Lina Meruane (Santiago, 1970) acaba de reunir once de sus relatos cortos en el libro "Avidez", editado por el sello peruano Caja Negra. (Foto: Yael Rojas/GEC)
Lina Meruane (Santiago, 1970) acaba de reunir once de sus relatos cortos en el libro "Avidez", editado por el sello peruano Caja Negra. (Foto: Yael Rojas/GEC)
Juan Carlos Fangacio Arakaki

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De unas adolescentes que empiezan a descubrir el beneficio estético de la depilación a la perturbadora historia de unas hermanas siamesas. Del drama de una escritora encarcelada por homicidio al de una mujer atormentada por el hambre más cruda. Los relatos que componen “Avidez”, de la chilena (Santiago, 1970), compensan su brevedad con la hondura psicológica y emocional que provoca su lectura: un extrañamiento intrigante, mezcla de un lenguaje a ratos contundente y explícito, y en otro sugerente y sutil.

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Los once cuentos de “Avidez” han sido reunidos y editados por primera vez gracias al sello peruano Caja Negra. Y aunque fueron escritos en diferentes momentos y con estilos disímiles, muestran una notable coherencia y solidez, a la manera de una continuidad en los temas y las obsesiones de Meruane. A propósito de esta interesante publicación, conversamos con la autora, a quien conocíamos por su solvencia narrativa con novelas como “Sangre en el ojo” y “Sistema nervioso”, y que ratifica su posición como una de las voces más consolidadas de nuestro idioma.

Las novelas "Sangre en el ojo" y "Sistema nervioso", y el ensayo "Contra los hijos", tres de los libros más recomendables de la chilena Lina Meruane.
Las novelas "Sangre en el ojo" y "Sistema nervioso", y el ensayo "Contra los hijos", tres de los libros más recomendables de la chilena Lina Meruane.

Para empezar, quería saber sobre el proceso de reunir estos cuentos: ¿fue una iniciativa tuya, de la editorial? ¿Cómo se llevó a cabo?

A mí me escribió Claudia Ramírez, de la editorial. Ella ya ha publicado dos libros míos y tenía muchas ganas de publicar otro. Pero lo que me pasa con los libros publicados en las editoriales más grandes es que, como tienen distribución en Perú, es más difícil por los derechos. Claudia me preguntó si no tendría nada por ahí, y yo le dije que tenía un montón de cuentos sin reunir y tal vez podría mirarlos a ver si podrían ir juntos. Porque no me interesan muchos los libros en que los textos no tienen sintonía entre sí. Siempre pienso en libros completos. Entonces me fui a bucear en mis archivos para ver qué había publicado en los últimos 25 años y me encontré con un montón de cuentos que estaban casi olvidados, en unas carpetas antiguas, porque en los últimos años me he dedicado a escribir novelas, no textos tan cortos. Así que me puse a leerlos y me di cuenta de que en su vasta mayoría –unos 14 cuentos en 25 años, digamos– había una relación entre muchos de ellos, que me permitía pensarlos como un conjunto. A pesar de que estilísticamente hay diferencias, había una cierta pulsión y una cierta perturbación en ellos. Y muchos tenían que ver con el hambre, con la comida. Pero también con otra forma de avidez, en términos más amplios, que los reunía. Entonces propuse que se juntaran y así lo hicimos.

En “Sangre de narices”, que indicas que se inspira en el caso real de María Carolina Geel (una escritora chilena que mató a su pareja en los años 50), se menciona a un crítico que le exige a la protagonista “escribir sobre un mundo encerrado en lo femenino”. Aunque estos relatos, en buena parte, giran en torno a lo femenino, ¿crees que todavía pervive esa suerte de exigencia o un estereotipo sobre la literatura hecha por mujeres?

