La vigencia de "La Peste" es "innegable", dice Yrigoyen. (Ilustración: Enrique Gallo)
La vigencia de "La Peste" es "innegable", dice Yrigoyen. (Ilustración: Enrique Gallo)
José Carlos Yrigoyen

Poco antes de que el obligara a buena parte de la población europea a confinarse en sus hogares, algunos libros de ficción sobre epidemias y pandemias escalaron súbitamente en los rankings de las librerías italianas, francesas y alemanas. El “Decamerón”, “Ensayo sobre la ceguera” y el “Diario de la peste” ganaron lectores nuevos y obligaron a sus admiradores a una revisión que pudiera guiarlos en esta inédita coyuntura. Pero el título más vendido y comentado en estos meses es “La peste”, novela escrita en 1947 por Albert Camus (1913-1960). Muchos han revalorado su carácter premonitorio y su profundo entendimiento de la condición humana cuando esta se enfrenta a circunstancias extremas y dramáticas a las que no sabe cómo resistir. Otros han sido menos entusiastas: Mario Vargas Llosa –quien no es precisamente un detractor del escritor francés– confesó que le parecía la peor de sus novelas, y Javier Cercas ha criticado la obviedad de la metáfora que articula su trama.

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Puede que la simbolización del nazismo y el fascismo como una enfermedad que acaba con sus víctimas de una forma veloz y espantosa no sea un dechado de originalidad, pero no es menos cierto que Camus la presenta bajo una mirada que, en tiempos de confinamiento, no deja de ser inquietante para quien se acerque a estas páginas. El argumento es conocido: en Orán, una urbe materialista y sobrepoblada, se descubren miles de ratas muertas en las calles. A pesar de que el protagonista, el doctor Rieux, y sus colegas advierten que una epidemia de peste bubónica ha comenzado a cobrar vidas, las autoridades primero niegan la emergencia y después la minimizan, hasta que el peso de los hechos les impele a declarar el cierre de la ciudad y la cuarentena obligatoria. Se abre una sala especial para los infectados, con 80 camas: en dos días se repleta. Es entonces cuando una serie de médicos se decide a confrontar el mal poniendo a prueba su solidaridad más allá de cualquier consigna individual. “No tengo afición al heroísmo y la santidad. Lo que me interesa es ser un hombre”, responde Rieux al preguntársele por qué se enfrasca en una riesgosa lucha que parece insuperable.

Los pobladores de Orán –consumistas, indiferentes, inmediatistas– comprueban que el confinamiento los ha sumido en un eterno presente que no les concede ni un resquicio de esperanza y torna inútil cualquier indicio de su vida anterior a la plaga. Es ahí cuando comprenden que los padecimientos personales son en sí mismos absurdos, que la libertad que han ejercido no los ha hecho mejores y que solo la acción colectiva puede salvarlos. Y más importante todavía: se hacen conscientes de que, aunque eventualmente la peste será contenida, esta es invencible, pues forma parte de la existencia misma –al igual que las pulsiones totalitarias de los hombres–, y por lo tanto el dolor y la pérdida son inevitables. ¿Qué pueden (podemos) extraer de esta certeza? Camus nos lo revela con claridad y duro realismo: “Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y la vida es el conocimiento, y el recuerdo”.

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Aunque “La peste” está lejos de ser una novela fallida (como el mismo Camus la calificó, a tal punto de poner en duda su publicación), es menos convincente que “El extranjero” o “La caída”, debido a un tono moralista que por tramos simplifica demasiado las motivaciones de los personajes; eso ocurre, por ejemplo, con el atormentado bribón Cottard. A pesar de ello, su vigencia es innegable ahora que los nacionalismos autoritarios y las pandemias han renunciado a cualquier alegoría para transformarse en nuestros enemigos más peligrosos y reales.

LA FICHA

“La peste”

Calificación: ★★★1/2.

Autor: Albert Camus.

Editorial: Debolsillo.

Año: 2020.

Páginas: 230.

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