José Miguel Silva

“La urgencia por decir nosotros: Los intelectuales y la idea de nación en el Perú republicano” (PUCP, 2015), el más reciente libro del sociólogo Gonzalo Portocarrero Maisch, presenta nueve capítulos que a través de una escritura dinámica y muy bien estructurada repasan la biografía de algunos de los intelectuales más destacados de la historia republicana.

Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui, Ricardo Palma, Luis E. Valcárcel, José María Arguedas y José de la Riva Agüero son analizados no solo desde el punto de vistas de sus aportes literarios, artísticos o políticos, sino también bajo el prisma de su visión del mundo.

“Lo que hice con este libro fue un análisis de todas estas obras que ya conocía a profundidad, no solo porque las leí de chico, sino porque las enseñé en la universidad. Con este libro me permití no solo analizar las obras, sino también tratar de conectarlas con la vida de su autor y con su visión del mundo”.

El libro incluye algunas fotografías de Ricardo Palma, un hombre que, casi al final de su vida, parece haber tenido una intención de “blanquearse” físicamente ante el público.
Ricardo Palma fue lo que en su época se llamaba un hombre pardo. Es decir, un hombre que tenía mucho de negro, pero también de indio y, seguramente, también de blanco. Desde el punto de vista aristocrático, era visto con desdén por su color modesto, pero era muy talentoso y se dio mañana para crear una cultura que permitió a la gente comunicarse a pesar de las diferencias. Ricardo Palma permitió codificar la cultura criolla que permitió una cierta integración social en el Perú.


EN VIDEO: Diálogo con Gonzalo Portocarrero. (Fuente: El Comercio)

Al principio hubo mucha desconfianza hacia él, inclusive ataques.
Así es. La aristocracia lo hostilizó e incluso lo insultó, pero luego, sobre todo después de la guerra con Chile, se percatan de que él produce un milagro: la cultura criolla como posibilidad de integración social, sobre todo en el polo urbano de la sociedad. Entonces comienzan a rodearlo y le lanzan elogios muy encendidos. En este contexto, un Ricardo Palma pardo, mestizo, cholo, no era tan aceptable como uno más blanqueado. Entonces, en la iconografía de la época se dio el esfuerzo por tener un Ricardo Palma de rasgos más blancos. Y eso se hacía, por ejemplo, a través de la alteración del cromo en los negativos (de las fotos), lo cual permitía que la versión positiva de las fotos saliera más blanca, y también en los retratos donde aparece más blanco de lo que realmente fue.

¿Cómo deberían juzgarse hoy las “Tradiciones Peruanas” de Ricardo Palma?
Creo que la propuesta criolla de Palma fue un gran avance para su época porque nos sacó del colonialismo y nos acercó a nuestra historia, a nuestras costumbres, pero a su vez no hay que dejar de lado que dichas costumbres apuntaban hacia una mímesis con Europa y que eran valiosas en la medida en que se diferenciaban del indio. La propuesta criolla tiene esas dos grandes limitaciones: su mimetismo respecto a los países metropolitanos y su desprecio del indígena. Estas limitaciones no anulan los logros, como por ejemplo haber formado un espíritu común que transmitía una identidad (básicamente dentro de la ciudad), aunque esta (identidad) haya tenido a la figura del pícaro, del trasgresor y del pendejo a su elemento más representativo. Para Palma, el criollo es aquella persona que se sitúa un poco de perfil frente a la ley, es el que no se siente comprometido con esta. Hay frases muy importantes de Ricardo Palma al respecto, como la que dice que “la ley se acata pero no se cumple”, o “la ley son ostias sin consagrar”. Sin embargo, si tuviera que hacer un balance entre lo bueno y lo malo de Ricardo Palma, me quedaría más con lo positivo. Fue un hombre con humor, con una actitud alegre frente a la vida, un personaje que caló hondo en el imaginario peruano.

¿Cuál era la diferencia entre las audiencias a las que se dirigían Manuel González Prada y Ricardo Palma?
Creo que ambos estaban en lo mismo: producir un relato que genere acción colectiva. Palma encuentra eso en la tradición como una especie de cuento o relato que señala que más o menos todos estamos movidos por los mismos impulsos, es decir, las diferencias sociales no son tan significativas como parecen. A su vez, González Prada intenta a través de la balada producir una especie de ética nacional, una visión integrada del país. Pero conforme va escribiendo las baladas se da cuenta de que (estas) no son ciertas, de que el Perú no es un país integrado, donde haya solidaridad y en el que todos seamos iguales, sino al contrario, es un país desgarrado. Es así como el proyecto de las baladas es abandonado y recién lo publicaría su hijo algún tiempo después.

