Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) es una de las invitadas de la Feria del Libro de Lima. (Foto: Getty Images)
Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) es una de las invitadas de la Feria del Libro de Lima. (Foto: Getty Images)
Juan Carlos Fangacio Arakaki

En su más reciente novela, “Degenerado”, la escritora argentina Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) nos conduce hacia la oscuridad de la mente y el espíritu de un pederasta. Una historia descarnada, perturbadora y violenta que continúa la línea de sus anteriores libros, siempre provocadores en sus temáticas, e intensos gracias a una prosa maniática pero de gran belleza. Antes de su presentación de este sábado en la Feria del Libro de Lima, conversamos con ella.

Después de cuatro novelas, ¿te atreverías a decir que es el formato definitivo para ti? Porque son libros que también tienen algo de la contundencia del cuento y mucha poesía, además.

Es una buena pregunta. Aunque no lo medité, es cierto que los cuatro libros tienen la misma forma. Uno puede ser un poco más breve, el otro más radical, pueden ir con capítulos o sin capítulos, pero algo de la forma se repite entre los cuatro. Y sí, a estas alturas no me imagino escribiendo novelas de 500 páginas ni de otro modo. Supongo que tiene que ver con el cruce que mencionaste entre la literatura, la poesía, e incluso el teatro. Como si fueran esos géneros los que arman esta cosa.

La relación entre padres (o madres) e hijos recorre tus libros. ¿Te incomoda la romantización del prototipo afectivo parental?

Es cierto, y ahora me doy cuenta de que mi próxima novela va a atacar ese punto también. Como si yo fuera un francotirador y desde la terraza siempre apuntara a la misma víctima, alguien obsesionado con matar siempre a los mismos, esa violencia que te hace decir por qué no te la agarrás con otro. Pero si algo no se puede elegir en la escritura son las obsesiones. Entonces no es que la romantización me moleste, pero sí es antiliteraria. La romantización es lo no dramático, el no conflicto. Si tuviera que romantizar o idealizar lo que fuese –el matrimonio, el amor, la vejez, el sexo–, para mí sería imposible sentarme a escribir. Lo que hay que ir a ver es el sótano, el revés de las cosas.

Ya habías experimentado con los cambios en las voces dentro de una misma historia. Pero ¿qué fue lo más difícil o desafiante de asumir radicalmente la visión de un pederasta en “Degenerado”? ¿El hecho de que sea hombre? ¿El crimen? ¿Qué fue lo que más te costó?

Sí, la experiencia fue totalmente distinta a las anteriores, porque se trataba de estar todo el tiempo escribiendo la voz de una personaje que también me daba asco, rechazo, pudor, miedo. Tenía que meterme allí, en las tinieblas de alguien que pudiera cometer un crimen. El salto era mucho más extremo que en las novelas anteriores. En “La débil mental” también hay un crimen, pero de alguna manera era un crimen más “justificado”, en cierto sentido. En el caso de “Degenerado” era meterse con lo abyecto, con el crimen absoluto. Y fue terriblemente difícil, primero, ser un hombre, tener la sensibilidad y el cuerpo de un hombre, el impulso de violar. Y luego, aún más difícil, fue tratar de defenderlo.

Mencionaste el asco y el miedo. ¿Pero pensaste en la empatía o la lástima hacia el criminal, el tipo odiado al que todos quieren linchar?

Sí, lo que más me generaba empatía, consuelo o piedad, aún en la mayor aberración, no era tanto que lo quisieran linchar o quemar vivo o poner en la silla eléctrica; era más bien el hecho de que fuera incomprendido. Porque, claro, se lo acusa de un crimen sexual a una niña. Pero saliendo de eso, que es la excusa de la historia, el punto del libro es que nadie lo entendía. Era un hombre que iba a morir con la sociedad odiándolo. Y a mí siempre me interesa la gente incomprendida, son los más interesantes. No los que hacen la pose del malditismo, pero que están aceptados por la sociedad, sino los parias, los verdaderamente apestados.

Las cuatro novelas publicadas hasta la fecha por Ariana Harwicz.
Las cuatro novelas publicadas hasta la fecha por Ariana Harwicz.

¿Te brota de forma natural la escritura de estos temas o episodios bastante violentos y perturbadores? ¿O es más bien una búsqueda plenamente consciente y paciente de retratar el horror?

No, si fuera una búsqueda muy consciente, muy clínica o profesional, creo que no podría escribir ni diez líneas y tampoco creo que sonaría a verdad. Me doy cuenta también porque tampoco se podrían hacer en teatro, como han sido adaptados algunos de mis libros. Y por eso los actores que los han interpretado me dicen que, al leerlo, pueden sentir la historia en el cuerpo. Lo que me pasa a mí es un proceso distinto. Para buena suerte de la novela y mala suerte mía, mi cabeza produce todo el tiempo ese tipo de imágenes y sentimientos de odio. Cultivo mucho el odio. El odio a los cobardes, a los que traicionan. O miro mucho lo abyecto, todo el día. Y eso se va armando en mi cabeza: sueño con eso, pienso en eso, lo veo en los libros. Y no es que me siento a programarlo. Es como un relato interno que no para nunca.

