Daniel Alcides Carrión (1857-1885), mártir de la medicina peruana y héroe nacional desde 1991 por la ley N° 25342. Ilustración: El Comercio. Foto: ERNESTO BENAVIDES para AFP.
Daniel Alcides Carrión (1857-1885), mártir de la medicina peruana y héroe nacional desde 1991 por la ley N° 25342. Ilustración: El Comercio. Foto: ERNESTO BENAVIDES para AFP.
Ricardo Hinojosa Lizárraga

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Amanecía en Lima. Era el 27 de agosto de 1885. La capital vivía las consecuencias de la Guerra Civil que se prolongaba desde el año anterior, mientras los cañones de la Guerra con Chile aún humeaban. El Perú seguía herido, física y moralmente. La gente en todo el país intentaba recobrar la normalidad de sus vidas, caminando entre las ruinas de la ocupación. El cielo y las calles limeñas se mostraban más grises que nunca aquel invierno.

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Un joven estudiante de medicina que había pasado los últimos cuatro años realizando vehementes investigaciones sobre la verruga peruana llegó aquella mañana de agosto, con el ímpetu que solo da la impaciencia por conocer la verdad, al Hospital Dos de Mayo. Tenía una tesis que terminar y una enfermedad a la cual entender para descubrir cómo combatirla. Además, un concurso público ofrecía la posibilidad de darle aún mayor realce al trabajo ya realizado.

Llamado “Etiología, anatomía patológica y distribución geográfica de la verruga”, se realizaría en julio de 1886. Había que prepararse y resolver los misterios que proponían la enfermedad y su desarrollo. En 1875, mientras él aun estudiaba la secundaria, un brote caracterizado por fiebre y anemia apareció entre los trabajadores de la construcción del Ferrocarril Central del Perú entre Lima y La Oroya.

La también llamada “fiebre de La Oroya” era una enfermedad endémica de las zonas andinas de países como Colombia, Ecuador o Perú, cuyos síntomas eran la aparición de verrugas por todo el cuerpo, su picazón, sangrado y supuración, además de malestar general, palidez, fiebre, dolor articular, calambres y el crecimiento visible de los ganglios linfáticos. Las consecuencias que ejerce sobre el cuerpo humano son terribles.

Para 1885, aquel joven “había acumulado suficiente información sobre los procesos mórbidos que afectaban a los trabajadores que construían el ferrocarril trasandino”, cuenta Gustavo Delgado Matallana -médico, cirujano e historiador- en su libro “Carrión, mártir de la medicina peruana”. Según Delgado, “estos conocimientos los adquirió por observación en el terreno donde acontecían, debido a los frecuentes viajes que realizó en esa zona; por el interés que le produjo este problema sanitario de naturaleza desconocida; por las historias clínicas que recogió y que él mismo elaboró; y por los datos que constantemente incrementaba en la preparación de su tesis para Bachiller en Medicina sobre el tema de la verruga”. Para 1885, también, había adoptado como segundo nombre Alcides, nombre de nacimiento de Hércules, personaje mitológico que representaba la fuerza. El pequeño “Carrioncito”, como le llamaban sus amigos por su pequeño tamaño, había reunido el valor suficiente para cambiar para siempre su vida y la historia de la medicina peruana aquel 27 de agosto de 1885. Pero aún no lo sabía.

La vida por la ciencia

Podría parecer inexplicable que alguien quisiera llevar a su cuerpo la sangre de un infectado para, a partir de la experimentación personal, entender la enfermedad y estudiarla. Sin embargo, el joven Carrión tenía una avidez por conocimiento que se sobreponía a cualquier modo de prudencia. Había nacido hacía 28 años, un 13 de agosto de 1857, en Cerro de Pasco, una ciudad que, tradicionalmente, vivió siempre de la explotación de minerales, por lo que, 17 años antes, había sido declarada “Opulenta ciudad”.

Fue hijo de la dama peruana Dolores García Navarro y el médico y abogado ecuatoriano Baltasar Carrión De Luque, quien llegó al Perú como perseguido político de su país. Aunque poco después empezó a irle muy bien, al ser nombrado cónsul de Ecuador en Cerro de Pasco, tuvo un grave accidente montando a caballo: al caer, se disparó su arma, matándolo. La señora Dolores se uniría poco más tarde con Alejo Valdivieso, también ecuatoriano y sobrino del difunto, con quien tuvo otros dos hijos. Para alegría del pequeño Daniel, toda la vida lo trató como si fuera su propia sangre.

Al verle estupendas condiciones académicas y una aguda inteligencia, decidió venir con él a Lima para que pudiera estudiar la carrera por la que ya mostraba inquietudes: medicina. A lomo de mula y guiados por arrieros, cruzaron desde Cerro de Pasco a San Bartolomé, donde tomaron un tren con destino a la capital. Curioso juego del destino hacerlo pasar por similar ruta a la que vería aparecer el brote de fiebre de La Oroya poco más tarde.