¿Cambió allí la producción intelectual de este personaje?
En vez de tratar de subrayar la unidad, lo que hizo (después) González Prada fue denunciar la desigualdad, las jerarquías y la desintegración del país. Esto tuvo un momento vital en el discurso del Politeama en 1888. Allí usó la frase que tendría una resonancia inmensa en el mundo intelectual y político de la época. La sentencia decía que no forman el verdadero Perú los criollos que viven en la franja occidental de los Andes, sino los indios que viven en las cordilleras y los valles interandinos. ¿Cómo podemos ver al Perú criollo como el país en su conjunto si las cuatro quintas partes de sus habitantes (los indios) no han sido consultados? Para González Prada, los indios deben dar su opinión y no solo ser asimilados a algo extraño. Él cuestionó el proyecto criollo por ser poco representativo. Abrió una ventana para que los intelectuales provincianos puedan pronunciarse. A través de dicha ventana empiezan a escucharse otras voces, como la de Luis E. Valcárcel.

Precisamente le iba a preguntar sobre él. ¿Por qué el resto de obras de Luis E. Valcárcel no llegaron a tener el gran impacto que sí tuvo su libro “Tempestad en los Andes”?
Porque son obras de un carácter más erudito que no llegaron a tener una comunicación suficientemente intensa con el público. En cambio, “Tempestad en los Andes” era una obra de temple profético, que ponía al Perú en un disparadero. O el país respetaba al indio o se venía la guerra de razas con miles de muertes. Eso conmocionó a la conciencia de mundo cultural de la época. Eso fue muy atendido por José Carlos Mariátegui que pensó que, en efecto, el Perú tenía que recuperar su tradición, ponerse en contacto con sus raíces andinas y que esa era la única manera de construir una nación integrada y civilizada. “Tempestad en los Andes” anuncia grandes males pero también grandes remedios. Luis E. Valcárcel fue visto como el fundador de la antropología en el Perú, fue una persona que abrió caminos y sirvió de puente para la antropología que sobre nuestro país se hacía en el extranjero.

Otro personaje fascinante en su libro es el ‘Amauta’ José Carlos Mariátegui. En su libro se menciona que la imagen de leyenda superó a la del hombre. ¿Por qué ocurrió esto?
En el Perú siempre hubo necesidad de héroes, en el sentido de hombres de una sola pieza, de hombres que no hayan dudado, de ejemplos absolutos y la verdad es siempre más complicada. Los hombres somos más vulnerables, volubles. Mariátegui fue un hombre de una sensibilidad extraordinaria, capaz de cambiar constantemente. Se inició muy temprano como cronista que dio cuenta (informó) sobre actividades muy variadas como el baile de una danzante extranjera, la procesión del Señor de los Milagros o lo que ocurría en el Congreso. Él era un polígrafo, es decir, un hombre capaz de escribir en distintos registros. Escribía rápido y con acierto, sin embargo, sentía que le faltaba un proyecto más trascendente en su vida. Estaba, como él decía, a la búsqueda de Dios. Finalmente, este proyecto lo encontró en el marxismo, el gran mito de la época. Ya a partir de ahí trasciende la crónica para pensar más en la interpretación del ensayo, para pensar cómo es que sería posible imaginar el Perú hacia el futuro. Ahí toma contacto con los indigenistas y a través de sus lecturas constata que el país debe recuperar esta tradición indígena.


Portada del libro de Gonzalo Portocarrero. (Foto: Difusión)

Pero sus palabras llegaron a tener efectos muchas veces contrarios en la población. ¿Por qué?
Porque en nuestro país no hubo un desarrollo estimable del racionalismo. Ha sido una sociedad donde el dogmatismo prendió con mucha facilidad. El modelo del conocimiento ha sido más la biblia y el catecismo. La idea es que hay un lugar donde está la verdad, (que) hay un libro donde están todas las respuestas posibles a las preguntas que uno puede hacerse: el catecismo. Se catequizó a Mariátegui, se le convirtió en una ortodoxia, lo que es algo completamente anti-mariateguista porque justamente lo que lo caracterizó fue el intento por actualizar permanentemente su pensamiento conforme observa hechos, absorbe teorías o va pensando mejor las cosas. Es un pensamiento muy heterodoxo, muy dinámico y fue impregnado en estos manuales que van a ser parte de la identidad de la izquierda, sobre todo de la más radical. Si bien influyó en muchos partidos políticos como Acción Popular, en el Partido Comunista, aunque también en el maoísmo, lamentablemente.

