A Leonardo Torres Vilar y Bruno Odar se les suma Julián Legaspi como los protagonistas de "Nuestras mujeres".
A Leonardo Torres Vilar y Bruno Odar se les suma Julián Legaspi como los protagonistas de "Nuestras mujeres".
Juan Diego Rodriguez Bazalar

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El eliminó la posibilidad de tener público en las funciones y obras como “Nuestras mujeres”, en versión de , lo resienten. La apuesta es por el filmado que, sin espectadores que reaccionen a sus frases más ingeniosas, pierde todo atisbo de tragicomedia hasta convertirse en un dilatado drama de tres amigos.

MIRA: Jorge ‘Coco’ Chiarella, In Memóriam

La obra escrita por el tunecino Éric Assous muestra, al inicio, a los amigos Max (Leonardo Torres Vilar) y Paul (Bruno Odar) sentados en una mesa, esperando cerca de 45 minutos a que llegue Simón para empezar a jugar a las cartas. La demora del tercero sirve para revelar sus personalidades: el primero se siente moralmente superior al resto, mientras que el segundo aparenta humildad y se vende como un conciliador. En eso, se sucede el primer coup de théatre: aparece el último invitado (Julián Legaspi), quien revela que ha estrangulado a su esposa.

En esos primeros quince minutos de la obra, la apuesta del director Miyashiro se desvincula de las de Gabriel Olivares (Teatro La Latina, España, 2015) y Javier Daulte (auditorio del Pentagonito, Perú, 2016) en dos puntos diametrales. Olivares, por ejemplo, prefiere que los personajes revelen su pasado y emociones a modo de confesión al público, mientras que el director peruano incluye esa información en los diálogos entre los amigos. Por su parte, la apuesta de Daulte es por destacar la comicidad de Guillermo Francella, Arturo Puig y Jorge Marrale, quienes no solo se bastan de la palabra, sino de todo su cuerpo para exagerar las situaciones, en tanto que Miyashiro prefiere una puesta en escena con menos farsa y más realista.

Más allá de criterios estéticos, las propuestas de Olivares y Daulte logran lo que Miyashiro no consigue sino hasta pasada la mitad de la obra: darle dinamismo a una puesta en escena que, para funcionar, necesita interpretaciones prolijas. No es necesario comparar a los elencos de los montajes españoles, argentinos y peruanos para darse cuenta que, para hablar de asesinatos, amistades que resquebrajan, adulterio y traiciones en medio de un departamento que falla al mostrarse como un espacio de lujo (es la casa de Max), se necesita cierto respiro que solo pueden proporcionar los actores o que, en todo caso, pueden ser compensadas por decisiones de dirección. En ese sentido, es probable que la pandemia haya jugado en contra de los preparativos de la obra.

Para funcionar, el papel de Legaspi necesita mayores matices: no solo basta con verlo confundido y rabioso, sino también preocupado, dolido y resignado; por el contrario, lo que se observa sobre el escenario del Nuevo Teatro Julieta, donde se grabó la obra, es casi siempre la misma intención e intensidad. Por su parte, a Odar se le nota incómodo y nada hace intuir que se trata de un rasgo del personaje que personifica. Un par de tropiezos al recitar sus diálogos dan cuenta que, efectivamente, los está recitando, pecado que se acentúa cuando, en ciertos momentos, suelta el texto casi mecánicamente. Hacia la hora, sin embargo, encuentra al personaje, lo que coincide con su ira al enterarse que su hija conversa a sus espaldas con Simón. ¿Están teniendo un amorío?

En tanto, Torres Vilar ofrece una performance excesivamente sobria para un personaje que requiere un poco más de petulancia y contradicciones. La mejor oportunidad para aprovechar a Max es cuando tiene que quitarle la máscara y revelar que no solo le gustan los vinilos y los artistas muertos sino también el rap, y suelta unos versos mientras suena una canción de Luifer; pero la elección musical no funciona como contrapunto y me atrevería a pensar que se trata, más bien, de una decisión basada en un gusto.

A todos estos inconvenientes, se le suman los problemas de audio justo pasando la media hora.

Pero el fatum de “Nuestras mujeres” cambia en la última media hora. Solo entonces las interpretaciones toman forma y permiten entrar a la convención y reflexionar sobre la amistad, la vida y los errores. Finalmente, a quienes hemos visto todo este tiempo es a un grupo de hombres de más de 40 años que jamás dieron su brazo a torcer: el problema de sus vidas no son sus esposas, sino ellos mismos.

En esos últimos minutos, y solo cuando Simón ha tomado una decisión sobre su futuro, se dan dos momentos conmovedores. Paul y Max, agotados de ir en contra la corriente, han decidido tomar las riendas de su vida y mirar lo que por muchos años no quisieron mirar, y se abrazan –la cámara es cómplice y muestra a Odar llorando sobre el hombro de Torres Vilar–. Y cuando este último se queda solo, hace una llamada en la que, por fin, desnuda sus verdaderos sentimientos y se enfrenta al rechazo, mientras que sus ojos muestran miedo y fragilidad. ¿De qué otra manera se puede reaccionar cuando se le ha vuelto a dar una oportunidad?

Más información:

Director: Aldo Miyashiro

Autor: Éric Assous

Elenco: Leonardo Torres Vilar, Bruno Odar y Julián Legaspi

Temporada: hasta el 5 de abril, por

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