Creo que siempre ha existido un mandato para que la escritura de las mujeres tenga un cierto tema y una cierta mirada convencional sobre lo femenino. Y también una cierta perspectiva para que la escritura de las mujeres, por su cuestión histórica, sea en forma de cartas, poemas de amor, novelas rosa. Entonces eso me parece interesante. Y en ese relato hay una ironía, que tiene que ver con la exigencia del crítico a la autora, que en ese momento de la vida real está en la cárcel, y a la que se le exige que confiese por qué mató a su compañero sentimental. Y ella se niega a hacerlo, y entonces emprende otra escritura, que es la escritura de la cárcel y de lo que a ella le suscitan las otras carcelarias, que son sobre todo mujeres de una clase más popular. El día a día de la cárcel, más que la confesión que se le pide; pues la confesión es algo que también se le suele pedir a las mujeres. Y también está la ironía, como tú bien la lees, con el campo cultural, que pide o espera una cierta escritura y en un cierto tono. Lo que yo siento es que lo que estamos haciendo muchas escritoras contemporáneas –y no solo las contemporáneas, porque viene desde finales del siglo XX– es subvertir esas expectativas y contar historias inesperadas para las vidas de mujeres, o miradas inesperadas sobre el universo femenino. Pienso por ejemplo en o en , que incursionan en géneros que normalmente no eran abordados por las mujeres (aunque algunas hubo); o el género de la narconovela o de la violencia dictatorial. Hay cosas que han escrito las mujeres con mucha fuerza y que no estaban dentro del horizonte de expectativas de una mujer.

En ese mismo cuento hay una mención a los “sustantivos inmodificablemente machos, como animal, como odio, como problema”. No sé si era tu intención, pero a mí me llevó a pensar en la discusión, muy actual, sobre el lenguaje inclusivo. ¿Qué opinas de ello? ¿Crees que la construcción del lenguaje también ejerce un tipo de dominación social entre géneros?

Mira, ese cuento es más o menos del año 2000, hace 20 años. A mí misma me divirtió volver a él, y pensar desde hoy en esa problemática que ya está en ese cuento, sobre lo masculino, lo femenino y el lenguaje que lo nombra. Yo he seguido el hilo de esa idea y ese debate sobre si el lenguaje masculino es universal. Y lo he vuelto a encontrar, por ejemplo, en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, ese texto emblemático y fundacional de la Revolución Francesa. Y allí aparece una figura que me interesó mucho y de la que hablo en mi libro “Contra los hijos”, que es la revolucionaria francesa Olympe de Gouges. En plena revolución, ella reescribe esa Declaración de los Derechos, y lo hace incluyendo lo femenino. A todo lo masculino le incluye el sustantivo femenino y el artículo femenino, y además incluye algunas cláusulas que tienen que ver con la realidad de las mujeres de esa época (y que se mantienen hasta nuestra época). Lo que viene a decir ella es: “Ustedes hablan de la fraternidad y de la igualdad, pero nosotras no estamos incluidas en esa definición”. Porque, en la realidad, esa habla masculina solo incluye a hombres. Y a un cierto tipo de hombres. Entonces me parece que esa es una problemática que se mantiene y que toda la propuesta y la exigencia de un lenguaje inclusivo apunta precisamente al hecho de que el lenguaje masculino, que supuestamente nos incluye a todos y todas, en realidad no lo hace. Hay una serie de observaciones que a mí me parecen muy agudas. Por ejemplo: cuando se dice que en una reunión hay “ingenieros, arquitectos, matemáticos y físicos”, ¿cuántas mujeres hay? Yo realmente no pienso que haya ninguna. Uno tendría que indicar claramente que hay mujeres para destacarlas, sobre todo en campos que son muy dominados por lo masculino todavía. Ese lenguaje tiende a obliterar que hay mujeres, que estamos en todas partes. Y esto ya no solo tiene que ver con las mujeres, sino con las comunidades ‘queer’, que recién ahora empiezan a aparecer y a exigir ser incluides en ese lenguaje. Por eso a mí me parece que es un debate tremendamente actual e importante, y que por supuesto genera bastante escozor porque incomoda a los hablantes que están acostumbrados a usar el masculino para todos. Incluso se habla de una falta de estética o de una falta de economía, pero la realidad es que nos cuesta hacer la transición ya sea por hábito y por ideología.

Olympe de Gouges, precursora de los debates del lenguaje inclusivo durante el contexto de la Revolución Francesa.
Olympe de Gouges, precursora de los debates del lenguaje inclusivo durante el contexto de la Revolución Francesa.

