El cónclave de los héroes. (FOTO: ALESSANDRO CURRARINO/EL COMERCIO)
El cónclave de los héroes. (FOTO: ALESSANDRO CURRARINO/EL COMERCIO)
Czar Gutiérrez

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El emisario enemigo llegó caminando, una bandera blanca flamea sobre su cabeza. Un oficial del batallón Iquique salió a su encuentro y le ordenó detenerse. Luego le vendó los ojos y junto a dos soldados lo condujo hasta una casa de madera con vista a la calle principal del puerto, cito en la esquina de Colón y Yungay. Era la mañana del 5 de junio de 1880 en Arica, que amanecía cercada por 8 mil soldados chilenos contra una defensa de solo mil 600 peruanos. Cuando le quitaron la venda, Juan José de la Cruz Salvo (38), enviado para pedir la rendición, vio frente a él erigirse la egregia figura del Coronel Francisco Bolognesi Cervantes (63).

Cuando recuperó el habla, pidió evitar un inútil derramamiento de sangre. Que se rinda y se desocupe la ciudad. Bolognesi le da la histórica respuesta y, antes de despedirlo, convoca a sus oficiales: “No quiero hacer presión sobre sus conciencias porque nuestros sacrificios no serían iguales. Yo he vivido 63 años y mi existencia no se prolongará por muchos días. Qué más puedo querer que morir por mi patria y con la gloria de una existencia heroica, que salvará el honor militar y la dignidad del ejército comprometido en esta guerra. Pero hay entre ustedes muchos hombres jóvenes que pueden ser útiles al país y servirlo en el porvenir; no quiero arrastrarlos en el egoísmo de mi gloria, sin que la junta manifieste su voluntad decidida de defender la plaza y resistir el ataque”.

Entonces, uno a uno, cada integrante de su cuerpo mayor respondió que combatiría hasta el final: Juan Guillermo More, Alfonso Ugarte, Justo Arias y Aragüez, Roque Sáenz Peña, Ramón Zavala, Benigno Cornejo, Manuel de la Torre, Emiliano Bustamante, José Sánchez Lagomartino, Medardo Cornejo, Francisco Cornejo, Ricardo D’Onovan, Juan Pablo Ayllón y Marcelino Varela. Luego Bolognesi se dirige al chileno: “Decidle a vuestro jefe que Arica no se rinde, que me siento orgulloso de mis hombres y que pelearemos hasta quemar el último cartucho”. Y así, dos días después, se sellaría la suerte de esos oficiales y de otros 900 soldados que murieron para salvar el honor de su patria. Bolognesi entregó la vida peleando cuerpo a cuerpo hasta que una bala le atravesó el corazón. Ugarte, más bien, encontraría su inconmensurable sepulcro en la inmensidad del océano.

BRAMIDO DE CAÑON

Walter Huamán (43) estaba mirando cómo su héroe Sylvester Stallone se alistaba para entrar en combate cuando se le ocurrió interrumpir aquella guerra de mentira para pedirle un autógrafo. Era el año 2006 y en Filadelfia se rodaba sin sobresaltos Rocky VI. Hasta que apareció el fan peruano. “No tuve las maneras, no medí su dimensión de estrella, el círculo que maneja, los agentes que lo cuidan. Me faltó presentarme adecuadamente, seguro que no tuvo un buen concepto de mí”, recuerda Huamán. Pero lo único que logró Stallone al expulsarlo fue generar más admiración, al punto que comenzó a replicar sus polos, shorts, casacas batas y botas de boxeo. “Y ojo que ya se vienen más Rockys y más Stallones a escala más pequeña”, dice.

Ocurre que en lo que todos vieron un desalojo, Huamán advirtió un negocio: hacer réplicas. Empezó recreando vestuario, luego se animó a crear dobles. De profesión ingeniero industrial, descubrir la silicona ortopédica de grado médico fue para él como destapar una mina de oro. Había visto muchas estatuas de cera y quedó maravillado cuando comprobó que con esas prótesis alcanzaba un grado superlativo de realismo. Arrugas, cicatrices, venas, lagrimales, cejas, pestañas, vellos. Inclusive una frondosa cabellera era insertada por Huamán con microscópico cuidado. Vio que era idénticas a la piel humana. Y empezó a respirar en cada poro de sus creaturas.

Así, al frente de su empresa Walt Wizard Design hace 14 años que vive replicando a archiconocidos personajes mediáticos. Hasta que decidió abrir un nicho inexplorado, nuestras figuras históricas, empezando por Santa Rosa de Lima. De modo que el famoso cónclave en la llamada ‘Sala de la respuesta’ de Arica cayó de maduro. Visitó el Instituto de Estudios Históricos del Ejército, el Museo de los Combatientes del Morro de Arica y la antigua casa Bolognesi. Vio uniformes, espadas, armamentos, accesorios y, sobre todo, la pintura de Juan de Lepiani, que le informó sobre los colores de ojos, pelos y epidermis.

¿Y cómo era físicamente Bolognesi? “Nuestro héroe medía 1.65 y usaba patilla rasurada, al ras, ni larga ni corta: rasurada. Y tenía la nariz ligeramente desviada hacia un lado de la cara. Después de observar múltiple veces sus fotografías originales pude captar esos detalles en Mamie Bolognesi, su descendiente. Las forma de nariz y mentón, por ejemplo. La familia de Marcelino Varela me dio detalles de su fisonomía, la de Alfonso Ugarte me mostró su kepí gracias al cual recreé el tamaño de su cabeza”, dice, descorriendo el telón para que aparezcan aquellos 16 héroes congelados en el tiempo. Y hasta es posible escuchar el bramido de un cañón White de retrocarga.

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