Carrión estudió la secundaria en el colegio Guadalupe, cuando este ocupaba su antigua sede en la calle Chacarilla, la actual cuadra 4 del jirón Apurímac, donde hoy se levanta la Corte Superior de Justicia de Lima. La iglesia de los Huérfanos, que él vería al pasar todos los días para ir y venir del colegio, aún sigue allí.

Pero mucho de lo que observó en aquellos días se desmoronaría pronto frente a sus ojos. En 1877 aprobaría los exámenes de ingreso para la facultad de Ciencias de San Marcos, donde tendría como compañero a Federico Villarreal, quien se convertiría con el tiempo en uno de los grandes matemáticos peruanos. Pronto, sin embargo, la vida de los peruanos cambiaría radicalmente: el 5 de abril de 1879, el mismo día que iniciaría su tercer año de Ciencias, Chile le declaró la guerra al Perú.

En ese contexto, continuaría con sus estudios y, de hecho, ingresaría a la Facultad de Medicina de San Fernando en 1880. En 1881, las tropas chilenas invadieron Lima y ocuparon diversos edificios públicos, incluyendo la facultad donde estudiaba Carrión. También llegaron a Cerro de Pasco y Junín, donde estaba su familia. Esto generó en él una obvia sensación de angustia. Para ocupar su mente y sentirse útil, se había alistado como reservista del Batallón 18, por lo que atendió a muchos heridos en la Maison de Santé. Aún era un estudiante, pero ya había mirado a los ojos a la muerte.

Quizás por eso no le temió cuando, el 27 de agosto de 1885, profesores y condiscípulos intentaron desanimarlo de su objetivo: inocularse la sangre extraída de las verrugas de un enfermo en tratamiento. Él mismo buscó al paciente preciso con la verruga precisa: un adolescente huancaíno de 12 años, que había desarrollado síntomas benignos. A las 10 de la mañana de aquel día, inició el procedimiento de inoculación. Según cuenta en su libro Delgado Matallana, intentó autoinocularse en la cara externa de ambos brazos con una lanceta que él mismo había llevado, pero era una maniobra complicada. “Estaban en la sala el doctor Evaristo M. Chávez, que asistía voluntariamente para prestar sus servicios en la sala, el interno Julián Arce y el practicante José Sebastián Rodríguez. Como era difícil y casi inoperante que Carrión pudiera hacerse una correcta inoculación, el Dr. Chávez le pidió la lanceta y, obteniendo el exudado, le practicó dos piquetes en cada brazo al estilo de una vacuna. Terminada la “operación” el estudiante se retiró a su domicilio”. Pasarían poco más de 20 días hasta que experimentó los primeros síntomas. “He tenido demasiado tiempo para pensar”, les dijo a los compañeros que intentaron detenerlo, antes de inocularse.

Un legado heroico

A partir de hoy me observarán mis compañeros, pues, por mi parte, confieso sería difícil hacerlo”, anotó el 26 de setiembre en el diario de notas que llevó desde su inoculación. Ha pasado casi un mes. El invierno ha ido dejando paso, poco a poco, a una primavera de la que no disfrutará Carrión. Los síntomas se han agudizado y él ya no es capaz siquiera de escribir. Sin embargo, el día 28 tiene aún mucha confianza en recuperarse. “Ustedes se han alarmado mucho con mi enfermedad. Los síntomas que siento no pueden ser otros que los de la invasión de la verruga, a la que muy en breve seguirá el período de erupción y todo desaparecerá”, indica en su diario. En la enfermedad encuentra temple. El 2 de octubre, analiza: “Hasta hoy había creído que me encontraba solamente en la invasión de la verruga como consecuencia de mi inoculación, es decir, en aquel período anemizante que precede a la erupción, pero ahora me encuentro firmemente convencido de que estoy atacado por la fiebre que mató a nuestro amigo Orihuela. He aquí la prueba palpable de que la fiebre de la Oroya y la verruga reconocen el mismo origen, como una vez le oí decir al Dr. Aurelio Larco”.

Para Delgado Matallana, hasta ese día, Carrión no había considerado seriamente la posibilidad de morir. “La verdad histórica es que, al inocularse el exudado de un brote verrucoso, pensó que iba a reproducir el proceso que terminaría en la erupción verrucosa, solamente”. Fue entonces, los primeros días de octubre, cuando entendió que la fiebre de La Oroya y la verruga tenían el mismo origen.

“Para la ciencia en general, él demuestra la inoculabilidad de una enfermedad y demuestra que un mismo germen puede producir en la misma persona dos enfermedades distintas. Eso se demostró por primera vez en el mundo”, ha dicho el eminente médico e investigador científico Uriel García Cáceres.