Quisiera hablar ahora de lo masculino: en el cuento “Varillazos” el machismo parece asociado a lo dictatorial. ¿Hay un vínculo, no?

Sí, absolutamente. De hecho, en mi primer libro, “Las Infantas”, hace esa relación. Digamos, lo estoy pensando ahora como una lectura externa, pero sí hay una relación entre la figura patriarcal y la figura real, presidencial o dictatorial. El poder marcado por el signo de lo masculino. Ahora bien, cuando digo masculino no me refiero al cuerpo del hombre. Significa más bien la codificación de un modo de ser en el mundo, que tiene que ver con una masculinidad tóxica y violenta. Y que algunas mujeres también ejercen, por supuesto. Así que no está marcado necesariamente por la biología de un cuerpo, por su nacimiento como hombre o mujer, sino más bien por cierto estilo de conducta social, política, económica. Me parece que allí está la asociación. Y claro, mis cuentos no son libros de teoría de género, pero encuentran con cierta frecuencia en el cuerpo masculino la figura de la autoridad y la figura de la violencia. También hay otros casos, porque si te fijas en el cuento-hermana de “Varillazos”, que es “Hojas de afeitar”, allí la figura de la inspectora también es una figura del orden, pero es una vieja mujer.

Imagino que te preguntan a menudo por la cuestión física, de los cuerpos, muy presente en tus libros. Yo quisiera preguntarte más bien cómo has vivido y pensado el distanciamiento físico que implica desde hace ya algún tiempo la pandemia. ¿Te parece que ha cambiado mucho la dinámica entre los cuerpos?

Creo que cualquier tipo de restricción genera avidez, justamente. Estamos todos ávidos por encontrarnos, por tocarnos, por abrazarnos. Sobre todo en nuestras culturas, que son muy físicas, ¿no? Yo viví una temporada en Alemania y me abalanzaba sobre la gente para abrazarlos o besarlos al momento de saludar; y me encontraba con esa distancia, lo que los sociólogos llaman proxémica. La distancia cultural es otra, nosotros tenemos una distancia corta. Entonces sí creo que nos ha costado ese distanciamiento, que los cuerpos no se puedan tocar. Pero más allá de que genera una cierta avidez, un deseo, una añoranza por los cuerpos ajenos, pienso que en cuanto acabe la pandemia volveremos a estar juntos, o aún más juntos. Pensaremos aún más en la necesidad del cuerpo de los otros, de los cercanos y de los ajenos.

Hay otra cuestión específica de los cuerpos que es la de sus transformaciones o transiciones. Está en “Doble de cuerpo” y en “Hojas de afeitar”. ¿Por qué crees que lo “trans”, en sus más diversas variantes pero sobre todo en la sexual, le choca a tantas personas, al punto de hacerlo intolerable?

Creo que se nos han enseñado estructuras muy rígidas como cultura o como sociedad. No solo estoy pensando en cosas como hombre o mujer, sino en cuestiones muy básicas como el bien y el mal, pensadas como categorías excluyentes; como si el bien y el mal no pudieran encontrarse en una misma persona. O lo blanco y lo negro, como si no hubiera entre nosotros tanto mestizaje y tanto gris, todas las tonalidades intermedias. Somos unas culturas muy adoctrinadas a pensar lo uno o lo otro. La salud y la enfermedad es otro par que yo he estado cuestionando en mis novelas, pensando en si existe realmente la salud, o no será que estamos siempre en una negociación, en un intermedio, en una tensión con nuestros cuerpos. Yo creo que nos cuesta aceptar que no estamos en ese lugar ni del blanco ni de la salud ni de la clase alta ni de la masculinidad o la heterosexualidad. Eso está muy demostrado en los estudios de género, por ejemplo: que nadie está en un lugar puntual ni siempre en el mismo lugar. Que como seres humanos lo que más nos representa es la posibilidad de una transformación, de la fluidez, del cambio. Porque nuestras situaciones y nuestros deseos también cambian. Todo eso, que me parece que es tan evidente, genera mucho miedo. Psicológicamente estamos entrenados para ocupar solo un lugar y asegurarnos en ese lugar. Por ello creo que nos falta reeducar nuestros modos de entendernos como personas en transición, en fluidez; reeducarnos sobre los cambios de relación, de sentido, de deseo. Aceptar eso, en vez de angustiarnos, nos des-angustiaría; nos haría sentir más libres y menos atados a una norma.