Se viene el bicentenario. Una vez entrevisté a la historiadora Carmen Mc Evoy y me dijo que vivimos en una república muy joven. ¿Cuál es su balance sobre el Perú hoy?
Mencionaría a Sinesio López, quien habla de una ‘sociedad en tránsito’ porque ya no somos la sociedad de señores y siervos que fuimos hasta mediados del siglo XX pero tampoco una sociedad de ciudadanos que participan en un cuerpo de nación, en la que exista una solidaridad y respeto mutuo. Eso tampoco somos. Estamos en un momento de tránsito que se alarga y que hace que la sociedad peruana sea muy difícil de gobernar. Cada emprendimiento colectivo cuesta mucho, es muy difícil lograr metas comunes porque hay una desconfianza generalizada y esto tiene que ver con el predominio de la jerarquía sobre la igualdad en nuestra visión del otro. Vemos en el otro más a un (ser) diferente, superior o inferior, que un (ser) igual, y desconfiamos. Pensamos que nos va a engañar y tratamos de adelantarnos a su engaño. Somos una sociedad que está ahí, de un lado rechazando la figura del patrón y el siervo, de otro lado anhelando la del ciudadano, pero el tema es que seguimos organizados como una sociedad colonial. Es decir, acá lo que funciona es el líder, el caudillo y la gente lo rodea. Hay poca capacidad de organización.

Usted señala que el Informe Final de la Comisión de la Verdad debería ser una especie de punto de partida para iniciar un camino donde todos los peruanos se unan para salir adelante. Sin embargo, el documento no parece haber logrado su efecto deseado y parecemos inmersos en una lucha de memorias distintas.
Creo que hay que valorar el Informe Final como un hito en un camino. No es el final ni el principio de este, claro. Es un punto importante en el camino del reencuentro del Perú con su historia, con el aprendizaje de nuestra conflictividad, con el intento de poder instituir una cultura del diálogo y la comprensión, cosa que hasta ahora no existe porque la tendencia del Perú siempre es satanizar al otro. Por ejemplo, en Tía María, las personas que protestaron fueron tachadas de ‘terroristas antimineros’ que se oponían al interés nacional. Eso es torpe, falso e inconducente. Impide el diálogo. Son personas que reclamaban con derecho garantías que sentían no estaban presentes. Defendían su modo de vida, sus tierras, no tenían confianza ni en la empresa ni en el Estado, por lo tanto se oponían al proyecto. En vez de producir un diagnóstico más objetivo de la situación se empieza con esta proyección de fantasmas. Por un lado se habla de antimineros y por otro de un gobierno esencialmente vendido a la minería, al extractivismo. Estas visiones tan excluyentes, tan poco abiertas, hacen muy complicado el diálogo. Hay una protesta sin propuesta. Todas estas personas que están contra la minería son las que luego reclaman aumento contra los médicos y profesores, ¿pero de dónde se sacará el dinero?

En 2012 usted presentó su libro “Profetas del odio” en la Universidad Católica y aparecieron varios chicos del Movadef a armar escándalo. Algunos atribuyen el inicio del terrorismo con el fanatismo de ciertas personas. ¿Ve usted una situación parecida en la actualidad?
Me parece que estamos muy lejos de eso. El fanatismo vendría a ser una especie de simplificación de la personalidad en la cual el individuo rechaza su libertad en función de adquirir seguridad. Es por ello que el fanático tiende a inmolarse. En el caso de Sendero Luminoso había estas ganas de luchar que los llevaba a enfrentamientos suicidas. Actualmente creo que tenemos el fanatismo del emprendedor, de la persona que quiere triunfar económicamente a como dé lugar. Aunque claro, es mucho menos peligroso y no tiene las consecuencias del fanatismo político religioso que tenía Sendero y que hoy podemos encontrar en el Estado Islámico, por ejemplo.

Teniendo en cuenta a los intelectuales que aparece en su libro, ¿qué considera que diferencia a un verdadero intelectual con un simple analista o lo que hoy conocemos como un ‘opinólogo’?
El opinólogo viene a reciclar lugares comunes, repite lo que la gente piensa. No hay un esfuerzo por tratar de elevarse y ver más lejos. Simplemente está rearmando estereotipos. Considero que se piensa cuando uno se enfrenta al sentido común, cuando uno dice “esto que piensa todo el mundo, en realidad no es tan cierto”. La labor del intelectual es producir una conciencia pública que sea más acorde a la realidad y que permita a una sociedad actúe sobre sí misma de una manera más eficaz. Muchos de estos opinólogos son personas que repiten siempre lo mismo y no ayudan a que la sociedad peruana se enfrente de una manera más realista a sus problemas. 

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