"Hasta ayer, cuando escribía y fumaba, era feliz. Yo me acomodaba en ese colchón de humo y después, con alegría, soltaba mis ideas y mis argumentos. Antes de prender el cigarro todo es calentamiento. Antes de fumar se puede decidir el tema de la historia, acomodar los lápices del escritorio, elegir el tipo de letra, anotar algo en una libreta […] Pero el cerebro sabe que son preliminares. La historia empieza, siempre, cuando el fuego te explota en la garganta”.

Esto fue lo primero que publicó el escritor y periodista argentino (45) en enero último, exactamente un mes después de sufrir un infarto. “En agosto cumplo 50. Me he prometido regalarme dejarlo. Y lo dejaré. No sé si el tabaco o el escribir, pero lo dejaré”, advierte el español Juan Bonilla por correo electrónico, mientras que Gustavo Faverón Patriau cuenta que “escribir es la única actividad de mi vida que no he podido desligar del cigarrillo. Puedo pasar dos horas en un cine o cinco en una reunión o veinte de aeropuerto en aeropuerto sin siquiera sentir la necesidad. Pero no puedo escribir fi cción o algún texto de importancia para mí sin fumar”. William Faulkner, ganador del Nobel de Literatura en 1949, respondió a “The Paris Review”: “Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi ofi cio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky”. André Gide, que mereció el mismo premio dos años antes, anotó en su diario la frase máxima, la revelación: “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar”. Murió de neumonía a los 81 años. 

Tras el estatus de condenado y las analogías con murciélagos y chimeneas, junto con el de bodeguero —oriental, en bancarrota— y el de carretero, sin duda el oficio que más se asocia en el imaginario popular con la adicción al tabaco es el de escritor (seguido de cerca por el de periodista). Piense en un retrato de Bolaño, Cortázar, Carver, Camus, Kawabata, Auster, Lezama Lima, Simenon, Joyce, Cheever, Kerouac, Houellebecq, Steinbeck o Highsmith: ¿sí o no que están fumando? Es un cliché, sin duda, pero no por ello deja de tener asidero en la realidad.

Se trata de una relación de más de 400 años: un espía al servicio de Isabel I, Christopher Marlowe, el amigo-enemigo de Shakespeare, afirmó, para escándalo de la corte, que “quien no ama a los muchachos y el tabaco no merece vivir”, frase que repetiría medio siglo después, sin el matiz homo, el Don Juan de Molière. A partir de entonces, sin embargo, salvo excepciones pareciera que los autores fueron incapaces de coordinar las manos para escribir y fumar a la vez. Esto comenzó a componerse en el siglo XIX: Whitman, Baudelaire, Mallarmé, Doyle, Stevenson, Echeverría, Byron, Poe, Pérez Galdós, Wilde, Twain fumaron y mucho (y en ciertos casos, no solo tabaco), pero ninguno habló de la relación directa entre la nicotina y su trabajo, y pocos —como los dos últimos, famosos por sus frases ocurrentes— dejaron testimonio de su afición: “Un cigarrillo es el tipo perfecto de un placer perfecto. Es exquisito, y nos deja insatisfechos. ¿Qué más se quiere?”, decía el dublinés, mientras el misuriano soltaba: “Al cumplir los setenta años, me he puesto la siguiente regla de vida: no fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto y no fumar mucho, solo un puro a la vez”. En 1890, 14 años antes de la presentación pública de Peter Pan, J.M. Barrie publicó “Lady Nicotina”, quizá la primera ficción protagonizada por un fumador empedernido.

Fue el XX el siglo de oro de este romance tóxico. Mientras la ciencia y los medios y luego los gobiernos no tuvieron claros o sencillamente no les importaron los efectos nocivos del tabaquismo, la mayoría de los adultos de todo el planeta —los artistas en general y los escritores en particular— se entregaron sin reparos a la combustión de pitillos, puros y pipas. A los jóvenes les parecerá insólito, pero fumar todo el tiempo y en todas partes no solo era normal (se fumaba en bancos, en cines, en buses, en aviones, incluso en ascensores y, por supuesto, en restaurantes, cafés y bares), sino que resultaba útil para apuntalar una serie de estereotipos y paradigmas, a veces incluso contrapuestos: masculinidad, feminidad, clase, adultez, rebeldía, glamour, decadencia, vigor, compañía, soledad, solvencia, precariedad. Intelectualidad. Hacer una lista de narradores, poetas, dramaturgos y ensayistas fumadores, además de inútil, requeriría llenar todas las páginas de esta sección del diario.

