"A mano umbría" - Carlos López Degregori. (Foto: Difusión)
"A mano umbría" - Carlos López Degregori. (Foto: Difusión)
José Carlos Yrigoyen

No son pocos los poetas peruanos que han legado textos de memoria literaria acerca de su aprendizaje y madurez en el oficio, el origen de algunos de sus versos más celebrados o las influencias determinantes para su vocación. Es el caso de Emilio Adolfo Westphalen y el brillante “Poetas en Lima de los años treinta”, de Antonio Cisneros con el risueño “Poesía, una historia de locos” o de César Calvo y “Para terminar por el principio”, entrañable ponencia autorreferencial con la que cerró la etapa decisiva de su obra lírica. Por supuesto, hay más ejemplos. En los mejores se entabla un íntimo diálogo entre el autor y lector que echa luces sobre las zonas oscuras de obras que adquieren nueva forma y alcances bajo un inédito resplandor.

El año pasado (Lima, 1952) publicó “A mano umbría”, un libro que responde a las coordenadas descritas. Estamos ante el testimonio de parte de un escritor con una decena de poemarios publicados a lo largo de más de cuarenta años; un puñado de ellos destaca de lo producido por esa generación difusa surgida entre los años setenta y ochenta (pienso en “Cielo forzado”, 1988, o “Aquí descansa nadie”, 1998). Fundador de un mundo de visiones místicas, apariciones admonitorias, así como de seres mágicos y monstruosos que pueblan atmósferas góticas y oníricas, López nos presenta esta vez una serie de composiciones autobiográficas, ensayísticas y poéticas de diversa temática. Sin embargo, sobresalen dos líneas en algún momento coincidentes: la primera, una búsqueda del origen de su propensión por la anécdota escabrosa y los símbolos de la desolación y lo mutilado; la segunda, una marcada autoconciencia de su insularidad.

En cuanto a la primera línea resulta esclarecedor detenerse en la sección inicial de “A mano umbría”, que reúne textos sobre la infancia de López. Aunque en su poesía no es patente, en este apartado la figura del padre es omnisciente y fascinante. Este le obsequia diversos objetos que en realidad encierran metáforas y pequeñas historias crueles que solo el paso del tiempo puede revelar. Cuando su progenitor-taumaturgo le regala un reloj, el poeta interpreta el gesto de este modo: “Te lo doy para que te lo roben. Eso lo preservará en su naturaleza. De ahora en adelante marcará una hora invisible que ya nunca podrás consultar” (p. 32). Imposible no recordar poemas suyos como “Caja romana” o “En una anticipada despedida”, elaborados mediante la transfiguración trágica o irónica de elementos ordinarios y aparentemente inofensivos.

Si no recuerdo mal, López nunca se había mostrado tan directo y abundante sobre su situación excéntrica en la cartografía poética nacional como sucede en este libro. En el “Elogio de la insularidad” –uno de los textos más logrados– se compara con el Odradek, animal imaginario fabulado por Kafka, “un ser inservible aunque puede pronunciar unas pocas palabras y le agrada permanecer oculto, a veces por mucho tiempo” (p. 199). Consciente de asumir “caminos no previsibles” se reconoce “una incomodidad” para quienes delimitan los habitualmente rígidos estancos generacionales. Asimismo, confiesa los costos que esa posición le ha generado: “He participado de la crisis de la poesía y he seguido escribiendo con el lenguaje de esa crisis. Viví como un náufrago en una isla extraviada en el mar de la poesía peruana” (p. 200). Esta insularidad es la que lo atrae y hermana con los segregados y diferentes: “Las crudezas y excepciones siempre han sido un imán para mí” (p. 227).

Carlos López Degregori ha declarado que “A mano umbría” puede considerarse el reverso de su obra poética completa. Por eso mismo es un volumen complementario e iluminador de obligatoria consulta para sus lectores más fieles.

DATO

3.5/5

Autor: Carlos López Degregori.

Editorial: Animal de Invierno.

Año: 2019.

Páginas: 266.

Relación con el autor: cordial.