"Esta versión de 'Tsunami' tiene una mayor potencia narrativa"
José Miguel Silva

Dos fenómenos ocurren alrededor de Leandro. Uno es natural, el tsunami que castigó la playa que reúne sus mejores recuerdos de la infancia. El otro es personal: lo que pareció ser una gran historia de amor con Julia terminó siendo un verdadero fracaso. A estas situaciones se le suman una serie de  personajes complejos: el abuelo, el primo Matías, pero principalmente la madre del protagonista.

Así podría resumirse “Tsunami”, la tercera novela de que acaba de ser reeditada por Emecé. En esta entrevista con “El Comercio”, el autor repasa el origen de esta historia y, además, admite que sus procesos creativos son usualmente largos porque precisa tiempo para armar estructuras complejas y diseñar personajes interesantes.

-Publicaste la novela “Tsunami” en 2012 y desde entonces hasta hoy han pasado casi cinco años. ¿Por qué ese bache tan largo? ¿Faltaron ideas o tiempo?

“Tsunami” es mi tercera novela y me tomó casi cuatro años escribirla. Eso coincidió con mis estudios de postgrado. Estaba ocupado en eso y dejaba la escritura solo para dos o tres horas de la mañana. Luego de esto (2012) hubo una nueva edición en México, prácticamente igual pero con algunos peruanismos que cambiaron a mexicanismos, aunque muy simples. Estoy trabajando en una novela pronta a terminarse, pero sí, mis procesos son bastante largos, sobre todo cuando considero que son proyectos ambiciosos para mí mismo, porque tienen una estructura que a mí me resulta compleja de hallar, un desarrollo de personajes al que prefiero dedicarle la cantidad de tiempo que yo considero necesario. Así que, más que una ‘sequía’ de ideas, creo que esto (la demora) tiene que ver con la manera en la que me enfrento a la escritura: tomarme el tiempo que necesite y sacando tiempo a mis obligaciones regulares, que finalmente me dan dinero para vivir.

-¿Qué de distinto tiene esta tercera edición de “Tsunami” con respecto a las anteriores?

Tiene unas 30 páginas menos que las ediciones anteriores. Y creo que en ese cortar y editar, la novela ha ganado mayor potencia narrativa comparada con las anteriores. En ese sentido, sí me he mantenido (re)escribiendo y, en este caso, editando también.

-Los personajes principales son Leando y Julia. ¿Tuviste que partirte en dos para escribir esta novela? Porque hay que saber cuándo una mujer llora, se engríe, y detalles muy propios del género opuesto…

Un escritor por más que escriba cualquier género siempre deja algo de sí en sus personajes o al menos en uno de ellos. Creo que en “Tsunami”, Leandro comparte muchas cosas conmigo aunque no completamente. Y en cuanto a los demás personajes, ellos también terminan adquiriendo algunos rasgos propios del autor. De hecho, cuando empezaba a escribir esta novela la voz narrativa no era la de Leandro sino la de Julia. Entonces, eso requirió un esfuerzo mayor porque hablar desde otro género no es fácil. Ahí lo que se necesita es escuchar y observar mucho. Y eso es algo que comparten los escritores de narrativa como los de poesía: escuchar, estar siempre atento a las maneras de hablar, de actuar (de una mujer), porque ahí es cuando uno gana los elementos necesarios para luego ponerlos en práctica en el desarrollo de un personaje femenino, como Julia.

-Inicialmente creí que tu novela se desarrollaba solo en Camaná (Arequipa) pero luego me percaté de que no, que los escenarios son múltiples. Aunque siempre el mar termina siendo un espacio recurrente…

Sí, la novela se desarrolla por lo menos en tres ciudades: Lima, Buenos Aires y Camaná. Sin embargo, es cierto, el mar está muy presente. Incluso en Lima, cuando Leandro tiene conflictos con su pareja, acude al malecón para ver el mar y encontrar un efecto relajante que lo calme. Sin embargo, si bien la novela no trascurre toda en el mar, sí se originó ahí. En 2001 hubo un terremoto en Arequipa y cinco años después viajé a Camaná –que fue el lugar donde pasé los veranos de mi infancia y del cual yo guardaba el recuerdo de un espacio seguro y de estructuras sólidas—y viví una experiencia muy fuerte porque encontré que todos los valores que adjudiqué a ese lugar se habían caído tal cual pasó con las estructuras materiales [A causa de un tsunami]. En ese viaje hice una serie de fotos de las casas destruidas y, dos o tres años más tarde, las encontré en mi computadora y sentí que tenía una historia. A partir de entonces el esfuerzo pasó a ser cómo encontrar un paralelo  entre la destrucción causada por el tsunami y la causada por una serie de relaciones amorosas, familiares en el interior de una familia nuclear primero pero luego en una más extendida. Y luego también encontré el término llamado ‘tsunami emocional’, que en psicología se usa para describir a una persona que atraviesa una ebullición muy fuerte de emociones y sentimientos casi incontrolables.

-Hablando de esta conjunción de fenómenos, el natural (tsunami) y el emocional (sentimientos), ¿cuál de los dos te costó más trabajar en el proceso de escritura?