Sin embargo, tras su inoculación, ni siquiera sus profesores, las eminencias que le enseñaron Medicina, fueron a verlo, con la excepción de un joven Ricardo Flores Gaviño, que acababa de llegar de Europa con el único microscopio que había en el país y le hizo los exámenes hematológicos a Carrión. Flores fue también el primero en usar termómetro e inyecciones hipodérmicas. Los compañeros de Carrión son los encargados de atenderlo durante el proceso de la enfermedad. Su familia solo se enteró en medio del proceso, pero Daniel Alcides les dijo que ya se estaba recuperando.

“Los dolores óseos y artrálgicos, así como la raquialgía y los dolores contusivos en casi todo el cuerpo, son el fenómeno esencialmente revelador de la verruga, son también el signo más característico y más constante de la enfermedad desde su principio”, había anotado en “Apuntes sobre la verruga peruana”, para completar, en referencia a las víctimas: “Muchos de ellos no pueden soportar sin gritos ni quejas la atrocidad de los dolores en los casos algo fuertes; cada exacerbación de éstos, provoca, asimismo, nuevos y muy vivos sufrimientos”.

Según escribió Bertilo Malpartida-Tello, presidente de la Asociación Médica Peruana Daniel A. Carrión, en su texto “Daniel A. Carrión en la Historia”, “Los dolores articulares y musculares se acentúan; se presentan cuadros diarreicos, vómitos, gran anorexia, repulsión a los alimentos y medicinas y la palidez extrema, que agravan su enfermedad…”

El 4 de octubre, 40 días después de inocularse, fue llevado a la Maison de Santé para apurar una transfusión de sangre. Ahí, a las 11.30 pm del día 5, murió Daniel Alcides Carrión, con solo 28 años. Lo último que pudo decir fue: “C’est fini”. “Se acabó” en francés, el idioma que alguna vez soñó que hablaría en los salones universitarios de París, adonde llegaría para hacer una especialización tras culminar su carrera. Finalmente, su carrera, aunque inconclusa, lo llevó mucho, muchísimo más lejos.

Inspirado inspirador

Los avances científicos conseguidos en Europa entre 1870 y 1880 habían sido su mayor inspiración. Nombres como los de Pasteur, Koch o Leveran motivaban su entusiasmo y admiración.

Eso sí, antes de morir pidió que las investigaciones continuasen: “Aún no he muerto, amigo mío. Ahora les toca a ustedes terminar la obra ya comenzada, siguiendo el camino que les he trazado”. Después de todo, el mismo día de su inoculación, a pesar de no imaginar que ahí iniciaría su camino a la muerte, les dijo también: “¿Qué peligros puedo correr? Lo más que puede suceder es que tenga lugar una erupción interna, pero algo hay que hacer. Y si muero, qué importa el sacrificio de mi existencia, si con esto presto un servicio importante a la humanidad doliente”. Estas palabras pueden leerse en su mausoleo, erigido en el Hospital Dos de Mayo. Desde el 24 de marzo de 2015, su nombre también está en la Cripta de los Héroes de la Guerra de 1879, en el Presbítero Maestro.

En principio, su muerte se usó con fines políticos, pues la escuela de San Fernando era rival de la Academia Libre de Medicina, desde los días en que las huestes de Iglesias y Cáceres luchaban en las calles de Lima, en plena Guerra Civil. Se dijo que había sido una muerte “inútil”, producto de una “tonta imprudencia” o que “no había aportado nada”, y se investigó al doctor Evaristo M. Chávez. Final y felizmente, se impuso la razón. Carrión demostró que el mal de la verruga y la fiebre de la Oroya tenían un mismo origen, eran dos expresiones de una misma entidad. Dicha afección pasó a llamarse con el tiempo “Enfermedad de Carrión”.

“Los periódicos de entonces empezaron a contar la historia de Carrión comparándolo con Pasteur, con Koch, los grandes de la ciencia europea, y a defender su heroísmo, su sacrificio por el país –ha contado el historiador Jorge Lasso-. Argumentaron que su muerte había permitido conocer o determinar con seguridad que la Fiebre de la Oroya y la verruga eran dos fases de una misma enfermedad”.

Al pensar en el valor de Daniel Alcides Carrión, sigue resultando curioso que, tras años de investigaciones que le costaron agotadores desvelos, interminables anotaciones y dolorosas observaciones de casos reales, finalmente sus 28 años de vida parecen definirse solo en el momento que lo lleva a su final. Como los héroes de las guerras que no claudicaron o que decidieron pelear a pesar de entender claramente cuál sería su fin, Daniel Alcides Carrión prosiguió, a pesar de las invocaciones de sus amigos y colegas, y consiguió que su sacrificio en aras de la ciencia conmoviera al país entero. De hecho, aquel joven estudiante provinciano, pequeño y sagaz, fue el héroe que necesitaba un Perú deprimido tras la Guerra del Pacífico y los conflictos internos que la siguieron.

Ya lo había dejado claro el científico y médico peruano Fernando Cabieses: “Para Daniel A. Carrión la medicina no fue una ocupación ni una profesión. Para él, la medicina fue una religión”.

En su nombre, cada 5 de octubre, se conmemora el Día de la Medicina Peruana.

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