Hijo de inmigrante chino, Luis Chang Reyes ha sido embajador del Perú en la República Popular China.
Hijo de inmigrante chino, Luis Chang Reyes ha sido embajador del Perú en la República Popular China.
Maribel De Paz

Podemos imaginar la impactante sensación que esa primera taza de té generó en la reina consorte exiliada en Ámsterdam. Mientras disfrutaba del hasta ese momento desconocido sabor de aquel líquido amargo, la reina Catalina de Braganza no podía intuir aún que a su retorno a Inglaterra popularizaría su consumo a tal punto que otra nación quedaría devastada por negarse a venderle a Europa la deseada planta del té: China. Té, opio y guerra se dan cita en esta historia a cargo del ingeniero Luis Chang Reyes, bajo el título “Por una taza de té”, presentado con ocasión de los 170 años de la migración china al Perú. Veamos.



—En su libro se menciona su trilogía libresca compuesta por tres búsquedas: quién soy, a dónde voy y de dónde vengo. Y este de dónde vengo lleva, precisamente, a esta historia atroz del opio por el té.
El interés que yo he tenido por los chinos y su desarrollo como país hizo que, a los amigos hijos de chinos que yo tenía en otros países, les preguntara cuándo habían ido sus padres a Holanda, a Alemania o a Estados Unidos, y me decían en 1850 o 1880. Muchos de estos chinos habían venido en ese período, y en los libros sobre la migración china al Perú se menciona que vinieron porque el país había abolido la esclavitud y se requería mano de obra para las plantaciones y las islas guaneras. Fueron más de diez millones de chinos los que salieron y, entonces, yo me hice la pregunta: ¿por qué razón había tanto chino disponible? En ese período, había presencia de países europeos que querían comercializar con China. Y los ingleses particularmente, entre todos los productos que querían, que les gustó y los impactó fue el té. Los ingleses comenzaron a comprar té a los chinos, pero estos les pedían moneda dura a cambio. No querían canje de productos textiles. Y entonces los ingleses, en algo que la historia hasta ahora no ha calificado bien, dijeron: “Tenemos que meter algo a la China, un producto que los chinos quieran”. Y metieron opio.

—¿Y cómo debería calificarse?
Un crimen. Eso que hoy en día se llama de lesa humanidad. El Parlamento inglés decidió establecer una fábrica de opio en India, que era su colonia, y ahí se desarrolló la mejor fábrica de opio del mundo, en una magnitud impresionante. Metieron miles de toneladas de opio a China. Los chinos reaccionaron contra esto, un funcionario de muy alto nivel tiró el opio al mar, y entonces los ingleses lanzaron la armada que la tenían ya lista en la India y hubo dos guerras del opio que China perdió y por lo tanto firmaron los llamados “tratados desiguales”, en los cuales simplemente aceptaban todo lo que se les imponía. Era una nación de drogadictos.

—Ahora, esto me hace pensar en el reciente debate desatado por el presidente de México, López Obrador, quien ha hecho una exigencia de perdón a España. ¿Diría que Inglaterra debería pedir perdón a China?
De alguna manera, López Obrador tiene razón; pero, claro, la gente se ríe hoy en día. Yo termino el libro con esta frase: “A aquellos países que tuvieran participación durante este ignominioso período en la historia china, se les recuerda la máxima: quien no tiene la valentía de pedir perdón, no tiene derecho a reclamar comprensión”.

—¿El símbolo es importante?
Muy importante, creo yo, muy importante… Yo presento aquí dos estudios. Uno de un norteamericano de 1850, que habla de las atrocidades cometidas por su país y todos los extranjeros contra la China. Y luego, en 1907, otro norteamericano, Merwin, también lo menciona. China era un país de drogadictos y, claro, en algún momento Inglaterra dijo que ya no iba a meter más opio a la China, oficialmente. Y en 1911 dejaron de hacerlo. Pero ocurrió que los chinos, que ya eran opiómanos, comenzaron a cultivar más opio que el que producían los ingleses. Con el agravante de que, por la amapola, dejaron de cultivar los productos para la alimentación. Pero el tema de la droga es tan infame que los ingleses no solo vendían el opio a los chinos que estaban en China, sino también a aquellos que salieron como inmigrantes. Los chinos que llegaban al Perú consumían opio porque los ingleses lo vendían por los canales comerciales. Todo esto hoy día, por supuesto, suena abominable, pero así fue. Esa es la historia.

