Valerse de la ficción para contar un fascinante pasado
José Miguel Silva

Daniela Ramírez tomó elementos del pasado, o más precisamente de su pasado familiar, para escribir una novela intensa que atrapa con palabras dolorosas y personajes cautivantes.

“Todos nacemos muertos” (, 2015) es solo el primer paso de esta joven escritora que quiere abrirse paso en la literatura. Frescura y precisión destacan con facilidad en este libro que ya está a la venta en las principales librerías peruanas.

-Háblame un poco de ti. ¿Qué hiciste en los últimos años antes de iniciar tu carrera literaria?
Escribí relatos de viajes. Trabajé en una página web relacionada a eso durante muchos años y publiqué también artículos en “Vamos”, de El Comercio.

-Tengo entendido que viajaste por más de 30 países. Has podido empezar a ser escritora contando o creando historias de afuera, pero decidiste ir por el camino contrario, el de un viaje más bien hacia adentro. ¿Por qué?
Si bien uno puede encontrar historias y recolectar anécdotas en sus viajes, en mi caso creo que encuentro historias que me complacen más cuando hurgo en mí misma. Y a mí me gustan mucho las historias antiguas. Por ejemplo, cómo vivían las personas hace 100 años, qué comían, no sé. Eso me parece más interesante que escribir sobre mis viajes.

-Terminaste una maestría de escritura creativa en la Universidad de Nueva York.  ¿Cuánto te sirvió eso para emprender este camino de la literatura?
Mucho. Inicialmente uno escribe con ciertos límites inconscientes y lo que te da la maestría son herramientas para romperlos. Conoces escritores nuevos,  descubres técnicas y te percatas de que hay cosas que sí puedes hacer y que antes creías imposible. Además está el tema del lenguaje. Uno trata de escribir siempre palabras alturadas pero la literatura es todo. Podemos hablar con lisuras y hay que llamar las cosas por su nombre.

-¿Cuánto de realidad y cuánto de ficción hay en “Todos nacemos muertos”?
Escribí una historia de ficción que incluye hechos y personajes reales.  Es una novela corta y soy muy consciente que la realidad y la ficción están muy difuminadas. Por ejemplo, el penúltimo capítulo, donde hablo yo, es totalmente real. Preferiría que a “Todos nacemos muertos” se le vea como una ficción porque si bien hice investigación histórica, lo cierto es que me tomé muchas licencias. Hice lo que quise con los personajes y con los temas.

-¿Tuviste clara siempre la estructura que querías para la novela? Por ejemplo, esa separación de cada capítulo para un personaje…
Fui cambiando la estructura en el camino. Lo que sí tuve claro desde el inicio fueron los saltos en el tiempo. Quise contar una historia en diferentes (y alejados) momentos.  De hecho, una versión inicial de mi novela empezaba por la mitad y va saltando, haciendo flashbacks. Luego, cuando probé ordenarla cronológicamente resultó mucho mejor, con otro tono.

Daniela Ramírez en El Virrey de Miraflores. (Foto: José Miguel Silva/El Comercio)

-Los personajes que más me llamaron la atención fueron Santa (la protagonista, una mujer aguerrida y adelantada a su tiempo) y Clarissa (una especie de curandera o mujer sabia que ayuda a todos en el monte). En el proceso de construcción de la novela, ¿qué personaje te impactó más?
Definitivamente, ‘El turco’ (Musalam).Ya de por sí es curioso saber que en 1890 llegaron italianos a la Amazonía, pero además que uno de estos casó a una de sus hijas con el viudo de la hermana (‘El turco’). Él fue un palestino que aparece en medio de Tarma y nadie sabe cómo. Fui atando cabos y descubrí detalles que algunos de mis familiares no sabían. Por ejemplo, que la cruz que Musalam tenía tatuada en la muñeca se la pusieron para evitar se lo roben en la infancia. En Palestina, a inicios de 1900 existían tres grandes religiones: el judaísmo, el islam y los cristianos ortodoxos. En ese entonces a los niños se los robaban para convertirlos. Los tatuaban para que nadie se los robe. Además, Musalam llegó al Perú haciéndose pasar por católico, cuando en realidad era cristiano ortodoxo. Eso fue algo que él nunca dijo.

-‘El turco’ es un personaje que sufrió mucho a lo largo de su vida. Murió su esposa y se casó (increíblemente) con su cuñada adolescente. Quizás consciente de que esto no iba a ser muy bien visto la mandó a estudiar, a formarla.
Hay registros de que en Palestina hace 100 años había matrimonios con niñas. Sin embargo, Musalam no tocó a su nueva esposa hasta los 18 años. De hecho mi abuela nace cuando mi bisabuela tiene 19 años. Y sí, la metió al colegio. En Chanchamayo no tenían acceso a educación y (las mujeres) eran criadas para estar en la casa. Parece que ‘El turco’ venía de un estrato social un poco más alto. Él sí fue educado. Me pongo en su lugar y creo que si metió a Margarita (su esposa adolescente) a estudiar fue reflejo de lo importante que era la educación para él.

-Desde que empezaste a escribir el libro hasta el día de la presentación, ¿cambió en ti la forma de ver la muerte?
Paradójicamente, no. El título “Todos nacemos muertos” responde a la inquietud que me dejó terminar el libro. Inicialmente la novela tenía otro título. Cuando la terminé sentí que era una especie de entierro en vida. Era (un conjunto de) voces de personas que habían vivido totalmente obsesionadas con sus frustraciones, errores, sueños no cumplidos. Eran realmente muertos en vida. De ahí la frase “todos nacemos muertos”.

-En tu novela hay mucha violencia, injusticias y abusos del hombre hacia la mujer. Sé que dices que esto es ficción pero algún detalle debe haber cercano a la realidad. ¿En algún momento juzgaste a tus antepasados por sus acciones?

En un primer impulso uno suele juzgar pero cuando empiezas a investigar y te pones en su lugar, te percatas que no fueron ni buenos ni malos sino solo parte de un contexto histórico específico en el que la mujer estaba recluida en su casa y el hombre era el que tomaba sus decisiones. Era una sociedad patriarcal. No quise minimizar el papel de la mujer sino solo realizar un retrato de la época. Y eso es, no hay personajes buenos ni malos en “Todos nacemos muertos”.

-Has escrito sobre la memoria en un país donde las personas no suelen indagar mucho sobre su historia. ¿Cómo venderle este recuento por tu pasado al público en general?
Este recuento por mi pasado me ayudó a afianzar mi identidad, a saber quién soy, a conocer que soy producto de situaciones y hechos, que soy un producto de muchas razas, de migraciones y de procesos tan dolorosos como matrimonios arreglados. Creo que uno al encontrarse con su propio pasado y al toquetear la memoria lo hace porque busca no cometer los mismos errores. A los peruanos no nos gusta recordar y por eso cometemos siempre los mismos errores. Creo que hay que recordar, meter el dedo en la llaga y así aprender. Hay que hacer que la llaga cicatrice bien.

-Sobre tus proyectos a futuro, ¿hacia dónde quieres ir? ¿Seguirás hurgando en tus antepasados o buscarás otros géneros literarios?
Mi siguiente proyecto es un libro de cuentos de ficción pura, todos contemporáneos. Y mi segunda novela sí hurgará otra vez en mi pasado. Creo que hay grandes historias en el pasado de todos. Sobre todo en los peruanos, siendo una mezcla de situaciones, culturas y más. No somos un producto limpio y para que exista este resultado final han tenido que pasar muchas cosas.