Esta foto sin fecha tomada en Tokio muestra al emperador japonés Hirohito. (Foto: AFP)
Esta foto sin fecha tomada en Tokio muestra al emperador japonés Hirohito. (Foto: AFP)
Héctor López Aréstegui

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El príncipe imperial del , , nació en Tokio el 29 de abril de 1901, durante la última década del reinado de su abuelo, el emperador Meiji (1852 – 1912), cuyo largo reinado transformó el Japón de un aislado estado feudal a una potencia económica y militar en Extremo Oriente sobre la base de la reinterpretación del tradicional estatus divino del emperador, transformándolo en el Kodo (Camino Imperial), que, someramente, se podría decir que era semejante a la Doctrina del Destino Manifiesto que guió la expansión del Atlántico al Pacifico de Estados Unidos en el siglo XIX.

El padre de Hirohito, el ensimismado emperador Taisho (1879 – 1926), era exactamente lo opuesto a la brillante figura de Meiji, razón por la cual sobre Hirohito recayeron las esperanzas de muchos sectores de la sociedad japonesa respecto a la restauración de los viejos usos y las antiguas creencias para contrarrestar los efectos del progreso material y la exposición a la cultura de Occidente que, en palabras del periodista español Fabián Vidal, de “La Vanguardia” de Barcelona, “había debilitado y empequeñecido al Japón heroico y artista, sal del mundo”.

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Lo cierto es que el Japón de hace un siglo difícilmente podía calificarse como nación débil y pequeña. El Imperio se había beneficiado económica y territorialmente durante la Primera Guerra Mundial, pero a un alto costo para su pueblo. Así, pues, Vidal acotaba: “La posguerra es cruel con ese pueblo, que ha comprado su poderío a costa de inmensos sacrificios. Las fábricas cierran. En los puertos disminuye el tráfico. Las bancas restringen sus créditos. El Tesoro pide que se refuercen las contribuciones. Cuesta mucho tener un gran ejército y una gran escuadra, una diplomacia hábil, una fachada constitucional digna de Occidente. Y el suelo nipón es pobre y frágil. Los terremotos, los tifones, las erupciones volcánicas, lo cubren periódicamente de ruinas. Y cada día es más difícil la conquista del arroz....”.

En este contexto, el viaje del príncipe Hirohito a Europa, el primero de un miembro de la familia imperial nipona, era una encrucijada entre la tradición y las obligaciones de un estado victorioso de la Gran Guerra, miembro del Consejo de Seguridad de la Liga de las Naciones y rival de Estados Unidos a lo largo y a lo ancho del Océano Pacifico. Por esta razón, la formación cultural de Hirohito fue exhaustiva e incluyó la visita de los sepulcros de sus antepasados y santuarios sintoístas, la entonces religión oficial del Japón, donde oró, ayunó y pasó varias noches en contemplación.

Seis meses muy intensos

Aún así, en vísperas de su partida, el 3 de marzo de 1921, los tradicionalistas bloquearon la línea férrea entre Tokio y Osaka dispuestos a sacrificar sus vidas para que el príncipe heredero no embarcase en el acorazado que, con su respectiva escolta, lo llevaría a Europa, mientras que en Osaka los obreros se declaraban en huelga reivindicando sus derechos y la policía intervenía la sede de la secta ultranacionalista Omotokyo, que predicaba la necesidad de declarar la guerra a Estados Unidos para alcanzar el dominio mundial.

Asimismo, en los círculos periodísticos se decía que las autoridades habían adelantado la gira europea del príncipe Hirohito con el fin de acallar los rumores sobre la cancelación de su compromiso matrimonial con la princesa Nagako, hija del príncipe Kuni, mariscal de campo del Ejército japonés, debido a una intriga palaciega. Por ello no exageraba Vidal al señalar en su nota que la visita oficial del hijo del Mikado a Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda e Italia había estado a punto de desencadenar una revolución.

Hirohito monta su caballo blanco favorito, durante una revisión militar en Tokio. (Foto: AP)
Hirohito monta su caballo blanco favorito, durante una revisión militar en Tokio. (Foto: AP)

El periplo europeo de Hirohito duró seis meses, del 3 de marzo al 6 de setiembre de 1921 y estuvo marcado por los vaivenes de la política internacional de la época. En Estados Unidos, donde el republicano Warren Harding había relevado al demócrata Woodrow Wilson en la Casa Blanca, se temía que la presencia de Hirohito en Inglaterra fuera el preludio de la renovación de la alianza anglo–japonesa hostil a los intereses norteamericanos en el Pacifico. En Australia, Nueva Zelanda y Canadá, dominios británicos que habían alcanzado su mayoría de edad como consecuencia de la Gran Guerra, se temía la expansión nipona, constituyendo la punta de lanza de la misma los millones de inmigrantes japoneses que abandonaban su patria para buscar una vida mejor en otros países “despoblados” en comparación al abarrotado territorio del Japón, hecho ante el cual su Madre Patria parecía insensible.

La carrera armamentista naval en la que estaban engarzados Estados Unidos y Japón era otro aspecto delicado a tratar, al que se sumaba la presencia de fuerzas del Ejército Imperial desde Siberia hasta Corea, además de las pretensiones japonesas de asumir el mandato de las antiguas posesiones alemanas en el Pacífico y del control del cable submarino instalado por Alemania en dicho océano. No sabemos lo que pensaba Hirohito sobre todos estos asuntos, lo que sí podemos decir con certeza es que la suma de los factores internos y externos descritos condujo al asesinato del primer ministro Takashi Hara el 4 de noviembre de 1921.

Legado para el hombre y el país

Hirohito celebró su vigésimo cumpleaños en Gibraltar y, según contó en numerosas entrevistas posteriormente, este aniversario fue muy importante, pues estaba a punto de iniciar su gira en el Reino Unido. Años después, rememorando las entrevistas que sostuvo con el rey Jorge V (1865 – 1936), dijo que en su mente quedaron grabados sus consejos sobre la línea de conducta que debía seguir un monarca constitucional. Esta confesión –cuyo efecto práctico se hizo efectivo en los años de la segunda posguerra– era el objetivo del viaje que completaba la educación política del joven príncipe. Para Hara, primer plebeyo y cristiano en asumir la dirección política del Japón, el príncipe Hirohito debía ver por sí mismo las consecuencias de la guerra en Europa para aprender a valorar la paz entre las naciones. Ciertamente lo hizo al visitar el campo de batalla de Verdún, durante su visita a Francia, guiado por el entonces presidente francés Alexandre Millerand (1859–1943). A nivel personal, el legado más importante del viaje fue sentirse libre por primera vez en vida. Comparándose con un ave en una jaula de oro, Hirohito tuvo contacto con las multitudes en todos los países que visitó; tuvo la libertad de leer los periódicos en lugar de extractos de prensa y desplazarse sin ataduras, constituyendo su souvenir más preciado un boleto del metro de París, el cual utilizó durante su estancia en la capital francesa.

De todo lo dicho no queda la menor duda de que después de la derrota del Japón en la Segunda Guerra Mundial, las vivencias y recuerdos de esta gira de juventud contribuyeron a que su relación con el general Douglas MacArthur (1880–1964), jefe de las fuerzas de ocupación aliadas, fuera más fluida y empática permitiendo la rápida transformación y democratización de su país. La libertad que disfrutó en Oxford visitando su afamada universidad y, en París, finalmente alcanzó al japonés promedio bajo el manto de la Constitución de 1947, convirtiéndose Hirohito en una figura próxima a su pueblo, un monarca constitucional en toda regla.

(*) Héctor López Aréstegui, abogado

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