Ambos. Me propuse el objetivo de encontrar un paralelo entre ambos, pero también me planteé como objetivo que el lector tenga la sensación de que ellos mismos estuvieran dentro, no de un tsunami, pero sí de un mar movido, que te samaquea. En dicha medida fue también un reto el tratar de que la escritura diera esa sensación. Por eso alteré el orden de los capítulos para que haya saltos de tiempo, voces y una serie de focos puestos en distintos momentos.  Y específicamente sobre los personajes, en general no planeo cuál será el desarrollo de tal o cual, sino que trazo rasgos muy generales de la personalidad de cada uno y luego, ya en la propia escritura, y al momento en que cada uno está frente a otro, o quizás ante una determinada situación o dilema, yo creo que el personaje lo resuelve solo y ahí se describe así mismo. La manera en como uno reacciona ante una situación te termina por definir.

(Ezio Neyra trabaja actualmente en el Ministerio de Cultura)

-Escribes desde los 16 años. ¿Te detienes a revisar lo que escribías entonces?

No. Quizás en cuarto o quinto de secundaria decidí empezar a escribir, pero no ser escritor porque eso lo veía muy lejano pues no tenía modelos dentro de mi familia para emular. Aunque sí sentía esa necesidad de comunicar. Y consideré que la escritura me ayudaría a ello. Casi a esa edad escribí una primera novela que terminó desapareciendo porque la escribí en una computadora que se malogró. Luego, ya casi a los 20 años, estudiaba administración de empresas, me sentía un bicho raro y decidí hacer un corte e irme de viaje a Italia.  En ese viaje decidí hacerme escritor. Eso fue importante porque a mi retorno ya había decidido cambiarme de carrera y de universidad. Fue como volver a comenzar.

-Eres escritor y fuiste editor de Matalamanga. ¿Qué tanto en común tienen ambas labores?

Con “Tsunami”, por ejemplo, me tocó escribirla y años después editarla. Y esto me permite afirmar que el editor es también un autor. Quizás aquí en Perú no hay tanto una tradición de editor que se mete realmente al texto, que le sugiere al autor cambios reales. Aunque los hay, también existen otros que consideran que editar es solo diagramar, diseñar, corregir y mandar a imprenta. Yo creo más en el editor que realmente se involucra en el texto y desarrolla una labora con el autor importante, una especie de curaduría.

-Tu novela polarizó. Hubo críticas muy buenas pero otras realmente duras. ¿Qué opinión te genera la existencia de estos extremos en la apreciación de tu libro?

Es inevitable no prestar atención a lo que se escribe sobre lo que uno hace. Me parece muy bueno que “Tsunami” haya generado estos dos extremos porque el acto de leer es finalmente muy subjetivo. Y pasa eso con muchísimos libros, películas y canciones. Me parece que hay finalmente un momento, con la apreciación de la literatura u otras artes, donde lo subjetivo prima. En esa medida valoro lo bueno y lo malo que se diga. Además, usualmente desconfío de los libros que generan solo críticas positivas o solo negativas. Cuando pasa eso digo ‘aquí quizás haya una animadversión o cierto favoritismo hacia un autor o libro’. Así que creo que con “Tsunami” pasó lo normal, porque se trata de personas que escribieron desde su subjetividad.

-Para aquellos que no han podido leer aún tus dos primeras novelas (“Habrá que hacer algo mientras tanto” y “Todas mis muertes”),  ¿son también historias en donde las emociones están por encima de todo, como ocurre con “Tsunami”?

Quizás de mis tres novelas, esta es más de emociones. Una vez una crítica me hizo notar que en mis libros hay dos elementos que son muy repetitivos: el mar y el viaje. Cuando leí eso pensé críticamente en mi propio trabajo y me percaté que sí, que eso tenía mucha razón. Siento que el viaje es importantísimo en mis tres libros y en el que estoy escribiendo ahora, también. (La próxima) será una novela en donde un personaje se desplaza a través de tres países al menos, y el mar también está presente. Las emociones me interesan mucho y siempre escribo sobre ellas, pero creo que los dos temas centrales de mi obra son el mar y los viajes.

-Algunos creen que cualquiera que ose escribir un libro debe antes haber leído cientos. ¿Qué tan fundamental es la lectura para alguien que desea ser escritor?

Sí, es importante leer muchísimo, principalmente porque eso activa la vocación literaria en alguien. Por lo menos me pasó a mí, cuando leía empecé también a escribir. Y por eso vuelvo a la idea de que leer y escribir son parte de un mismo proceso. Porque cuando lees completas el sentido de lo que lees. Por lo general, en las novelas no está todo dicho. Hay muchas cosas dejadas un poco a la imaginación del lector. Entonces, el poner en práctica esa imaginación es también un ejercicio de escritura. Y cuando uno desarrolla su vocación de lector, empiezas a decirte ‘pero esta novela no está bien terminada’ o ‘este personaje pudo haberse desarrollado de tal forma’. Eso te puede motivar a escribir y a hacerlo mejor que los modelos que tuviste como lector. Al mismo tiempo, tampoco creo que es requisito leer muchísimo para escribir. Hay personas que ni siquiera terminaron el colegio o la universidad, que no tuvieron una vocación de lector tan desarrollada y, sin embargo, terminaron siendo grandísimos escritores. En resumen, uno no puede congelarse en pensar que la lectura siempre vendrá antes de la escritura. Son procesos paralelos. Como decía Oswaldo Reynoso, para escribir necesitas tres cosas: leer, escribir y vivir. Las vivencias son muy importantes y dentro de eso, a mí me resultó muy importante y útil viajar. 

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