Libro de Miguel Sánchez Flores.
Libro de Miguel Sánchez Flores.
José Carlos Yrigoyen

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Quienes crecimos en la golpeada clase media de los ochenta recibimos de nuestros padres las referencias de un supervillano que ningún rival de la ficción podía emular: el general Juan Velasco Alvarado. El jefe de la llamada “revolución peruana” había sido, según nos contaban, un enemigo jurado del progreso y el desarrollo que, debido a sus resentimientos insuperables, hundió hasta el fondo la economía del país e impuso un represivo sistema cultural de inspiración socialista que prohibió al Pato Donald –considerado casi un agente de la CIA– e intentó sustituir a Papá Noel –ese oprobioso símbolo del capitalismo– por un extraño y fugaz Niño Manuelito. A pesar de lo sesgado y simplista que resulta explicar un período de transformaciones tan complejas a partir de cuatro anécdotas y un par de adjetivos, ese endeble relato persistió entre nosotros por décadas sin que nadie (o prácticamente nadie) se atreviera a impugnarlo.

Desde hace unos años esta situación ha cambiado. La polémica herencia del velasquismo se afianza en el debate nacional. Incluso algunos hijos de esa clase media ochentera reivindican abiertamente su legado. Es el caso de Gonzalo Benavente, director de “La revolución y la tierra”, documental que ha sido determinante para refrescar la discusión. Lamentablemente, las posiciones en conflicto suelen ser emocionales e irreconciliables. Los que siguen calificando a Velasco de Gran Satán no han dado su brazo a torcer. Aquellos que lo publicitan como un invicto mesías de los marginados tampoco.

En aras de la objetividad, es fundamental hacer un examen de las leyendas y fantasmagorías que infestan nuestra visión histórica de la primera fase del docenio militar. “Mitologías velasquistas”, volumen editado por Miguel Sánchez Flores, significa una herramienta precisa para acometer esa empresa. Comprende trece textos que abordan los disímiles mitos esparcidos sobre el velascato y la relación que mantuvo con las industrias y procesos culturales de su época. Destaca la regularidad del conjunto, que consigue la anhelada armonía entre el rigor, la amenidad y la reflexión sustancial.



“El libro consigue la anhelada armonía entre el rigor, la amenidad y la reflexión sustancial”.

Ninguno de los mitos velasquistas ha sido tan popular como el que compromete al rock. Dos de los estudios aquí reunidos lo asedian, apoyándose en ponderables investigaciones. El primero, firmado por Alejandro Santistevan, demuestra que la célebre cancelación del concierto de Santana en 1971 no correspondió, como tanto se ha cacareado, a una decisión ideológica y totalitaria de los militares, sino a un fariseísmo que les permitió quedar bien con los acérrimos detractores –desde maoístas hasta ultramontanos– del lisérgico músico. Algo similar acontece con el victimismo de los viejos rockeros nativos que acusan a Velasco de haberlos perseguido y restringido su espacio en los medios de comunicación. Fidel Gutiérrez, en su excelente artículo “Al diablo la revolución”, señala que ellos mismos, por la elitista terquedad de cantar en inglés, redujeron su público a unos cuantos colegios religiosos de Miraflores y San Isidro. No hubo medidas oficiales contra el rock peruano: fueron sus propios cultores quienes se cerraron las puertas al no entender la realidad de un país que había mutado demasiado deprisa.

Si hay una certeza tras la lectura de estos ensayos es que esa tan mentada maquinaria de represión institucional era en realidad el espantajo de una burguesía en ‘offside’. La mordaza y coerción hacia las manifestaciones artísticas fueron tan desarticuladas y mediocres como las del gorilismo militar más gris, e incomparables a los tétricos casos chileno o argentino de ese entonces. De todos modos, se cometieron graves abusos. El texto de Gonzalo Benavente efectúa un rescate de los beneficios de la ley de cine de 1972 y de las películas que bajo ese contexto retrataron la nueva situación del campesino peruano (“Runan Caycu”, de Nora de Izcue, es el ejemplo más excelso). Sin embargo, Benavente obvia la censura a quienes ofrecían miradas alternativas del mismo asunto (como “Chariaq’e, batalla ritual” de Luis Figueroa) y las arbitrarias maneras en que se privilegiaba la exhibición de cortometrajes dispuestos a ensalzar acríticamente las reformas de la dictadura en desmedro de cineastas independientes con pretensiones más estéticas que panfletarias.

Finalmente, es obligatorio resaltar dos trabajos de primer orden: el de Christabelle Roca Rey, que evalúa el discurrir del arte gráfico en el velascato, y el de Talía Dajes, atinente a los afiches de Jesús Ruiz Durand celebrando la reforma agraria. En ambos se ilustra con agudeza el importante impulso que recibió este sector gracias a un inédito apoyo oficial y una casi absoluta libertad creativa que se apagó cuando en 1973 el gobierno fue perdiendo el favor popular y comenzó a intervenir en todas las expresiones públicas, dando palos de ciego a sus adversarios reales y supuestos. El epílogo de esa paranoia es historia conocida.

LA FICHA

Autor: Miguel Sánchez Flores (editor).

Editorial: PUCP. Año: 2020.

Páginas: 288.

Relación con el autor: ninguna.

Calificación: ★★★★

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