imogen Poots) y viceversa. Es el juego del teatro, un vaivén de doble cara que nos impide discernir: ¿es John Wayne su personaje del western o es el vaquero de las películas de John Ford una imitación de Wayne? El director americano de la tradición clásica supo hacer la película en función al actor, con una plasticidad y soltura impensadas, y así nació la “estrella”. Con este método, Peter Bogdanovich logra tocar el corazón de su actriz (para tocar el corazón del cine) y por eso es mucho más que una excelente comedia de Hollywood.