Miguel Iza como Armand, y su frenética manera de lustrar su zapatillas de fútbol. (Foto: Hugo Pérez)
Miguel Iza como Armand, y su frenética manera de lustrar su zapatillas de fútbol. (Foto: Hugo Pérez)
Juan Diego Rodriguez Bazalar

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Un sofá, una torre de zapatillas de fútbol, una refrigeradora vieja, cajas de zapatos, botellas de Fanta y un retrato de Garrincha. El resto es oscuridad. “El señor Armand, alias Garrincha” se basta con una escenografía mínima porque se erige sobre dos bases que, sin problemas, soportan el peso de la puesta en escena que marca la reapertura de los peruanos tras el golpe del coronavirus.

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La primera de ellas es el texto. La dramaturgia es del francés Serge Valletti y la traducción le pertenece a Gilbert Rouvière, quien también dirige la obra. El caos –expresado a través de la subordinación de varias ideas dentro de una misma oración– es la característica principal del libreto. Más vale estar atentos a los primeros diez minutos del errático monólogo de Armand; de lo contrario, se corre el riesgo de extraviarse en la narración.

Pero perderse en la incesante ráfaga de frases no significa que el público no pueda disfrutar de la obra que dura una hora y quince minutos. Si se comprende que el texto explota y se regocija en lo incomprensible, no interesa perder el norte. Es preciso, más bien, intentar disfrutar de la incertidumbre. En los atisbos de locura planteados por Valleti, hay también chispas de genialidad que son bien aprovechadas por la traducción/adaptación de Rouvière.

Con eso en mente, lo que se ve en el escenario del teatro de la Alianza Francesa de Miraflores es el testimonio de una persona que encontró lo sublime en la antítesis de su quehacer. Mientras que Armand se dedica a la defensa férrea en un equipo francés de fútbol, el extremo derecho brasilero Garrincha hace de la improvisación y de la ruptura de esquemas un acto de belleza pura.

La posibilidad de un encuentro entre ambos titanes –el primero es dueño de una patada conocida por su capacidad de herir a cualquier rival, y, el otro, de regates imposibles de evitar– es lo que desencadena una serie de problemas. ¿Cómo podría Armand jugar contra Garrincha si es que existe la gran posibilidad de retirarlo del fútbol con una lesión que jamás podrá superar? ¿Cómo es que él podría terminar con la carrera de un genio, de un mago que maravilla con sus pies? Ese es el conflicto del francés y la razón por la que decide evitar la colisión. Allí también se encuentra el origen de la obra: Armand, hastiado de las críticas, se ha tomado un tiempo para explicar sus argumentos.

La interpretación de Miguel Iza es la segunda base sobre la que se construye esta puesta en escena. Desde hace rato que él y Rouvière trabajan juntos –inolvidable, por ejemplo, fue “¿Sueldo bajo? ¡No hay que pagar!”, farsa que el C.C. de la U. del Pacífico montó en el 2019–, formando un tándem que siempre asume retos y sabe resolverlos. “El señor Armand, alias Garrincha” es una nueva prueba de ello.

Iza se convierte en Armand, un hombre que se mueve en un plano irreconocible (el humo que constantemente ve podría hacer pensar que se trata de un limbo) y cuya memoria no discurre sobre un mismo cause. Al contrario, a priori se podría pensar que el personaje está desvariando, pero no es así.

La noche del estreno (viernes 21 de mayo), Iza trastabilló en dos ocasiones, rendimiento impresionante si se tiene en cuenta la dificultad del monólogo, cuya forma – sin aviso y repentinamente, cambia de velocidad, varía el volumen, rompe la cuarta pared y otras demandas que solo un intérprete solvente puede asumir– y fondo –la historia exige que, a veces, el actor sea Armand y, otras, una peculiar versión de Garrincha, con el peligro de que las líneas divisorias se disuelvan–, lo convierten en un desafío mayúsculo.

A ello habría que sumarle la escena más lograda de la obra. Me refiero a cuando Armand trata de explicar la gambeta de Garrincha y cómo siempre elige ir por la derecha del rival, aun cuando todo apunte a lo contrario. No es un detalle menor, cuenta el personaje: el brasileño ha construido su fama por tomar siempre la misma decisión y ser imparable. Para explicárselo al público, dispone unas botellas de Fanta sobre el escenario, señala cuál es la defensa y se para como si él fuera el extremo brasileño. Lo que sigue es una clase maestra que permite que el público -siempre con mascarilla y cuidadosamente acomodado para mantener varios metros de distancia entre unos y otros- imaginarnos a Garrincha engañando a los oponentes.

La escena, sin embargo, tiene un bemol. Luego de la recreación, el retrato de Garrincha se convierte en un video en el que se ve la jugada que Armand acaba de describir. Valdría preguntarse si era necesario mostrarla. Total, el público ya la había visto en sus mentes y a su manera.

FICHA


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