Santiago Bullard

nació dos veces. Su primera llegada al mundo fue en 1931, en Arequipa. Una nueva vida empezaría años después, al cambiar las paredes blancas y el cielo azul de su ciudad natal por la gris y fría neblina que cubre las calles de Lima. Llegó a la capital para culminar sus estudios superiores, pero también con el claro objetivo de convertirse en escritor.

Pocas miradas han sabido captar, como la de Oswaldo Reynoso, el vértigo y las contradicciones que se apoderaron de las calles de la capital a partir de los años 50. Al fin y al cabo, esa fue una década marcada por profundas transformaciones urbanas, económicas, sociales y culturales, dando inicio a ese fenómeno que el antropólogo José Matos Mar bautizó como "desborde popular".

Un testimonio directo de estas transformaciones fue el primer libro de relatos que escribió Reynoso: "Los inocentes", aparecido en 1961. Ese mismo año, Sebastián Salazar Bondy publicó "El señor gallinazo vuelve a Lima", un cuento que anticipa, de alguna manera, la desgarradora metamorfosis que experimentó la ciudad en las décadas siguientes.

Oswaldo Reynoso, por su parte, volcó su mirada en todo lo que acontecía a su alrededor, en las calles. Sus páginas hicieron de la jerga capitalina un lenguaje literario, y fue con ella que el autor retrató a los muchos personajes que poblaban este mundo de luces y sombras: los fieles religiosos y los pandilleros, el joven desilusionado y la bohemia de la vieja guardia que pasaba sus desvelos entre la cantina y el billar.

Este mismo mundo, clandestino e informal, herético y santo, es el que retrata en su primera novela, de 1965: "En octubre no hay milagros". Al momento de su publicación, este libro fue atacado por la crítica con un fervor comparable al que despertaría entre los jóvenes de las generaciones siguientes.

Naturalmente, él no fue el único escritor que supo capturar el vértigo de su época a través del lenguaje. Su generación vio surgir a autores de la talla de Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Carlos Eduardo Zavaleta y Enrique Congrains. Este último, además de haber escrito textos esenciales para el desarrollo del realismo urbano en el Perú, como “No una, sino muchas muertes", fue el editor de Oswaldo Reynoso y, como tal, el responsable de que el título de "Los inocentes" fuera reemplazado, en su segunda edición, por el de "Lima en rock".


En el 2014, Oswaldo Reynoso visitó el penal de Aucallama, en Huaral, donde leyó fragmentos de su obra a los internos.

En el 2014, Oswaldo Reynoso visitó el penal de Aucallama, en Huaral, donde leyó fragmentos de su obra a los internos. (Foto: Alessandro Currarino/ El Comercio)

En las páginas de Oswaldo Reynoso, Lima se presenta como un territorio misterioso, una incógnita que puede ser explorada, mas no resuelta. Su literatura, como la de José María Arguedas en el caso de la sierra sur, parte de la experiencia del choque. No en vano provenía de Arequipa, una ciudad que era, en sus propias palabras, "mucho más pacata que esta".

En la última entrevista que dio a El Comercio, el año pasado, Oswaldo Reynoso reveló que, en sus libros, él quiso "escribir sobre el choque emocional, sobre el tumulto". Su reacción ante estas cuestiones está marcada por la ambigüedad, entre la celebración y el rechazo, y la mejor prueba de ello tal vez se encuentre en su primer libro: "Luzbel", publicado en 1955.

Reynoso se consagró como narrador, pero debutó en el ámbito literario como poeta. Los versos que dan forma a "Luzbel" muestran esta ambigüedad esencial, este reflexivo vértigo ante el choque, en su fórmula más pura y desgarrada. Dividido entre la cultura de lo etéreo y los placeres de la carne y el pecado, el autor recorre los abismos que se abren entre la experiencia de dos mundos: el del pasado, irrecuperable, y el del presente, perdido aun antes de nacer.


El escritor participó en proyectos como Recreo, que busca promover la lectura en los colegios públicos.

El escritor participó en proyectos como Recreo, que busca promover la lectura en los colegios públicos. (Foto: Nancy Chappell/ El Comercio)

MÁS ALLÁ DE LOS LIBROS
La actividad literaria de Oswaldo Reynoso no se limita, sin embargo, a los años 50 y 60. Hasta la publicación de su última obra, el libro de memorias en clave epistolar "Arequipa, lámpara incandescente", en el 2014, el autor dio a la imprenta una larga serie de títulos. Uno de los más famosos, "Los eunucos inmortales", apareció en 1993.

Más allá de su labor como escritor, Reynoso fue también un activo promotor de la lectura. Como tal participó en diversos proyectos destinados a despertar la pasión por la literatura entre los jóvenes. Así, por ejemplo, fue un importante colaborador de Recreo, iniciativa fundada en el 2007 por los escritores Javier Arévalo y Gustavo Rodríguez para promover la lectura entre los estudiantes de los colegios públicos de Lima. Una labor similar fue la emprendida por el autor en diversos penales del país, a los que asistió en varias ocasiones para organizar lecturas con los internos.

Mucho antes del fin, Reynoso ya era una figura capital del canon clandestino que él ayudó a fundar. Sus restos son velados en la Casa de la Literatura, donde permanecerán hasta las 11 p.m. de hoy.

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