Liliana Michelena

Solo una cosa no ha cambiado en la historia del Concurso Nacional de Marinera: la transformación de Trujillo durante el mes de enero. Hoteles llenos y taxistas felices son las señales de un nuevo aire: en enero se respira marinera.

Por lo demás, la ciudad lleva algunas décadas recibiendo competidores extranjeros, ampliando sus cuotas por categoría y retirando a la fuerza a los Campeones de Campeones con los Laureles de la Marinera, una distinción de despedida. La competencia tiene que continuar.

Incluso el sentido del concurso ha empezado a migrar –lentamente– hacia una verdadera disciplina deportiva. Alfredo di Natale, varias veces campeón de marinera laureado en el 2010 y fundador de la Asociación Peruana de Cultores de la Marinera (Apecuma), recuerda que el profesionalismo en las danzas requiere de una preparación física aun más rigurosa.

“La marinera todavía es folclor y sentimiento, se prefiere esa chispa y simpatía orgánica”, explica, sin embargo. “Estamos en ese proceso de profesionalización, pero sin dejar de ser cultura viva”.

Somos libres
A diferencia de otras danzas folclóricas en pareja de Latinoamérica –como el tango argentino, de ‘lead and follow’–, la marinera libera a la mujer del soporte físico del varón. Una separación que ha permitido la evolución de un baile que todavía refiere al cortejo y la coquetería, pero con un sello contemporáneo.

“Hasta los años 70, había un respeto diferente por la mujer, que solo mostraba el tobillo y no miraba a los ojos”, cuenta Di Natale. “Ahora la mujer baila muy atrevida y desenfadada, y el hombre va con picardía e incluso cierto atropello desde el saludo”.

La adaptación es el primer paso para la supervivencia.