Kaiser vs. Invert en la final de la Red Bull Batalla de los Gallos Final Internacional (Foto: Red Bull)
Kaiser vs. Invert en la final de la Red Bull Batalla de los Gallos Final Internacional (Foto: Red Bull)
Rodrigo Moreno Herrera

La semana pasada, Urban Roosters anunció que a partir de este año se premiará a los participantes más destacados de las ligas profesionales de freestyle en Hispanoamérica. Desde el 2017, esta organización ha sido la responsable de la , una competencia que reúne a los diez mejores improvisadores de España, Argentina, Chile, México y, recién en el 2020, Perú.

El freestyle es una corriente del hip hop que ha evolucionado a pasos agigantados en la última década. La consolidación que ha tenido como uno de los espectáculos predilectos entre la juventud, le permite ahora a los freestylers dedicarse a esta actividad a tiempo completo. Raperos como Bnet, Chuty, Skone o Valles-T cuentan con el auspicio de marcas deportivas y su popularidad les garantiza el impulso necesario para aventurarse en la música.

Llegado a este punto podría parecer un fenómeno enteramente asociado al movimiento underground surgido en la década de los setenta en Estados Unidos. De hecho, no son pocos los exponentes de esta disciplina que han confesado haberse iniciado en ella luego de ver la película “8 Mile” de Eminem. Sin embargo, muchos no saben que cuando se le ocurrió crear la Batalla de los Gallos al gerente de cultura de Red Bull Caribe y Centroamérica en el 2004, Dana Montenegro, no quería imitar a lo que ya se hacía en Norteamérica.

Su propósito, según contó, era remontarse a las raíces de los duelos de improvisación en el mundo hispanohablante. Se refería a los trovadores puertorriqueños, los payadores sudamericanos o los versolaristas vascos, solo por mencionar algunos. En la primera Final Internacional de Red Bull en el 2005, el total de los competidores expresó su afinidad únicamente con el hip hop. A pesar de ello, sería extraño que hayan pasado por alto el vínculo entre el nombre de la competencia y una antigua tradición de la región surgida en el siglo XVIII como lo son las peleas de gallos.

Nuestro país no es ajeno a las expresiones culturales que ponderaban el ingenio y la capacidad de respuesta inmediata. Entonces, en pleno auge de la rima improvisada en Latinoamérica, no es desatinado hacer un repaso de los antecedentes de este arte en el Perú.

EL ARTE DE IMPROVISAR

En la época del virreinato se afianzaron tradiciones locales a lo largo de la región como una reacción frente al arribo de diferentes costumbres europeas. Entre estas manifestaciones artísticas estaban las décimas, que son estrofas constituidas por diez versos octosílabos. Los primeros registros de estas composiciones se remontan precisamente al siglo XVI. Por mucho tiempo se identificó a los decimistas como una expresión propia de las culturas subalternas y, al igual que los trovadores o los copleros, su actividad no estuvo exenta de las improvisaciones.

Foto: Archivo Histórico El Comercio
Foto: Archivo Histórico El Comercio

En el siglo XX comenzaron a desarrollarse distintos procesos de reivindicación de las minorías étnicas, en parte motivadas por las migraciones hacia la capital. En paralelo a estos eventos, a partir de los años veinte, se expandió la creación de décimas en el Perú. En las siguientes décadas, su presencia se volvió recurrente entre las festividades y celebraciones populares de la costa y encontró en Nicomedes Santa Cruz a su exponente más reconocido.

Santa Cruz, quien también se dedicó a la etnomusicología, explica en su libro “La décima en el Perú” que a lo largo del continente abundaron las expresiones líricas similares a la décima. Dependiendo del rincón geográfico, uno podía encontrar metristas, rimadores, soneros, repentistas, payadores, etc. Pero lo que llama la atención es que se extendió el hábito entre los maestros improvisadores de desafiar a sus colegas.

En estas tierras, se le conoció a este reto como ‘contrapunto’ y se caracterizó por ser una contienda de preguntas y respuestas cantadas por los decimistas. No había un número limitado de participantes y cumplía a cabalidad su función como espectáculo. A diferencia de otros enfrentamientos como las peleas de puño limpio, las carreras de caballos o los desafíos de zapateo, en el contrapunto no solía haber apuestas de por medio. Quienes se dedicaban a esta disciplina lo hacían por el respeto y la ovación del público. De acuerdo a Santa Cruz, un formidable decimista gozaba de una fama que podría compararse hoy a la de un personaje de televisión. Afirma incluso que los duelos entre dos maestros invictos podía resultar más atractivo que un juego de fútbol.

EL AUGE DEL FREESTYLE

Si bien las costumbres mencionadas todavía tienen representantes en América Latina, definitivamente el freestyle es la actividad de improvisación más popular en la actualidad. Para el sociólogo Santiago Alfaro, el hecho de que la cultura hip hop haya calado más entre una audiencia joven no solo se debe a las tendencias inherentes a un periodo particular de la historia. "Es un género global con mucho prestigio y respaldo. Además, es una cultura que combina otras expresiones como la danza, la estética a la hora de vestirse, los grafitis, entre otras más. Ese conjunto de factores se convierten en una ritualidad que crea un sentido de pertenencia”, explica.

De igual modo, resalta que una cualidad del hip hop que atrae a los jóvenes es la competitividad. “Hay un interés que se genera a partir de las rivalidades donde unos siempre buscan destacar sobre el resto. También es importante la narrativa del rap. Por lo general es muy crítica con lo que ocurre en la sociedad”, puntualiza. Por tal motivo, la suma de los elementos provenientes de este género han permitido que el freestyle se amolde tanto a los requisitos de una disciplina deportiva como a los de un espectáculo artístico, lo que permite comprender el buen momento que atraviesa.

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