—Una historia que en su libro se inicia con la imagen de la reina de Inglaterra deseando tomar una taza de té.
El rey Carlos II salió exiliado de Inglaterra y fue a Ámsterdam, donde se estableció con su esposa, Catalina de Braganza, y allí aprendieron a tomar té. Y cuando retornan del exilio a Londres, esta costumbre de tomar té se amplía rápidamente. En ese período, Gran Bretaña pasaba por la Revolución Industrial, donde había una explotación de la mano de obra inglesa muy fuerte. La gente pobre trabajaba 15 horas y, claro, a las ocho o diez horas ya estaban muertos, pero la teína es estimulante y encontraron que esto ayudaba a que la mano de obra pudiera trabajar más horas, y comenzaron a dar té a todos los trabajadores. Coincidentemente, en ese momento las enfermedades de origen hídrico en Gran Bretaña eran terribles, porque los cursos de agua estaban contaminados, y para tomar té hay que hervir antes el agua, lo que también ayudó muchísimo. Y así es como los ingleses, por evitar las enfermedades, para poder trabajar más y para ser chic, tomaban té.

—¿Qué cree que se ha perdido de forma irrecuperable después de esta historia?
Yo no creo que se haya perdido nada, creo que hay una utilidad y una ganancia en todo esto. Quizá tenga que ver con su permanencia en países que no eran el suyo, pero el chino ha tenido que esmerarse y sobresalir más para poder coexistir. Tengo amigos chinos que están metidos en negocios y son insaciables. Tienen un chifa, o cinco, o diez. Trabajan los siete días de la semana, los 365 días del año.

—¿Cuál diría que es el estereotipo más falso sobre la comunidad china que se tiene?
Se dice que el chino es sucio, lo cual no es cierto, aun cuando se dan circunstancias en que los negocios no son de lo más higiénicos del caso. Pero se habla mucho, también, de que el chino es coimero. Y eso es cierto.

—¿Y cuál diría que es esa primera taza de té que usted recuerda personalmente?
En mi casa siempre se tomó té porque es algo muy característico de los chinos; es una costumbre con la cual uno nace. Mi padre vino de la China, se casó con mi madre que era hija de padre chino y madre china, y aquí nacimos mi hermana y yo. Pero cuando yo tenía 2 años, mi padre falleció y yo me crié con mi madre, más hacia el lado peruano. Sin embargo, yo recuerdo de niño haber visto a los hermanos de mi papá que iban a la casa y todos tomaban té.

—¿Y cuáles son esas costumbres chinas que fueron dejadas de lado cuando su padre ya no estuvo?
Creo que hay algunas cosas que he heredado que son muy chinas. El chino es un tipo muy creyente, y los principios confucianos son principios morales y éticos, siendo uno de los más importantes el respeto a los padres. Uno desde que nace tiene un profundo respeto hacia los padres; lo que se traslada en la vida al respeto hacia los mayores y a las jerarquías por edad. Eso ha prevalecido en China, donde el respeto hacia el jefe, el mayor, los padres es muy profundo.

—Ahora, partiendo del desarraigo de su padre por el viaje al Perú, sobrevino una especie de segundo desarraigo en su familia con el cambio de apellido materno, además del caso de sus tías...
Que trataban de evitar ser chinas, claro. Por la parte de mi madre, su papá vino de China, pero podía pasar como peruano, e hizo lo que en ese entonces hacía todo el mundo: tratar de insertarse en el país. Siempre en el Perú ha habido discriminación, y por la parte de mi madre cambiaron el apellido chino de Pun a Reyes. Los chinos tomaban el apellido del padrino o de alguien que, finalmente, les vendió un apellido. Eso les facilitaba mucho la vida para poder trabajar e insertarse.

—Y en su propia juventud, ¿qué diría que fue lo más difícil de ser de ascendencia china en este país?
Yo, personalmente, nunca tuve un maltrato, pero obviamente yo era el chino, como ese es el negro y el otro el cholo. ‘Chino’ Chang, me decían. Alguna vez, cuando ya era un poco mayor y había pasado la adolescencia, tenía amigos que todavía me decían: “¡Oye, chino!”, y yo les decía: “Hermano, ya, pues, me llamo Lucho; llámame por mi nombre”. Porque puede pasar de lo simpático a lo agresivo. Lo cual ocurre con cierta frecuencia, por supuesto.

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