Como en las pantallas de cine —cortesía de Bogart, el grande—, las páginas de los libros se llenaron de humo azul. Sin embargo, hay dos pasajes icónicos dentro de la novelística sobre el tema que —todo parece indicarlo— no fueron sino la sublimación literaria de dos tremendas adicciones.

Tras doce años de trabajo, en 1924 Thomas Mann publicó “La montaña mágica”. El fragmento aludido es aquel en el que su protagonista, Hans Castorp, suelta esta declaración de amor durante su estadía en el sanatorio alpino donde se desarrolla la trama: “No comprendo que se pueda vivir sin fumar. Sin duda, es privarse de lo mejor de la vida y, en todo caso, de un placer sublime. Cuando me despierto, me alegro de pensar que podré fumar durante el día, y cuando como, tengo el mismo pensamiento. Sí, en cierto modo, podría decirse que solo como para poder fumar después, etc.”.

El otro libro es del año anterior, de un italiano llamado Ettore Schmitz, que escribía bajo el seudónimo de Italo Svevo. En “La conciencia de Zeno” se cuenta la historia de un tipo que, en terapia, trata de comprender el origen de su adicción. Al menos son 30 páginas las que Zeno Cosini dedica a lo que llama ‘fumoanálisis’, llegando a la conclusión de que el verdadero goce lo encuentra cuando decide dejar de fumar. Tras ese último cigarrillo siente tanto placer y se encuentra tan liberado y liviano de culpas, que vuelve a humear con brío, todo ello para repetir el ciclo hasta el infi nito. Cinco años después, en la vida real, Svevo, fumador de sesenta pitillos diarios, sufrió un accidente automovilístico. Su hija Letizia contó que en el hospital pedía a familiares y médicos que lo dejaran fumar. “Este de verdad será el último cigarrillo”, decía entre risas. No se lo dieron. Y murió.

Sin embargo, nadie firmó un texto en el que dejara puestos el humo y las cenizas de su propia experiencia, el placer y la necesidad y la muerte lenta por lenta asfi xia. (Recordemos que el relato de una aspiración mucho más escandalosa data de 1822: “Las confesiones de un opiómano inglés”, de Thomas de Quincey). Hasta que hace casi 30 años un escritor peruano, flaco como un cigarrillo, se animó a hacerlo. Y desde entonces se convirtió en el verdadero Hombre Marlboro (y Gauloises, y Lucky, y más); el santo patrono de la cofradía —cada día menos poblada, por cierto— de escritores nicotínicos.

Para los aeróbicos y los puros de cuerpo se trataría de un cuento de terror. Por eso se llama “Solo para fumadores”. En él, Julio Ramón Ribeyro desarrolla una suerte de autobiografía ahumada, pues si bien en sus diarios son infinitas las referencias a su adicción, y a la presencia, la ausencia y el daño del tabaco durante su estancias por el Perú y Europa (haciendo suyo aquello de Gide, el mantra, lo de “escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar”), en “Solo” condensó la historia de su vida y del más de medio millón de cigarrillos que chupó mientras la vivía.

