Arturo Pérez-Reverte dispara con aerosol
Arturo Pérez-Reverte dispara con aerosol
Redacción EC

ÓSCAR BERMEO OCAÑA

Durante el proceso de creación de su última novela, Arturo Pérez-Reverte recobró juventud. Mientras huía de la policía, vestido de negro para camuflarse como un grafitero más en la espesa noche madrileña, parecía revivir a aquel intrépido reportero de guerra que décadas atrás aprendió a templar sus miedos.

Esta vez las armas eran aerosoles, herramientas cuyo alcance expresivo genera efectos diversos entre ejecutores y víctimas. Precisamente, el interés del curioso escritor español era comprender la naturaleza del acto callejero que interviene muros y paredes con mensajes inquietantes.

El francotirador paciente” es la última novela de Pérez-Reverte y la excusa que lo trae nuevamente a la Feria del Libro de Buenos Aires. En un íntimo desayuno con algunos medios de prensa, donde participa El Comercio, el autor de “La reina del sur”  luce elegante y amable. Desde el inicio deja en claro que las imposturas no son lo suyo. Así, relata que no tuvo problemas para sumergirse en las entrañas del mundo grafiti.

“Soy novelista desde hace años, he tenido la suerte de vivir de lo que quiero. Pero, no he olvidado lo que fui durante 20 años: el reportero que se ganaba la vida con una mochila en países en guerra. Digamos que todavía conservo las técnicas de infiltración, de convencer a la gente que me deje trabajar con ellos”, refiere.

Para adentrase en ese mundo, pagó cervezas a nuevos amigos, se contagió de música distante, cortó alambradas y participó en incursiones nocturnas a estaciones de subte y trenes. La adrenalina estaba nuevamente en su cuerpo.

“Fue como volver al ‘territorio comanche’ pero de una forma más simpática”, precisa.

Sin embargo, la novela lejos de ser una oda a la manifestación urbana, es más bien una forma de abordar la decadencia en la que se sumerge el mundo occidental. El personaje principal, Sniper, un grafitero radical que vive a salto de mata entre las sombras, es un elemento peligroso, disidente en este contexto donde “el arte está tan pervertido y prostituido como el resto de la sociedad”.

En su propuesta narrativa, Pérez-Reverte presenta el fenómeno del grafiti como un acto de afirmación, un fin en sí mismo que carece de pretensión artística alguna. “Los verdaderos grafiteros no buscan exponer en galerías.

Odian a Banksy porque dicen que se ha vendido”, señala. En ese sentido, encuentra mayor honradez intelectual en los hombres que intervienen las paredes con sus esténciles que en los artistas socialmente reconocidos. “El mundo del arte está en manos de marchantes poderosos, de casas de subasta, de críticos de arte absolutamente venales, quienes participan de los beneficios del sistema”, dice, tajante.

Para él, aquella honestidad en el grafiti valida a sus ejecutantes como escritores. En ese terreno, la firma está sobre todas las cosas. “Escribo, luego existo” es la noción que sostiene la práctica. “Es un acto de escritura tan legítimo como el que hago yo”, afirma. Por ello, como miembro de la Real Academia de la Lengua, intentó oficializar el reconocimiento, aunque no encontró eco en sus pares. “No me dejaron definir grafitero como escritor de grafiti”, cuenta.

El español extiende la mirada desesperanzada del circuito artístico que presenta en esta obra a la literatura.

Señala que en el campo de las letras las apariencias han encontrado formas de dominación: “El mundo en el que vivimos da más importancia al escritor social, mediático, que al de verdad. Todo lo que no pasa por el teléfono móvil, por el iPad, no existe. Es todo tan mezquino, limitado, superficial, de diseño”.

El autor de “El capitán Alatriste” considera que, más allá de la impronta estética, sus obras siempre apuntan en una dirección: la atestiguación del ocaso de la cultura occidental. “El momento moralmente brillante de Occidente ha terminado. Ya no hay Dantes ni Virgilios, ni García Márquez, ni Conrad. Soy un novelista que le ha tocado contar el crepúsculo de un mundo”, afirma.

AMÉRICA TIENE LAS PALABRAS
Pérez-Reverte no da concesiones, es frontal y sutil a la vez. En un momento, como casi siempre, la conversación se sale de su cauce natural para tocar otros terrenos. Él no se excusa, por el contrario, avanza. Reafirma su poco interés por la obra del chileno Roberto Bolaño; dice que sería “demasiado vulgar” escribir una novela centrada en la crisis española actual y se detiene en su rol de miembro de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), donde ingresó en el 2003. Aquí, apunta a la metamorfosis continua del habla coloquial, a raíz de la explosión de Internet.

“Al principio hubo un intento por castellanizar todo lo que se podía, pero hay cosas que son imposibles. Es tan rápida la evolución y numerosa la llegada de términos nuevos extraídos de Internet que no da tiempo. Eso sí, la RAE no es una policía del lenguaje, es un notario del lenguaje”, precisa.

Cuenta con pesar que en España el abanico expresivo se reduce cada vez más, pero resalta que en Latinoamérica suceda lo contrario. “El futuro del idioma español es americano, no peninsular. En América continuamente se crean palabras interesantísimas. En este continente, hay potencia creativa, osadía lingüística que a cualquiera lo fascina”, concluye.