Dos fotos de la infancia y juventud de Luis Hernández flanquean la portada de "Una impecable soledad", reciente reedición de la obra del poeta. (Fotos: Pesopluma)
Dos fotos de la infancia y juventud de Luis Hernández flanquean la portada de "Una impecable soledad", reciente reedición de la obra del poeta. (Fotos: Pesopluma)
José Carlos Yrigoyen

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Hablar de Luis Hernández Camarero (1941-1977) es lidiar forzosamente con un mito. Es recordar al joven poeta que desconcertó a la crítica local al enrostrarle el modo pop-culterano-coloquial de “Las Constelaciones” (1965), una propuesta adelantada a su tiempo. Es adentrarse en el creador que se recluyó en una esfera alejada de los cenáculos literarios para ejecutar un vasto e insólito proyecto consistente en la casi secreta confección de coloridos cuadernos ológrafos. En ellos plasmó una imaginería vitalista ambientada en paisajes sensoriales y alucinatorios en los que la parodia, el ludismo y el dolor conviven sin orden ni mesura, donde lo inconcluso suele ser parte integral de su estética. Quizá de ahí provenga la búsqueda de una “soñada coherencia” que hiciera más soportable la angustia por la transitoriedad de nuestra circunstancia humana y su obra terrenal.

Referirnos a Hernández es, asimismo, comprender a ese médico que juró no tolerar ante sí el sufrimiento, pero que no pudo resistir el decaimiento físico que lo hostigaba (“y como voy herido por la espalda / sé dónde he de ir”) y dio fin a su infierno individual arrojándose a las vías de un tren en las afueras de Buenos Aires cuando aún no había cumplido los treinta y seis años de edad.

Luego están los poemas. Tengo la impresión de que varias de las habituales objeciones a la poesía de Hernández (cierto humor complaciente y escapista o una tendencia al gracejo insustancial) se sustentan en una perspectiva bastante epidérmica de su obra reunida, la monumental “Vox horrísona” (1978, 1983). Evaluar a Hernández reduciéndolo a algunas de las composiciones más celebradas por sus admiradores (el poemita del amor irracional, por ejemplo), es tan injusto como aquilatar el trabajo de Antonio Cisneros a partir de “Para hacer el amor” o sus boleros maroqueros. Es verdad que en “Vox horrísona” abunda el ripio, el jueguito irrelevante y la improvisación no siempre feliz. Pero en el caos de esos materiales poco nobles pervive un núcleo de poemas a estas alturas canónicos y dignos de contarse entre lo más selecto que nos legó la brillante generación peruana del sesenta. Existen también sectores menos frecuentados que resguardan los momentos más oscuros, densos y maduros del hiperdisperso corpus hernandiano. Parafraseando a Nietzsche, en sus profundidades se esconden monstruos inquietos.

” es uno de esos segmentos a redescubrir; por eso resulta encomiable la pulcra y minuciosa reedición crítica a cargo de Diego García Flores que agrupa todos los cuadernos rescatados que componen dicho libro. Presentada como una “novela kitsch”, significa uno de los conjuntos más orgánicos de Hernández. A diferencia de otras novelas poéticas al estilo de “El ladrón de Talán” de Pierre Reverdy o “Fredy Neptune” de Les Murray, aquí no hay interés de contar una narración estándar conformada por una trama clara y personajes de psicología definida. Es más bien una reunión de prosas líricas vagamente cohesionadas que dan cuenta de los avatares y efusiones de Shelley Álvarez –evidente alter ego del autor–, un ensimismado pianista romántico que deambula por una Lima recreada desde el sueño y la música, mientras lucha por no perder la eterna adolescencia en la que se refugia de la incomprensión de los hombres.



“Hernández es un poeta que, así pasen los años, siempre será un misterio por dilucidar”.

Estamos frente a una autobiografía en clave en la que Hernández privilegia los deslumbramientos y amarguras de su faceta artística. El virtuoso pianista prefiere conservar “solo la imagen de las cervezas y el cielo” en detrimento al juicio de “la crítica de los diarios” y para sellar esa indiferencia decide no volver a presentarse en público. Tampoco está ausente el reproche a sus colegas generacionales: “Había tratado con mutiladores de la sintaxis, denigradores de José Santos Chocano, amanuenses para quienes Virgilio resultaba tan conocido como el cero absoluto de Kelvin”. Sin embargo, el tema más recurrente son las rutinas introspectivas de este artista representado por un yo que se disloca y así puede exhibir los disímiles mecanismos mentales y afectivos con los que emprende la tarea creativa, esfuerzo que es enriquecido por una constante autorreferencialidad.

Son patentes las desigualdades de “Una impecable soledad”: a partir del tercer cuaderno el torrente imaginativo se adelgaza y la organicidad se resiente hasta convertirse en un archipiélago de intuiciones y apuntes que solo recupera consistencia en los últimos tramos. No obstante, debemos reconocer la conmovedora belleza de muchas de sus páginas, la lograda dimensión onírico-alucinógena que las enmarca (resuenan en ella los ecos de otra obra maestra sobre la irrealidad como defensa contra el dolor de vivir: las “Dream Songs” de John Berryman) y el aliento de un poeta que, así pasen los años, siempre será un misterio por dilucidar.

LA FICHA

Autor: Luis Hernández.

Editorial: Pesopluma.

Año: 2020.

Páginas: 168.

Calificación: ★★★1/2.