¿Y eso te ha ocurrido siempre?

Me acuerdo que me pasaba siempre, pero no le había podido encontrar una forma a eso. Me recuerdo como adolescente con ese impulso punk, quizá como a todos. Con una fascinación por lo oscuro, por la muerte, a los 14 o 17 o 25 años. La fascinación por los poetas malditos, por ver todas las películas más oscuras, de “La naranja mecánica” a Fassbinder y Pasolini. La transgresión absoluta. Eso es muy propio de la juventud, pero después hay que buscar la forma propia, entre tanta acumulación de malditismo.

¿Has pensado si algún tema te resulta lo suficientemente horrendo o doloroso, al punto de preferir no escribirlo?

Por suerte, cuando era más joven metí la cabeza en todos los horrores de la Segunda Guerra Mundial, entre esas cosas los episodios de cómo mataban a los niños. Eso hoy no lo soporto, son partes que prefiero saltarme. Y siento que no podría escribir eso, es el único límite. Además, hay que tener en cuenta que no es que uno va a buscar la crueldad o lo abyecto, sino que uno convive con eso en su cabeza y lo tengo que liberar en la escritura. No lo busco, está allí.

¿Y ese rechazo al tema de las muertes de niños tiene que ver con tu maternidad?

Tiene que ver con dos cosas, para no mentirte: con la maternidad y con la edad. Con la maternidad porque, de modo inevitable, hay una continuidad entre el bebe o el niño que tenés al lado y el que metían en una cámara de gas hace 80 años. Pero también con la edad porque (y esto puede sonar a cliché) obviamente cuando uno tiene 20 años es inmortal. El cuerpo es inmortal, el deseo es inmortal. A esa edad está tan lejos la muerte que puedes quemar tu propio cuerpo y salir vivo. Pero a medida que avanzás, hay otra relación con la muerte. Es como avanzar en el río y ver a cuánto está la orilla y a cuánto el otro lado. Eso es algo que lo entiende alguien que ha vivido 42 años, como yo. Las balas no me atravesaban en ese entonces. Ahora todo lo libero en la escritura.

En esa línea de escritura desgarrada, que apunta a personajes perturbadores, a los parias, ¿qué autores te parecen referenciales o por lo menos estimulantes? ¿Podrías mencionar algunos?

Sí, justo ahora estaba leyendo una biografía de Gérard de Nerval, el poeta francés del siglo XIX, y pensaba cómo el siglo XIX produjo tantos escritores con los que me formé, ya sea por sus vidas y escrituras: Mallarmé, Baudelaire, Valéry, Rimbaud, Lautréamont, Novalis. Aparte he estado leyendo a la argentina María Negroni y siempre leo un poco sobre la Segunda Guerra Mundial. Mientras tanto pensaba en que no sé qué mentes producirá este siglo XXI, y si quizá los escritores más extraordinarios que surjan en este siglo no se adecuan a esta época. Porque un escritor puede no pertenecer a su época, ¿no? Tal vez por eso mis lecturas no se definen ni por generaciones ni por género ni por países. No leo de ese modo.

Te han preguntado mucho sobre la corrección política. ¿Has llegado a detectar cuál sería el límite entre un activismo social y de defensa legítima de derechos? Aquel punto en que dicho activismo se convierte en un mero afán censurador, digamos.

Sí, el tema no me aburre, la verdad. Es una de mis obsesiones también. Y es algo que veo que ocurre en el campo literario francés, español, latinoamericano. Es universal, se repite. Lo que me molesta es el aprovechamiento, el cinismo y la hipocresía de quienes utilizan la corrección política para hacer malos libros y ponerlos en las librerías y venderlos, cuando saben que son malos libros. Yo he escuchado a editores decir que son “libros de mierda”, pero que en este momento podrían vender. Eso también es engañar al lector, metiéndoles libros que no son buenos. Y también me molesta que, si no quieren que instrumentalicen a las mujeres ni las cosifiquen ni las subestimen ni sean machistas, tampoco nosotras nos tenemos que dejar instrumentalizar. He visto a mujeres a las que les proponen libros o proyectos absurdos, y los hacen. Es decir: si vamos a luchar contra la visión machista de las mujeres, hagámoslo incluso cuando sean situaciones que nos puedan beneficiar. ¿Me dejo entender? Si no, sería feminista solo cuando me conviene. Y uno debe querer justicia siempre, no solo cuando le conviene.


TRES ESCRITORAS CONVERSAN

Participan: María Fernanda Ampuero, Ariana Harwicz y Carla Guelfenbein. Modera: Anahí Barrionuevo.

Fecha y hora: sábado 5 de septiembre, 3 p.m.

En el Facebook de la FIL Lima 2020.


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