Otro elemento que me atrae mucho, porque aparece en varios de los cuentos, es el hambre. En las últimas semanas en el Perú hemos estado viviendo una situación bien conflictiva por el tema electoral. Y una de las frases que se me ha quedado colgando es esa de que “la dignidad no se come”. Una expresión muy fuerte y humillante. Entonces mientras leía tu libro me quedé pensando: ¿dirías que en el hambre se cruzan un padecer físico y también uno de orden moral?

Es muy interesante tu comentario porque subrayas el uso del concepto del hambre. Lo que yo me preguntaría, en ese contexto electoral en el Perú, es quién ha estado pasando hambre. Y no lo digo solo por el Perú en específico, porque tampoco quisiera opinar sobre una realidad que no manejo. Más bien lo pienso en términos lingüísticos, en cómo se usan estos lemas sobre el hambre. Y también hay que tener cuidado con las manipulaciones, porque no se dice quién pasa hambre, quiénes no pasan hambre, quiénes hacen pasar hambre a los otros, y por qué. Todo eso es parte de la estructura social, política y económica que genera el hambre. Hay una interrogante sobre los conceptos que se están usando en estos lemas que me parece que sería interesante pensar. Habría que deconstruir los lemas por lado y lado, y ver qué verdades ocultan. Más allá de cualquier preferencia, también hay que entender en este momento por qué la gente vota como vota. Más que creer en un partido o en un candidato, yo hago el análisis lingüístico y de realidades para entender cómo se llega en cierto momento a un cierto proceso. Eso es algo que me ayudó mucho para entender el estallido social en Chile. Por qué de pronto estalla un país donde se suponía que la economía funcionaba perfectamente, el país supuestamente más estable de América Latina. Claramente no hemos sabido escuchar ni ver las grandes tensiones y frustraciones de una ciudadanía que de pronto sale a la calle, caiga lo que caiga. Eso lo que a mí, como escritora, es lo que más me interesa pensar.

¿Y en estos cuentos, específicamente, cómo surge el interés por el hambre?

En el libro tiene mucho más que ver con las pulsiones individuales, que ciertamente también tienen que ver con las ansiedades sociales, políticas y económicas que hay detrás. De hecho, creo que el cuento que me resuelta más evocativo sobre esto que estamos hablando es uno muy cortito, del año 95, “Platos sucios”, en el que hay una niña que mastica pan y luego lo escupe por toda la casa. Allí está como la furia de un sistema que aparece manifestado en el rechazo a la comida y en el vómito. Se manifiestan como unas grandes tensiones que parecen las de un solo individuo, pero son más bien de una estructura, de la estructura familiar que someramente allí se dibuja. Ese cuento tiene una relación muy directa con un epígrafe que yo encontré en el periódico, una declaración del hijo de Orlando Letelier [N. del R.: político chileno por el régimen de Augusto Pinochet]. Su papá había salido de la casa esa mañana y la siguiente vez que su hijo lo vio estaba convertido en un puñado de pedacitos, repartidos por la calle, por los árboles, por todos lados. Entonces yo estaba jugando con esa situación de la violencia dictatorial, que lo reduce a su materialidad ínfima, como carne; y cuyo eco es la manera en que esta chica del cuento responde a una estructura de dominación familiar, donde la figura fuerte es el padre. Es un eco raro, tal vez ilegible ahora, pero que para mí, en ese momento, tenía muchísimo sentido.

“Avidez”

Autora: Lina Meruane

Páginas: 116

Editorial: Caja Negra

Lina Meruane (Santiago, 1970) también ha publicado las novelas "Sangre en el ojo", "Sistema nervioso", entre otros libros. (Foto: Yael Rojas/GEC)
Lina Meruane (Santiago, 1970) también ha publicado las novelas "Sangre en el ojo", "Sistema nervioso", entre otros libros. (Foto: Yael Rojas/GEC)

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