Portadas de los libros "Diarios 1956-985", "Diarios" y "Diario de un diabético hospitalizado". (Fotos: Editoriales Lumen /  PUCP - Fondo Editorial)
Portadas de los libros "Diarios 1956-985", "Diarios" y "Diario de un diabético hospitalizado". (Fotos: Editoriales Lumen / PUCP - Fondo Editorial)
José Carlos Yrigoyen

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“¿Por qué leemos el diario de un poeta? ¿Porque ilumina sus libros? Usualmente no es así”, se preguntó y respondió Susan Sontag en su brillante ensayo sobre Pavese. Lo que buscamos en realidad, según ella, es “el ego detrás de las máscaras del ego en las obras de un escritor”. Aunque quizá no debemos ser tan enfáticos al respecto, existen ejemplos que le dan la razón a la autora de Contra la interpretación. Entre esos casos está la argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972), una de las voces más dolorosas y lúcidas de su tiempo, que solo una sobredosis de seconal sódico pudo silenciar justo cuando se encontraba en pleno apogeo creativo.

El mundo se divide en dos clases de personas: los que se conmueven con la culposa y angustiada poesía de Pizarnik y quienes la juzgan sobrevalorada difusora de un afectado victimismo. ¡Basta de vírgenes suicidas!, me espetó una amiga porteña, harta de sus fans. Sus Diarios nos revelan, acaso con mayor contundencia que sus versos, los motivos de esa visión desesperada. Pudieron titularse Nacida para morir porque, desde la adolescencia, Alejandra estaba convencida de que la autoeliminación era su destino: “De todos modos el horizonte es siempre mi suicidio. Cada año prolongo la fecha. Hoy la prolongué muchísimo: me mataré cuando tenga treinta años”.

Pizarnik había decidido escribir un diario que no se agotara en la experiencia registrada, sino que poseyera un valor literario. Y lo tiene: el aprendizaje de una chica con problemas de sobrepeso y acné, que se desprecia con furor y luego se autocompadece hasta la humillación, que lidia con una sexualidad diversa e insaciable a la que siguen temporadas ahogándose en el armario de su miedo, está configurado por un tejido de palabras cargadas de sombrío sentido que remarcan esa amarga inhabilitación para integrarse a los mecanismos de la realidad: “No puedo realizar mi aventura humana. No puedo vivir como un ser humano. No puedo.”

Por otro lado, tenemos al vate español Jaime Gil de Biedma (1929-1990), cuya existencia ha alcanzado estatura mítica. Las venturas y desventuras de ese intelectual barcelonés, aristócrata desgarrado entre las obligaciones en la empresa familiar y su vocación literaria, consagrado a una homosexualidad furtiva y su resistencia al franquismo, han sido motivo de más de una seductora biografía (como la documentada de Miguel Dalmau). Pero en sus Diarios 1956-1985, aunque hay mucho de la torturante conciencia que lo caracterizaba, termina imponiéndose el poeta sobre el individuo.

Gil de Biedma nos muestra el telar en que confeccionó libros medulares de su breve obra, como Moralidades o Poemas póstumos, consignando en las entradas de su diario el modo en que cada texto fue imaginado, concebido y concretado, verso a verso, incluyendo las dudas y hallazgos felices del proceso de elaboración, lo que recuerda aquella frase de Sartre acerca de que si uno no escribe con dificultad, la herida que nos impele a hacerlo no se alivia ni nos da respiro. El pequeño gran triunfo de una imagen afortunada o el revés de una estrofa que de pronto le parecía inservible se intercalan en este diario con el beso robado a un joven en Manila o la represión política de la España de su tiempo. Pocas oportunidades encontraremos de presenciar una expresión tan auténtica y pasional de la poesía hecha vivencia.

La representación peruana en esta columna corre a cargo de Antonio Cisneros (1942-2012) y su Diario de un diabético hospitalizado, el último librito que publicó. Maestro del detalle y de la ironía tristona más allá de la muerte, Cisneros expone su estadía en el mismo lugar donde murió su padre; ese reflejo tanático reproduce reflexiones propias de un creyente puesto a prueba, transido por el desaliento: “Los dolientes de hipertiroides jamás reposan. Su apetito suele ser monstruoso, igual que su erotismo (…) Padecen de calores y en un rapto de furia son capaces de estrellar a sus críos contra cualquier pared”. No obstante, incluso de la situación más penosa, el poeta logra extraer un lado soleado por el que vale la pena persistir: “A menudo, también los gritos de la bestia desollada se pueden confundir con jadeos de amor apasionado: fantasmas que perturban entre la noche azul del hospital”.

Diarios

Autor: Alejandra Pizarnik.

Editorial: Lumen.

Año: 2013.

Páginas: 1102 pp.


Diarios 1956-985.

Autor: Jaime Gil de Biedma

Editorial: Lumen.

Año: 2015.

Páginas: 672 pp.


Diario de un diabético hospitalizado

Autor: Antonio Cisneros.

Editorial: Colección Underwood

Año: 2010.

Páginas: 31 pp.

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