Son muchos los fragmentos que, si no fueran relatados con buen humor, resultarían aun más inquietantes: la historia del tío que por falta de provisiones partió caminando desde una hacienda ubicada a ocho horas a caballo de Santiago de Chuco, de noche y con aguacero, en busca de cigarros; la caza de puchos por los suelos de París; la imposibilidad de abrir sobres con buenas noticias por no tener un cigarrillo entre los dedos; la de terminar una novela porque se gastó la mesada en un tocadiscos —Ribeyro era pésimo administrando el dinero—, lo que lo dejó sin efectivo para comprar tabaco en Alemania; los tránsitos por redacciones como fumarolas y clínicas y salas de operaciones. Los dos pasajes más recordados, sin embargo, quizá sean la vez que decidió dejar de fumar en Ayacucho, arrojó la cajetilla a un terreno baldío y, horas más tarde, cuando se arrepintió de su determinación, se lanzó ocho metros en búsqueda del paquete; y cuando se hallaba en Cannes para una desintoxicación y le decía a su esposa que salía a caminar por la playa, cuando lo que hacía era correr en busca del paquete que escondía en la arena (hasta el día en que perdió la seña y no pudo encontrar su tesoro, problema que resolvió comprando cinco cajetillas para enterrarlas en sendos escondrijos). Pero la parte más conmovedora, quizá, sea cuando tuvo que vender sus amados libros para poder fumar durante su estancia parisina. La vez que no le quedó nada que ofrecer, tuvo que rematar, al peso, los últimos diez ejemplares que tenía de “Los gallinazos sin plumas”. Volvió a su buhardilla con una cajetilla de Gitanes. Son muchas también las reflexiones salpicadas a lo largo de “Solo para fumadores”, del tipo “según algunos de sus divulgadores, la adicción al cigarrillo se explicaba por una regresión infantil en busca del pezón materno o por una sublimación cultural del deseo de succionar un pene. Leyendo estas idioteces comprendí por qué Nabokov —exagerando, sin duda— se refería a Freud como al ‘charlatán de Viena’”. (Dicho sea de paso, Nabokov engordó 30 kilos cuando reemplazó el tabaco por la melcocha. Freud, que fue operado 33 veces debido a un cáncer de paladar derivado de su afi ción a los puros, dijo cierta vez que “fumar es indispensable si no se tiene a nadie a quien besar”).

El periodista Daniel Titinger, que normalmente aborrece el humo del tabaco, cuenta que mientras escribía “Un hombre flaco”, su perfi l sobre Ribeyro, no dejó de aplastar puchos en los ceniceros.

Una breve biblioteca del tabaquismo y los escritores debería incluir también los ensayos “Puro humo”, de Cabrera Infante, y el notable “Los cigarrillos son sublimes”, de Richard Klein.

Resulta paradójico, si se piensa, que una actividad vital y sanadora como escribir se vincule estrechamente con algo tan nocivo como fumar. Un escritor que fuma disfruta y padece lo mismo que un abogado, un dentista o un obrero que lo hace, y la verdad verdadera, salvo algunos estudios sospechosos, nadie ha probado que el cigarrillo estimule la creatividad. Lo que parece indiscutible es que los escritores que fuman no pueden dejar de hacerlo al momento de sentarse en sus sillas de trabajo. O simplemente no pueden dejarlo en general (léase el notable “Yo fumaba muy bien”, de Alejandro Zambra). Y cuando sí pueden, se arriesgan a que les pase lo que a Cristina Peri Rossi: “La vida me gustaba más con humo… he dejado de toser, de expectorar, mi hipertensión ha disminuido y la isquemia cardíaca que padecía ha desaparecido. En cambio, me siento mucho más sola”.

Esto no ha sido ni mucho menos una apología del tabaco. Es, en todo caso, un cúmulo de datos al tuntún reunidos como pitillos en un paquete. Lo que sí, mientras el Congreso nacional se arroga una función paternalista que no le corresponde, y pretende reforzar incluso más las leyes que prohíben hasta la publicidad de cigarros en las bodegas, combatiendo un producto que fi nalmente es legal y el derecho de todo adulto de matarse lentamente, vale la pena recordar estas palabras de Fernando Savater, fi lósofo, narrador y fumador pertinaz: “Nunca podremos saber cuántas de las mejores páginas de la literatura moderna y contemporánea se deben a un cigarro o a una pipa fumados cuando se debía, pero podemos estar seguros de que no son pocas... Ahora que tantos fi listeos, con severas razones médicas o simplemente con el resentido afán de fastidiar los deleites ajenos, nos detallan los atroces daños causados por el tabaco a la salud de quien fuma, es oportuno recordar que también a ese delicado veneno le debemos, tanto los fumadores como los no fumadores, bastantes cosas buenas: porque es posible que fumar acorte la vida, como muchas otras incidencias, pero es seguro también que amplía y estimula el arte, cuyo alcance es más largo y ancho que la vida misma”.

TAGS RELACIONADOS