"Las mujeres y los hombres", por Pedro Suárez-Vértiz
"Las mujeres y los hombres", por Pedro Suárez-Vértiz
Pedro Suárez Vértiz

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psuarez@comercio.com.pe

La famosa frase ‘son cosas de mujeres’ siempre me intrigó.  Hasta ahora no sé si es cierta, si en realidad hay temas femeninos que los hombres no conocemos, o si es simplemente una sutil manera de decirte que no preguntes cosas que no desean contestarte. Recuerden que no hay preguntas incómodas, sino respuestas incómodas. Soy curioso, investigo a la mujer siempre. Me maravilla su sapiencia. Toda mi vida las he admirado. Son muy listas, menos egoístas que nosotros y más cariñosas.

Algo también universalmente destacable es que no son tacañas, a diferencia de tanto tarado mezquino que abunda. Son menos dubitativas para cortar por lo sano y continuar, y es que a la vez son madres, es alucinante. Chicas inocentes –muy jóvenes– se dan de igual a igual con un hombre mayor en alguna conversación sin mostrar abochornamiento alguno. Y si no dominan los temas de la conversación, saben brindar una atención y una comprensión a la altura de las circunstancias. Cosa que no ocurre con un jovenzuelo ante una experimentada dama. La sabiduría innata de una mujer es un don inexistente en el hombre.

El hombre adquiere ese talento únicamente a través de la experiencia, a través de los años. La mujer tiene una soltura y una reciprocidad intelectual que asombran. Una valentía que los hombres siempre fingimos, pues al final la fortaleza femenina es real.  

En conclusión, en materias de amor, en el presentir qué persona es buena o mala, en la generosidad, la inteligencia y la sensibilidad, nos ganan.  Tienen una predisposición para la ternura y la simpatía que parece que hubieran recibido un curso antes de nacer. Quizás nosotros tenemos sabidurías innatas, como las mujeres, pero las dejamos inconscientemente de lado por nuestra debilidad galante. El hombre es visual.

Usualmente –no siempre– es seducido elementalmente por un cuerpo curvilíneo. Eso lo hace reaccionar; seguir, no detenerse, querer más. Como dice Gianfranco Brero: “El hombre es on-off”. 

En cambio, a una mujer un cuerpo hermoso no le basta, necesita más estímulos, palabras, enternecimiento, y una vez que empieza, necesita que sepan mantener esa calidad humana hasta el final. A ella no le importa si él es un adonis o no, solo que la haga vibrar, reír, que le tengan paciencia. Necesita mucho más proceso. En eso la mujer tímida es el tesoro de los tesoros.  No es que sean introvertidas, sino que no gastan pólvora en gallinazos, como reza el dicho. Es decir, no se molestan en exteriorizarse, sin motivo, con quien no vale la pena o cuando no valga la pena. Eso es ser realmente romántico. El fruto inevitable de la introversión es la sensualidad. 

La mujer callada garantiza explosión durante los momentos de sinceridad, y eso emociona. Cuando una mujer es así, es infinita, afectiva, un universo aparte. Y los hombres, tontos, creemos que esa timidez es parquedad pero no, es sed filosófica. Los hombres somos mucho más simples –no en vano les dedico solo cuatro líneas–  y, por lo tanto, simples con nosotros mismos; entonces no generamos muchos pensamientos.

Pero vaya que somos expertos en estar en la luna y eso es medicina para la mujer, así ellas se quejen.  Somos los generadores de esa filosofía, o vagabundeo, que ellas tanto aman. En el fondo ellas no buscan un perfecto, buscan a alguien que las saque de la realidad. Esa es la magia de la vida y en eso nos merecemos ese crédito. Por eso hombre/mujer: cuando haya épocas de  intranquilidad debido a tu insatisfacción buscando ese alguien, piensa que los golpes del azar siempre ponen nuestra vida en los rieles de la verdad. Algo que el idealismo impide. Dejar de buscar nos lleva al encuentro de personas increíbles. Hay un plan perfecto para todos, y esa acuarela es la maravillosa mezcla de la casualidad y nuestras mutuas imperfecciones.

Esta columna de Pedro Suárez-Vértiz fue publicada en la revista Somos. Ingresa a la página de Facebook de la publicación 

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